Son, principalmente, mujeres, aunque algún otro hombre hay también en la lista de nuestros centenarios asturianos: personas, de toda clase y condición social, que consiguieron superar la barrera del siglo, desafiando a la biología y causando, tanto ayer como hoy, admiración en el resto de los mortales

La pregunta, sea cuando sea que les haya tocado vivir a nuestros más longevos abuelos, fue y es siempre la misma: ¿cuál es el secreto que les permitió vivir tantos años? Permanecer soltera, trabajar mucho o, incluso, comer tocino y fabes cada día se encuentran en el ‘top ten’ de argumentos dados por estos auténticos Guiness de los récords. Quizás no sean razones excesivamente científicas, pero… ¿cómo contradecir, desde la barrera, a quien carga sobre sus espaldas más de un ciento de años?

Manuela Silva (Cortina, Tinéu 1819 – Villapró, Tinéu 29.5.1926, 107 años)

01-manuela-silvaGenio y figura el de Manuela Silva, que nunca vio un coche ni le importaba (“¡tengo miedo de que me tiren ou que me maten!”, dijo al periodista de EL COMERCIO que de visitó pocos meses antes de morir). De joven había ido a Madrid en una recua de mulas vaqueiras unos ratos, otros andando, y era crítica con los modales de los mozos de los años veinte y su pasión por el acordeón en detrimento de la gaita. “Ya tou farta de oírte tocar esa chillona acurdión”, transcribió el reportero de una discusión con su bisnieto vivida en directo, “si con mil demonios tocaras la gaita, contentarías algo a la tu bisabuelina que tanto te quier (…) La gaita inda me gustaría, purque recuerdaría los mios tiempos de mocedá, que me alegraría algo el recordalus”.

El secreto de su longevidad, según ella, eran “el toucín ya la grasa, que, aunque sea muita, nunca me repuna ni me fai mal”; huía, en cambio, del “café ya chuculate que non sirve nada más que pa perder el estógamu y empeñar las casas de la aldea”.

 

Lina Olañeta Acebal (Xixón 19.9.1831 – 15.3.1936, 105 años)

02-lina-olanetaLibróse Lina por muy pocos meses de vivir la Guerra Civil, algo que la hubiera enterrado definitivamente después de una vida plagada de disgustos, aun a pesar de su buena condición socioeconómica: nacida en plena calle de San Bernardo y tía del médico Jacobo Olañeta, había estudiado en la escuela mixta de Blanco Fino, en la calle San Antonio, junto a futuros prohombres tales como Faustino Rodríguez San Pedro, Estanislao Rendueles o Apolinar y Baldomero Rato.

Lina, que “polleó” (tal era el verbo que utilizaba para definir el acto de novietear) con el después indiano Eduardo Noriega, acabó por casarse con Melquiades Letona, que le dio cinco hijos de los que no le sobrevivió ninguno. Testigo, en 1844, del traslado de los restos de Jovellanos a Gijón, decía no haber perdido una sola fiesta en su juventud, y las recordaba todas: las ferias de Begoña, las del práo de Gilledo, las del de Calca, los bailes de giraldilla de Begoña… y, claro, así las cosas, no le dio tiempo nunca de salir de Gijón. Solo lo hizo una vez: cuando fue a Oviedo, a la boda de una de las sobrinas que la velarían. “¡Es que en Gijón!”, decía, “¡se está tan bien!”

 

Vicente Fernández Fernández (Llerices, Cangues d’Onís 1845 – 1949, 104 años)

03-vicente-fernandezFue el último labrante de la basílica de Covadonga, en la que trabajó durante toda su construcción (1877-1901) y donde adquirió dos cosas: un cuerpo de roble, recio aun con más de cien años corvándole la osamenta, y una profunda devoción a la Santina. De rezo diario, contaron que murió estando ya muy mal, muy débil, en un murmullo constante e ininteligible que su nieto Venancio interpretó, según contó a la prensa a su muerte, como un rezo sin fin.

La dieta para llegar a los 104, estricta: legumbres, torta, leche y castañas siempre, guardando ayuno en Cuaresma.

 

Anselma Meana (Castiello de Bernueces, Xixón 1847 – Lavandera, Xixón 1955, 108 años)

04-anselma-meanaUna centenaria cantarina y coñona que recordaba hasta el ripio que le había dedicado de adolescente, allá por 1862, a un criado que pretendía meterse en el hórreo donde dormía con su hermana: “Yo de dientro sí respondo, / de juera nun sé quién llama, / ¡quién quiera saber de mí / que venga por la mañana!”. Ya en 1950 había llegado a ser la mujer más vieja de Asturias y portó orgullosa tal galardón durante todo un lustro.

Enlutada como un cuervo desde que le muriera el marido, Anselma era, sin embargo, una anciana que portaba la alegría como estandarte y que llegó a ser popularísima en el Gijón de mediados de siglo XX. Por entonces, opinaba la anciana, la juventud andaba muy constreñida, muy sosa, con pocos novios. “Yo, de moza, tuve tres”, decía “la vieyina de Lavandera”: “Uno fue a Cuba, el otro al servicio, y otro quedó aquí en reserva. Como el de Cuba no volvió y el del servicio militar tardaba mucho, pues le pilló la guerra carlista, caséme con el que quedó en Gijón…”

Supieron que iba a morirse el día que dejó de tomar sidra, su bebida favorita, sobre todo cuando lo que regaba era cocido o pasteles. Y el tabaco –lo fumaba negro- tampoco podía faltar.

 

Elvira Sandoval Suárez (Peón, Villaviciosa 1858 – Xixón 1961, 103 años)

05-elvira-sandoval“La Sandovala” casó con un empleado de arbitrios que la llevó a vivir a la villa de Jovellanos, le hizo ocho hijos y la dejó viuda muy pronto, cuando le pilló la gripe de 1918. Desde entonces sobrevivía con una exigua pensión y el suelto que le proporcionaba la venta de pitas y huevos. Conservadora y poco amiga del escaso recato de las actrices de mediados de siglo, leyó novelas hasta bien entrada en el siglo de edad, y aseguraba que su secreto era bañarse con agua fría, fuera invierno o verano.

 

Felisa Blanco Porrúa (Cuerres, Ribeseya 1863 – 1969, 105 años)

06-felisa-blancoFranquista acérrima de vida muy activa que, cuando le visitaron los periodistas en 1967 –aún le quedaban dos años por vivir- presumía de seguir jugando a la brisca, esbillando fabas y oyendo, por la radio, los discursos de Franco. De él consideraba que había hecho que todos los españoles “vivieran como señores” porque ella, que de tan pobre fue analfabeta, vivía ahora mejor que antes. “Hasta ahora les panoyes son meyores”, aseguraba. “Anoche esbillámosles: como tranques”. Comía chorizo, jamón, tocino, “y nun conozco ningún mal”; tanto que, cuando el médico se echó las manos a la cabeza por tales hábitos alimenticios en una anciana muy anciana, pretendió quitarle de comer cerdo… y no lo consiguió.

 

María Salomé Martínez (Toriellu, Ribeseya 1866 – ¿?)

07-maria-salomeAmiga de infancia de la anterior y, como ella, admiradora de Franco, al que escribió pidiéndole un pañuelo para protegerse la cabeza del sol durante las tareas del campo… que seguía haciendo a sus 103 años. Entrevistada por el diario gijonés “Voluntad” en 1968, decía no comprender las apetencias de Jacqueline Kennedy, tan guapa ella, “¡y casase ahora col vieyu de los barcos!) y se confesaba apasionada de los percebes regados con sidra y del producto nacional: “¡No hay como lo nuestro, de fuera no nos vienen más que espantayos!

 

Dominica Ordiz Camblor (Deva, Xixón 1869 – 1973, 103 años)

08-dominica-ortizApasionada, de joven, de los bailes de detrás de la Fábrica de Cristales y de los hombres de entonces -“vestíen al natural y cortaben el pelu como paisanos que yeren. Entós daba gusto…”-, solo había estado enferma una vez en su vida y era una profunda detractora de la minifalda y la televisión. La falda corta, para ella, solo debía dejar ver… el tobillo de la mujer.

 

Aurelio Díaz Campillo (Tielvi, Cabrales 16.10.1878 – 13.6.1989, 110 años)

09-aurelio-diazMenudísimo, contemplando el mundo desde detrás de unas gruesas gafas de culo de botella y sordo como una tapia, pero haciendo gala de una memoria que muchos quisiéramos para nosotros, el “tío Aurelio” nació pobre y llegó a supercentenario a base de alimentarse de castañas, nueces y leche en su infancia. ¡Cuánta hambre pasó allá, en sus adorados Picos! Y, sin embargo, ¡qué pena cuando le tocó marchar! Aquello ocurrió en 1887, a los dieciocho años. Cogió el petate de soldado –no había dinero para zafarse de la mili- y lo mandaron a Cuba. Allí, en la guerra, encontró historias para rato, que contaba con pasión a los periodistas que, a raíz de cumplir el siglo, subían hasta Tielvi para entrevistarle.

Subieron hasta unos del ABC, a los que contó cómo espantaron a ochenta enemigos a fogonazos, allí en el campamento base de San Antonio, mientras se recuperaban de las fiebres palúdicas. “¡Con tiritona y tó, dimos-y el su merecíu!”, reía orgulloso el último combatiente que quedó vivo de aquella guerra de fin vergonzante. “La culpa”, aseguraba Aurelio, “fue de los politicones… mandaben sobre lo que no sabíen”. Volvió a España en 1899, entre lágrimas: las de emoción por volver a casa, de un lado; las del sentirse derrotado, del otro. Y quizás le pesasen más las últimas.

¿El secreto de sobrepasar el siglo? Él, decía, no había tenido más vicio que la fabada; el alcohol no era de su gusto y el aire de los Picos le sentaba bien. “A los de esta tierra, si uno se logra de guaje, dempués nun-y parte un rayo… y menos si come todos los díes quesu Cabrales, como yo”. Dejó una docena de hijos y hasta 44 bisnietos; vio nacer a diez tataranietos.

 

Álvaro Fernández Fernández (Mohías, Cuaña 1880 – Abres, Vegadeo 1988, 107 años)

Muchos le recordarán aún: genio y figura, afirmaba que sacerdote lo era uno hasta el día en que moría y predicó con el ejemplo, porque dio su última misa pocos días después de cumplir los 107 años, desplomándose a los pocos minutos de acabarla. Su larga agonía, de una semana, fue cubierta por la prensa asturiana, en la que se comentó cómo el cura –lo era desde 1906- acabó muriendo con el rosario que le regalara el papa Juan Pablo II entre las manos.

Preguntado por el secreto de su longevidad, decía que siempre había sido fuerte, llegando a levantar (¿exageraría el páter?) cincuenta kilos con los dientes. Y, ante todo, había vivido sin vicios: ni el fumar ni el beber… solo jugar a los bolos, decía, “y a eso… a eso ganaba siempre”.

 

10-ramona-agudinRamona Agudín Fernández (Abanceña, Cangas 9.3.1870 – Madrid 12.1.1981, 110 años)

Estuvo a dos meses de llegar a los 111 años esta canguesa que, en 1979, a los 109, viajó a Buenos Aires con pasaje pagado por el rey Juan Carlos: por entonces era la mujer más vieja de España y su deseo antes de morir era poder viajar a Argentina, donde tenía hasta tataranietos. Lista como el hambre, se lo pidió al monarca después de que este le concediera audiencia por mor de su avanzadísima edad… y lo consiguió, claro. En 1980, cuando cumplió los 110 años, le dijo a la agencia Logos que entraba dentro de sus planes vivir treinta más. No lo consiguió… pero no habrá sido por no intentarlo.

 

Manuela Fernández Fojaco (Llamas, Grao 18.6.1895 – Grao 6.1.2009, 113 años)

Se define como “supercentenaria” a aquella persona que haya vivido más de 110 años, y quien en Asturias más ampliamente superó esa barrera fue Manuela Fernández Fojaco, moscona que nació enfermiza y, sin embargo, enterró a todos quienes le predecían una corta vida, llegando a ser la mujer más anciana de Europa por cuatro días –a su antecesora, la portuguesa María de Jesús, se la llevó la parca el dos de enero; a Manuela la respetaría hasta el día de Reyes).

Había nacido pobre; fue huérfana y pastora que, ante la insistencia del padre, estudiaba de noche para aprender a leer y escribir. Cuentan que la obsesión del hombre, en una época en la que la emigración era la única salida para los españolitos pobres, era que nunca se perdiera el vínculo familiar, que sus hijas pudieran, llevase el destino donde las llevase, escribirse entre ellas, saber la una de la otra. Y no le faltaba razón. Manuela emigró a Cuba antes de los veinte años y se enamoriscó allí de otro moscón junto con quien regentó, prósperamente, unos ultramarinos.

Volvió a España en plena guerra y la sobrevivió. Como a casi todo. ¿Su secreto? Decía la buena Manuela que poca cosa. Genética, tal vez, porque sus hermanas también fueron centenarias. “Hay que bailar la vida”, reía Manuela siempre que iban a verla los periodistas, “no tener penas, no tomarse las cosas muy a pecho (…) vivir con ilusión y saber adaptarse a las circunstancias”. Y remataba: “Es tan corta la vida…” ¡Menuda la que lo fue a decir!