ramon-cuervoEl miércoles 18 de abril de 1917 nació la leyenda de Ramón Cuervo, aciagamente pasado a la historia con el sobrenombre de «el vampiro de Avilés». Mató, provisto de un cortaplumas, al niño Manolín Torres, de siete años, pensando que bebiendo su sangre se curaría de la tisis que ya le invadía las entrañas… y la razón.

Amanecía en Avilés cuando Ramón Cuervo desató su caballo y, azuzándolo con las botas rojas que revelaban su pasado indiano –y el sombrero caribeño, y la ropa toda blanca de pies a cabeza, y un delicado foulard de flores sobre el cuello en el que ya comenzaban a notarse, de puro delgado, de puro enfermo, las vértebras-, se alejó de la ciudad. En la fonda de Pablo Alonso, sita en Llano Ponte, tenían cuadras y forraje para los caballos de los hospedados y cada mañana llegaba al quicio de sus ventanas el agradable olor del pan que horneaba, antes de que saliera el sol, la tahona de enfrente. Llegará a decirse, con el devenir de los años, que en una de esas casualidades macabras había resultado que los panaderos, que aquella mañana despidieron con un gesto de indiferencia a Ramon Cuervo, eran los tíos del niño al que el indiano acababa de matar para chuparle la sangre.

Fue el 18 de abril el crimen; el cadáver del crío no se descubriría hasta la mañana del 19. Hace ahora, exactamente, cien años. LA VOZ DE AVILÉS había tenido tiempo, antes de echar el cierre de la edición del 18, de publicar un somero aviso sobre la desaparición denunciada por José Torres, un humilde obrero de la Suiza Avilesina a cuya casa en La Magdalena no había vuelto aquella tarde Manuel, su hijo de siete años. No sirvió de nada. A eso de las ocho de la mañana del día 19, horas más tarde de que Cuervo pusiera pies en polvorosa, Etelvina Suárez Flórez, vecina de la familia, descubrió el lívido cadáver de Manolín tendido a las faldas de un pino en la subida al monte de La Arabuya. La tragedia llegaba a casa de los Torres, la estupefacción a los juzgados: Alberto Carreño, médico del Juzgado de Instrucción que se movilizó en torno al caso, certificaría que eran dos profundas heridas en el cuello, muy cerca la una de la otra, las que habían matado al niño.

lavozdeavilesEl cadáver no contenía una sola gota de sangre. Estaba seco. La autopsia, llevada a cabo el día 21 por Carreño, José Suárez Puerta y José López Ocaña no dejó lugar a dudas: a Manolín Torres el hombre del saco le había bebido la sangre. Pudiera sonarnos hoy en día a cuento chino. No entonces. En 1917 sobrevolaban aún por el imaginario avilesino los espantosos hechos acontecidos siete años atrás en Gádor o apenas un par de ellos antes muy cerca, en Quirós; tampoco se olvidaban fácilmente los infames hallazgos que en 1913 se habían hecho en una casa del Carrer Ponent barcelonés. Enriqueta Martí, decían, proxeneta y arrabalera, comerciante y medio bruja, vendía a los ricos untos y sangre de críos que secuestraba por la calle y a los que mataba sobre la mesa de la cocina. El vil metal, la desesperación, la superchería. Todo influía. De una realidad dramática –que en 1917 recibir el diagnóstico de tuberculosis aún significaba una muerte tan segura como triste, entre esputos de sangre y la condena social de poder infectar a los demás- surgieron, en una piel de toro marcada a fuego por el analfabetismo y la superstición, aprovechados que prometían curar con un método fácil de conseguir, pero caro de pagar.

Beber la sangre de un niño. Fresca, recién salida de la yugular, aun humeante; sangre llena de vida y energía que restableciera al enfermo la salud perdida. A Ramón Cuervo, muchacho de 26 años con cara de niño y esperanza de vida de anciano, le habían diagnosticado la tisis en Cuba y allá donde vivía, en Sagua la Grande, un curandero negro sacrificó una gallina oronda y joven para que se curase. No fue suficiente, claro. Nunca lo era. Por aquel entonces, cuando el negro le ofreció proporcionarle él mismo un crío para curar su dolencia, Ramón aún no se encontraba mal del todo y, horrorizado, se negó. O eso dijo a las autoridades, al menos, después de que lo prendieran en su casa de Santa Cruz de Llanera, donde almorzaba tranquilamente a la misma hora en la que los padres de Manolín Torres velaban ya su cadáver y se lo mostraban, llorosos, al periodista de EL COMERCIO que se desplazó a La Magdalena para cubrir la noticia.

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Pero recapitulemos. El 19 de abril de 1917, miércoles, Ramón Cuervo fue a Avilés dispuesto a matar para vivir, o eso creía él. No era cosa fácil. Al primer niño que prendió, Carolo de mote, le ofreció una moneda por llevarle un bulto y le preguntó si estaba sano. No mucho, contestó el crío. Cuervo torció el gesto, pero, aun así, le acercó a la nariz un frasco de cristal que desprendía un olor intenso que adormecía, que relajaba. Carolo echó a correr y Cuervo, fatigado por el esfuerzo de tanto andar, por los nervios y por la enfermedad que pudría sus entrañas y su entendimiento, lo dejó marchar. Tendría que irse a las afueras, abordar al crío allá donde nadie lo viera. Así fue como acabó en la plaza de la Magdalena a la hora de merendar. Manolín Torres, recién merendado y de mejillas sonrosadas, claro ejemplo de buena salud, se divertía dándole patadas a una pelota de piel remendada con dos amigos y el extraño se les acercó, preguntando por la Casa Blanca.

Sería, pensó Manolín, la mantequera. Allí trabajaba su padre, y la moneda que Cuervo le ofrecía no le vendría mal para endulzarse la tarde con un par de caramelos de arrope. No pensó el crío en las historias del hombre del saco que le habían contado sus padres, que le prevenían de juntarse con desconocidos y más con uno como aquel: extraño, esquelético casi, con las ojeras tiñéndole de azul la cara y la piel cubierta de un extraño ungüento anaranjado y brillante que hacía las veces de antiséptico para prevenir una enfermedad que, sin embargo, no podía curarse. Se fue con él. Lo llevó por los caminos de La Arabuya y eso fue la perdición de Cuervo: al otro lado del riachuelo, María Martínez, vecina de La Grandiella, avistó a Manolín Torres acompañando a un extraño al que en cosa de una hora vio bajar sin compañía. Y le reconoció. También los críos que, al día siguiente, desfilaron por la celda provisional –más pensada para rateros que para asesinos- donde Ramón Cuervo lo negaba todo.

Pero era él. Lo dijeron los niños, lo dijo la vecina; lo dijeron todos, hasta la ciencia. Ante la persistente negativa del asesino, temeroso de las voces de la multitud que, enfurecida, se apostaba ya al otro lado de los barrotes prometiendo lincharle, Juan Álvarez Casariego, a la sazón profesor de física y química, se ofreció para examinar aquello que no podía mentir: las pruebas biológicas. El examen –pionero en la Asturias de la época- de las primeras heces que Cuervo hizo en prisión reveló que el indiano había ingerido sangre y, para mayor especificación, sangre humana. Dice el reportero de EL COMERCIO que el 24 de abril publicó la última nota referente al suceso de Avilés, que Cuervo se derrumbó allí mismo, frente a él y ante el cansado lamento de Gustavo Calleja, el jefe de la prisión. «Ay, Ramón, ¡por favor!», suplicó el penitenciario ante la enésima negativa de Cuervo.

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Y entonces él lo contó todo. Que el negro Francisco le había ofrecido matar a un guajiro para él por doscientas pesetas al cambio, que él se negó. Que regresó a España en 1915 y que ahora, carcomido por la tisis, no había encontrado otra opción más que aquella. «Le senté», recordó sin inmutarse. «Le apliqué la ampolla [de cloroformo] a la nariz y quedó privado del sentido. Le inferí una o varias heridas y le absorbí su sangre; me marché incontinente…» Poco más de dos semanas después, el 12 de mayo, un juez ordenó su traslado a Oviedo y fue entonces, en ese viaje, donde Ramón Cuervo se volvió leyenda. Nunca más volvieron a hablar de él los periódicos, nunca más se supo de su mera existencia. Cuentan algunos que murió, tísico e irremediablemente, por más que ahora la sangre del niño Manolín Torres corriera por sus venas; otros dijeron que se mató al tirarse del carro que lo llevaba y los menos –pero también quienes atinan más a la hora de convertir en leyenda su historia-, que logró escapar.

Elija el lector la versión que con más gusto se adapte a sí. Cien años después ya no hay vampiros entre nosotros y es bien poco probable, pese a todo, que Cuervo siga con vida. Manolín Torres reposa, aunque ya no exista su tumba, en el cementerio de La Carriona y allí, en los archivos que atesora el centro de interpretación del camposanto, su muerte consta como una más de las no pocas que se llevaron por delante a muchos chiquillos nacidos en una España trágica cuyo extremo más oscuro probablemente nunca llegaremos a conocer del todo: aquel al que es capaz de llegar la ignorancia, la superstición y el miedo. Sobre todo, el miedo.