A estas alturas del año, hace un siglo que la prensa volvió a imprimirse en un Gijón que se había pasado casi todo el mes de agosto paralizado por la huelga general. En su retiro en Santander, el rey Alfonso XIII temía correr igual suerte que apenas dos meses atrás había sufrido la familia Romanov… pero, esta ocasión, no llegó la sangre al río.

Como si las hubiera oído él mismo, resonaban en la cabeza del rey Alfonso XIII las detonaciones que, a sangre y fuego, habían hecho vibrar el sótano de la casa Ipátiev la noche en que mataron a los Romanov. Para la familia real rusa se habían acabado los lujos de golpe a base de tiros a quemarropa y bayonetazos el 17 de julio de 1917 y aquí, en la piel de toro, la situación no pintaba mejor… o eso pensaba el rey. El pueblo, acá y en Rusia, no estaba contento y, contaban los diarios, había quien incluso hasta se moría de hambre en Madrid como en Moscú. Y el hambre, lo sabía bien Alfonso aunque no por sentirlo en carne propia, llamaba a los monstruos.

El puerto de El Musel en 1917

El puerto de El Musel en 1917

Así que el Rey, temiendo por su vida, no tuvo más remedio que ir a pasarla al Sardinero, a remojarse en el balneario y a nadar en la mar y, mientras tanto y mientras que no, los huelguistas preparaban la gorda. Los socialistas Besteiro y Largo Caballero acabaron en chirona junto a Seguí y Pestaña, de la CNT y, desde las filas del PSOE, para disgusto de los anarquistas, se comenzaba a coquetear con el gijonés -y a la sazón también «gijoneante» (porque pasaba su verano en su ciudad natal)- Melquiades Álvarez, y con Lerroux en su objetivo, poco tranquilizador para el monarca, de llamar a la revolución. Una, con todo, pacífica, que así se dijo en los bandos que llegaron, a Gijón y a toda España en general, el 13 de agosto del 17. Ese día se paró el país.

Huelga por sorpresa

Y ojo, que nadie se lo esperaba. La huelga se había precipitado por el conflicto ferroviario en Valencia -hubo quien dijo que potenciado por el gobierno para forzar una huelga de aprisa y corriendo, abocada al fracaso- y esa mañana, la del día 13, los obreros gijoneses madrugaron solo para encontrarse, de camino al trabajo, los paneles de la prensa colapsados por los pasquines que llamaban a la huelga de golpe y porrazo. Así comenzó la cosa, por sorpresa: la huelga estaba convocada a partir de las 18 horas, pero esa misma mañana se formaron en El Humedal grupos de obreros de las fábricas de la zona y del ferrocarril de Langreo; abandonaron los tranviarios el mando del transporte público a eso de las 15 horas y la maquinaria contraria a la huelga se puso a trabajar con celeridad. A la tarde, cuando el paro era ya absoluto, cayeron los siete procesados del Tren de Langreo por «excitar a la sedición»: cuatro no fueron habidos, tres solo recobraron la libertad tras pagar una fianza de dos mil pesetas, toda una millonada para la época. Ni eso, ni los castigos hacia los obreros de la Fábrica de Gas, consiguieron parar la huelga y esa noche fueron los serenos quienes tuvieron que encender y apagar las luces de la ciudad ante el paro de los faroleros; en el Jovellanos, se dijo, los aparatos de carburo sustituyeron a las máquinas eléctricas porque no había nadie, absolutamente nadie, que supiera activar estas ante la ausencia de los obreros…

 

Balneario de El Sardinero, donde Alfonso XIII pasaba las vacaciones

Balneario de El Sardinero, donde Alfonso XIII pasaba las vacaciones

Los soldados, a la calle… y a los bares

Literal. El gobierno militarizó los servicios públicos, hasta los más insospechados, y la ciudad se llenó de cornetas, cabos y capitanes. También lo que no era la ciudad porque, a partir del 14 de agosto, las tabernas -que debía ser de lo poco que permanecía abierto- recibieron la orden de cerrar sus puertas a las nueve de la noche, antes de lo habitual. Una medida coercitiva de lo más curiosa pero, aparentemente, poco eficaz porque, aunque la prensa madrileña insistía en que ya entonces estaba resuelta la huelga en Asturias, la villa de Jovellanos seguía congelada en su actividad. No salieron los carreros ni los barrenderos; las calles se llenaron de cajones de basura y las cárceles, de líderes revolucionarios. El primero, el día 14, fue Wenceslao Carrillo, por entonces secretario del Sindicato Metalúrgico y padre reciente de un crío de dos años y medio al que había venido en llamar Santiago. El mismo, sí. Seguirían las detenciones de Niceto de la Iglesia, presidente de la Sociedad de tipógrafos «La Minerva», el 20 de agosto; la de Ramón Martínez, presidente de la Sociedad de Operarias de la Fábrica de Tabacos «La Constancia» el 23; la de Laureano Piñera, de la UGT, y hasta la del político republicano José María López Fombona. Hasta la casa de Rosario Acuña, que aún existe a la vera del Cervigón, fue registrada por las autoridades, poco populares en medio de tanto ajetreo en la opinión de un pueblo que, en aquellos momentos, las temía y presumía en su contra. En la noche del 15 de agosto, por ejemplo, de nada sirvió que los soldados anunciasen previamente que, ante la ausencia de faroleros, serían ellos los encargados de apagar el alumbrado de gas que iluminaba el paseo de Begoña, engalanado por la Fiesta de la Flor. Al ver al ejército entrar, la gente puso pies en polvorosa, aterrorizada…

 

Wenceslao Carrillo

Wenceslao Carrillo

Disturbios: pocos, pero sonados

… y ojo que no era la cosa para menos, porque aquel mismo día Hipólito Alonso Puente, un burgalés de 22 años, algo atontado a su paso por la calle de Marqués de San Esteban al rayar el alba, no oyó el alto de un piquete y recibió dos sendos disparos que le destrozaron la pierna izquierda. Aquello desató la carta blanca y, a las ocho de la mañana, en la calle de la Trinidad, un huelguista fue disparado por el coronel del regimiento Lealtad, mientras trataba de persuadir a un barrendero de que se sumase a la huelga. Serían los dos únicos disturbios de la huelga mientras esta duró en activo, aunque, cuando ésta ya estaba disuelta, llegó la traca final. El 31 de agosto, en El Natahoyo, un enfrentamiento entre huelguistas y esquiroles se saldaría con dos mujeres heridas por la autoridad. Aniceta Alvarez, una viuda de 60 años, acabó con un tiro que le deformó la cara y Juliana Palacios, de 57, fue ni más ni menos que tiroteada, con orificios de entrada y salida, en el brazo, en la axila, en el pecho y en el tórax después de que el grupo en el que se manifestaban se enfrentase con dos esquiroles del Ferrocarril del Norte. Aun ya detenidas por el ejército, siguieron increpando a los paisanos, «obligando», aseguró el responsable del tiroteo, a los soldados a disparar.

 

Disturbios de la huelga en Madrid

Disturbios de la huelga en Madrid

Los últimos coletazos de la huelga

Una semana duró el paro general, porque el día 20 comenzarían a incorporarse ya al trabajo algunas operarias de la Fábrica de Trabajo, los obreros de la Fábrica de Gas y algunos tranviarios, movidos por el escandaloso caos que el día anterior se había organizado en El Bibio. Resultó que el 19 llovió como si fuera el Diluvio Universal sobre Gijón y los asistentes a la tercera corrida de toros de las que se celebraban por Begoña, ante la ausencia de tranvías, tuvo que tomar coches particulares. Los cocheros hicieron el agosto, literalmente, pero el mal tiempo, el barro en unas carreteras escasamente asfaltadas por aquel entonces y la saturación de vehículos había convertido aquello en toda una batalla campal. La huelga, en Gijón, murió por puro agotamiento; sin que las autoridades hubieran de recurrir a medidas tan duras como aplicaba a escasos kilómetros, en las Cuencas Mineras, o a unos cuantos más (en Cataluña cayeron casi cuatro decenas de muertos). Tras un mitin en Tremañes -dijeron que casi tres mil personas se agolparon en el público- multitudinario, pero en el que reinó el sabor a derrota, la normalidad se restableció en Gijón y todo -la vida, sus dificultades y sus injusticias- siguió como estaba.

 

Fin de la huelga

Fin de la huelga

 

Allá, en su cercano retiro en Santander, Alfonso XIII se mesó los bigotes y se sintió, por fin, seguro. Apoyado en el ejército que, con mano de hierro, había sofocado en todo el país un movimiento social al que siguió sin escuchar, eligió una estabilidad ficticia, basada en la fuerza de las armas, que no podría proporcionarle ni tan siquiera tres lustros más en el trono. Brillaba el sol sobre El Sardinero tanto como, un mes y medio atrás, brillara sobre Ekaterimburgo. Los nubarrones estaban por venir.