caceriaAun rezumaba humo la cueva cuando ante los ojos del chaval apareció la bestia. Grande, gorda, furiosa tras haber sido despertada de su letargo. ¿Qué hacía un extraño en su territorio? El oso se irguió sobre las dos patas traseras, exhalando un rugido que hizo temblar todo el cordal, y Toribión sintió la tensión eléctrica que solo invade a aquellos que caminan entre la vida y la muerte. Aquel era su momento. Era 1808, tenía dieciséis años, la piel tersa de los infantes y ni una sola herida cruzando su piel ni marcando su alma. Se abrazó al oso y le hundió el cuchillo carnicero en el corazón.

Aquel fue el primero al que mató. Acabarían siendo más de sesenta los que pasase a cuchillo y solo uno a escopeta, cuando ganó para comprarla. En aquella ocasión, a Toribión se le encasquilló el arma y el animal se le echó encima. Nunca más volvió a usarla, y a Ignacio Rodríguez, su alumno más aventajado, le aseguró que lo más eficaz era matar al oso con las propias manos de uno, a cuchillo, en combate cuerpo a cuerpo. Lo más noble, también. “Pase lo que pase, nun tien qu’estremase ún del osu, nun puede soltalu. Nun hai que da-y la oportunidá de l.lanzar la zarpa, de nenguna manera. La clave tá en nun soltar al osu, en garrase bien al pelo y a la carne y nun dexar que te tire en nengún momentu, y clavar y clavar el cuchiel.lu hasta que yá ande débil, hasta que yá caya. Primero de too, nunca lo sueltes.”

osoY se señalaba las heridas. A mediados de siglo, ya próxima la muerte, Toribión era casi un esperpento humano: tuerto, con un brazo inútil, cojo, con la piel plagada de cicatrices a las que nunca se había dado tiempo a curar. “Esta, la del güeyu, foi d’una vegada que nun tuvi fuerces pa siguir garrando. La del brazu porque me tiró d’un golpe. La de la pierna porque m’engañara, pensé que yá taba pa morrer l’osu, estremé a destiempu. Nun lu sueltes. Va la vida nello.” Sí, lo iba. Un semestre sin oso era un semestre perdido para Toribión, el de L.lano de Somerón, que en la L.lena del siglo XIX andaba convirtiéndose en leyenda, en pura historia.

De profesión, alimañero

Que sepamos, fue a partir de 1715 cuando en Asturias la cuestión de la fauna salvaje se convirtió en asunto político. Ese año, las actas de la Junta General anuncian por primera vez que se establecerá un premio monetario a quien presente pruebas de haber acabado con la vida de algún lobo: cuatro reales el cachorro, la misma cantidad de ducados el adulto. La figura del alimañero, revitalizada estatalmente en 1953 tras la creación de las Juntas de Extinción de Animales Dañinos (que duraron hasta 1982 y bajo cuyo socaire se exterminaron más de cuatro millones de animales considerados nocivos para la caza, la ganadería y la agricultura) se convirtió, entonces, en una figura clave de la Asturias histórica, pero también de la legendaria.

xuanonVéase el caso de Toribión, elevado a la máxima fama –cuentan que llegó a aparecer retratado en las cajas de cerillas-, o el de Xuanón de Cabañaquinta, el gigante carlista que mataba osos. Todo eso. Juan Díaz-Faes, que así lo habían venido a bautizar sus padres en el Aller de 1821, creció hasta casi los dos metros de altura y, aunque apasionado carlista, se codeó con Isabel II y Alfonso XII, que le llegó a invitar a irse con él de cacería a Felechosa e incluso le regaló una escopeta. Todo un honor. Aquello ocurrió solo una vez, pero el de Aller, en cuyo haber dicen que se cuentan hasta noventa y dos víctimas plantígradas, también compartió caza muchas veces con Prim.

La cosa funcionaba como sigue: el alimañero salía en búsqueda de alimañas, principalmente aquellas que más perturbasen la tranquilidad de los ganaderos, las mataba y daba cuenta de ello, presentando una pieza (una oreja del oso, el rabo del lobo, las garras del águila) ante el párroco que ejerciera en el lugar más próximo y el Ayuntamiento pagaba la correspondiente tarifa, establecida año tras año por la Administración. Aquello, claro, daría lugar a muchos fraudes. Muchísimos. Remiendos con hilo y aguja en las orejas –que, una vez cobradas, se marcaban con un tajo-, pieles de animales cazados una sola vez, pero cobradas unas cuantas más…

Los alimañeros de Casu

Ellos, sin embargo, no necesitaron mentir. Los alimañeros más conocidos de Asturias permanecen aún en el imaginario de los lugares que les vieron desarrollar su oficio con no poco halo de leyenda. Luis Faes, “el Corsario”, Xuacón de Santiago, Juan de Tarna, “el cazador de Urría”, que encontró la muerte, precisamente, entre las garras de un oso… Ya en nuestro siglo, los casinos fueron los más destacados: José Calvo “Miza”, que no mataba animales hembra desde que una rebequina se le muriera en los brazos, aterida de frío, ante la falta de su madre; pero, sobre todo, Domingo Calvo y el que fuera el lobo más conocido en la Asturias de los 60: “Valdroguín”.

domingo-calvoCalvo, alimañero oficial de Casu, mató más de ochenta y dos lobos, preferiblemente crías. Menos a una. En una cacería en Redes, al ir a exterminar una camada de lobeznos, uno se le quedó mirando con los ojos amarillos fijos, brillantes, casi tiernos, de perrín. Imposible matarle. A “Valdroguín”, que así le llamó, le educó como si fuera un perro que, cada día, soltaba para que fuera feliz, en pleno monte, con los suyos. Pero el animal siempre volvía a casa a la noche, a la llamada de Domingo. ¡Cuán feliz no hubiera sido el alimañero si el destino no le hubiera obligado a atar a aquel animal, a pasearlo, como triste exhibición, por las ferias! Pero no le quedó más remedio y, cuando su mujer se puso enferma, hizo de tripas corazón, llevándose al animal a los Güevos Pintos, a San Mateo, a San Agustín. Foto a cambio de perrona.

valdroguinLa aventura duró hasta 1964. A poco de llegar la primavera, “Valdroguín”, que ya no era cachorro, se le echó encima cuando Calvo intentó reconvenirle por haberle matado una oveja al vecino. “A los llobos nun se-yos puede pegar…”, murmuraba Calvo siempre después de aquello, después de ver la muerte en las fauces de quien había sido, hasta entonces, amigo fiel. “Son tan celosos como les muyeres, como los toros…” “Valdroguín” murió de un tiro y, con el inicio de su leyenda, comenzó a extinguirse el viejo oficio de los alimañeros. Si pasan alguna vez por Casu, pregunten por Domingo. Murió hace casi treinta años, pero aún le recuerdan. ¡Cómo olvidarle!