No salen en las guías turísticas ni tampoco han captado tanta atención como para que lo hagan en los manuales académicas, pero existen en Asturias muchos lugares repletos de historias olvidadas a lo largo de los siglos que merece la pena recuperar. Hoy os traemos cinco, para ir abriendo boca.

El “monte sagrado” de las reliquias

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El estuche pétreo del Monsacro, que contempla a Morcín desde hace siglos, encierra no pocas leyendas que, entremezcladas con la turbulenta historia de la época visigoda, está previsto que cristalicen pronto en la Ruta de las Reliquias. Todo se remonta al verano de 711, cuando el rey Rodrigo fue -previsiblemente- asesinado en Guadalete, abriendo el paso a los invasores musulmanes. La inestabilidad política del momento propició el enterramiento de tesorillos… y «tesorazos», porque el que se ocultó en el Monsacro era, por lo visto, espectacular. El carácter sacro del monte (ya lo dice su propio nombre), probablemente debido a que ya en la época megalítica estuvo plagado de monumentos funerarios, hizo de él el lugar elegido para ocultar, al parecer, el Arca Santa. Quizás en la curiosa ermita octogonal -sostienen algunos que la peculiar forma se debe a estar construida, precisamente, sobre un dolmen- de Santiago, o en sus alrededores, fue donde se custodiaron, durante cerca de un siglo, las joyas. La ruta recorrerá los pasos, del Monsacro a Oviedo, que allá por el 790 y bajo el mandato del rey casto, Alfonso II, que dieron las joyas en su viaje de retorno hacia la nueva capital del reino de Asturias. Hay quien cuenta que en el transcurso del mismo se perdió parte del tesoro y que, ¡quién sabe!, quizás algún día alguien pueda encontrar lo que falta entre las rocas que antaño veneraron nuestros ancestros. Entre tanto, el Monsacro sigue ahí: grandioso, elegante, tan hermoso como repleto de enigmas.

Balleneros gijoneses

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Fue enclave estratégico durante siglos para matar y defenderse de ser matado, y solo una mente preclara como la de Jovellanos fue capaz de ver, en su época, en lo que se convertiría en el futuro el cerro de Santa Catalina, en Gijón: el ilustrado defendió la transformación del por entonces enclave militar en zona de ocio. Militar… y ballenero, porque la privilegiada topografía del cerro lo hacían idóneo para avistar ballenas -cuando estas aún se acercaban a la costa gijonesa- y avisar de su localización, desde lo alto, a los pescadores que navegaban. Llevadas, una vez muertas, a lo que hoy conocemos como el Tránsito de las Ballenas (que se llama así por algo), el descuartizamiento de tan enormes cetáceos debía ser, suponemos, todo un espectáculo en el Gijón de hace ya unos cuantos años, porque la última se cazó allá por 1722. No entran dentro de la lista, eso sí, las no pocas que tuvieron el infortunio de varar en las costas asturianas desde entonces. De la que lo hizo en 1895 heredamos los gijoneses esa frase de «¡vete a ver la ballena!». Que no lo era, por cierto: se trataba de un rorcual común. Pero esa es ya otra historia…

Lo que calla el Cabo Peñas

Cualquiera que haya tenido la fortuna de pasear por él sabe bien de la belleza, intensísima y salvaje, de las olas rompiendo sobre las rocas del Cabo Peñas. Y, sin embargo, ¡cuántas tragedias han visto y callan esas piedras! Las más conocidas, andando el traicionero mar de por medio, son obvias: los múltiples naufragios ocurridos en sus aguas. El más reciente, hace tres años, el del pesquero Santa Ana, no fue el peor. Le superó en número de muertos, en 1993, el del mercante «Vishva Mohini»: se hallaron solo trece cadáveres de al menos 34 fallecidos. Pero el tortuoso perfil del Cabo Peñas encierra otra terrible historia, silenciada a lo largo de las décadas y solo salida a la luz hace unos meses: la de las decenas de personas arrojadas al mar por el acantilado a principios de junio de 1938, entre ellas varias empleadas de la fábrica de Conservas Albo, cuyos nombres habían sido publicados semanas atrás para señalarlas como afectas al Frente Popular y, por tanto, «fusilables». Un tiroteo que salió mal en Candás -en la refriega de la detención de Anselmo, «El Rondón», fuego amigo alcanzó a uno de los falangistas que se aprestaban contra el hombre y, queriendo ocultar el incidente, se sucedieron decenas de arrestos- acabaría con varios hombres y mujeres torturados, tiroteados y arrojados al mar. Cuentan que una de las conserveras, resignándose ya a la muerte, decidió irse matando: se abrazó a uno de los falangistas y se arrojó, llevándoselo con ella, al vacío. Las aguas del Cantábrico, desde entonces, guardan un estruendoso silencio.

Una hazaña en alpargatas

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Dice bastante, per se, la hermosísima forma con la que el Picu Urriellu recorta el cielo a cada atardecer, pero aún más dirá si somos capaces de remontarnos ciento y pico años atrás para conocer la hazaña que supuso su primera ascensión. Ocurrió en 1904, el cinco de agosto, pero los dos hombres que la afrontaron llevaban planeándolo ya casi un año. Pedro Pidal, a la sazón marqués de Villaviciosa, se llevó consigo a Gregorio Pérez, un pastor cainejo que, en un alarde de locura maravillosa, no tuvo miedo a las lisísimas paredes del Urriellu, hasta entonces consideradas inescalables. Ellos demostraron que no era así. Con un equipamiento mucho más modesto que el del más humilde de los montañeros del siglo XXI, Pidal y el Cainejo acometieron la subida por el canal de la Celada hacia la cara sur. Dice la leyenda que, llegados a cierto punto de dificultad, el pastor prefirió descalzarse, ¡descalzarse!, y que así -él con los pies al aire, el marqués con alpargatas, una cuerda que unía ambos cuerpos y poco más- consiguieron hacer cima a más de dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Ellos fueron los primeros hombres, porque las mujeres tardarían treinta y un años en saber cómo se veía Asturias desde la cima del Urriellu: lo consiguieron, en 1935, María Isabel Pérez y Teófila Gao, ambas, por cierto, nietas de Gregorio, el Cainejo.

Llanes: El cargamento que nunca llegó

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El puerto de Llanes era y es conocido, obviamente, por recibir barcos, muchos barcos, que por algo es puerto. Pero quizás la historia más curiosa en torno a la preciosa villa sea la que gira, precisamente, en torno a un barco que jamás llegó, ni al puerto ni a ningún otro sitio. Ocurrió a principios de 1946, con una guerrilla que se asfixiaba en Asturias, falta de armas y hombres. Por eso se pidieron refuerzos a Francia, y Francia los prometió… ejecutando la cosa a su manera. Aparentemente, el barco con el cargamento de armas habría de llegar a Llanes, y allá que se apostaron, durante meses, un grupo de diez guerrilleros a la espera, incansable y con un insoportable sabor a los mejillones en lata que fueron su sustento todos aquellos días. Porque Enrique Líster, desde Toulouse, decidió que no se enviaría barco -sin avisar a los de aquí- y que las armas viajarían por tierra, custodiadas por más de cuarenta guerrilleros: eran cuarenta armas, ocho mil balas, cincuenta granadas y más. Hubiera supuesto todo un golpe para el incipiente franquismo si no hubiera sido porque, a la altura del puerto del Escudo, en Cantabria, la Guardia Civil los interceptó. La masacre, terrible: seis milicianos muertos, treinta y tres presos y, escasos kilómetros más allá, los asturianos que les esperaban… comiendo mejillones en aquella cueva llanisca perdida de la mano de Dios, a la que no habían llegado noticias de cambio de planes alguno.