Moros contra cristianos: la batalla de Lodos (794)

El lugar de Llodos (Grao) no transmite, en la actualidad, otra cosa más que paz. Cuesta casi pensar que aquí, si hacemos caso a las hipótesis de Juan Uría Ríu, murieron casi setenta mil moros al servicio del emir Hixam y comandados por Abd-al-Malik ibn Abd-al-Wahid ibn Mughith (¡menudo nombre!). La cifra, claro, imaginamos que está exagerada, pero la batalla fue real. Ocurrió en el año 794, el tercero del rey Alfonso II, El Casto. Andaba por aquel entonces el monarca recaudando dinero para sus incursiones contra el moro cuando, sin que nadie lo esperase, el moro se allegó a casa: Hixam, a la sazón emir en Córdoba, mandó dos aceifas a arrasar con todo lo que oliera a cristiano.

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Las lideraban dos hermanos, Abd-al-Karim (que se quedó a la altura de Álava), y el que llegó aquí, Abd-al-Malik. Aparentemente, aunque es difícil hacer mucho caso a una historia que ha llegado hasta nosotros solo a través de las crónicas oficiales, las tropas de Abd-al-Malik arrasaron Uviéu y de la que ya se planteaban volver se toparon de frente con el ejército de Alfonso II, a pie. Cero caballos, pan comido… en cualquier lugar, pero no en Llodos. Porque el rey, buen conocedor de la geografía asturiana, se batió en batalla con los de Abd-al-Malik en un lugar lleno de pantanos, un puro barrizal del que se decía que, por eso, se había venido en llamar Llodos. La victoria fue total: los caballos de los moros hundiéndose en el barro, setenta mil soldados -ni siquiera el padre Carvallo se lo cree en su Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, publicado en 1613, pero así lo dicen todos los cronistas, afirma- muertos.

Aunque Carvallo situó en el siglo XVII el lugar de la batalla en Cangas del Narcea, concretamente en el sitio de Llamas del Mouro, la tesis más aceptada es la de Juan Uría Riu, que señaló el pueblo moscón de Llodos como el lugar más factible de la batalla. ¿La razón? De poder, obviamente. Pero, durante muchos años, la leyenda habló de cuestiones de honor después de que Alfonso se negase a pagar el supuesto tributo de cien vírgenes asturianas que, años atrás, Mauregato había prometido a los moros, sedientos de placer. ¡Ya sería para menos!

 

Una derrota épica en Peñaflor (1809)

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Nunca se le olvidaría al irlandés William Parker Carroll, comisionado británico en España en tiempos de la invasión gabacha, lo que vio al llegar a Grao en mayo de 1809. Los asturianos acababan de tener conocimiento de que los franceses, comandados por Ney, Kellermann y Bonnet, campaban a sus anchas hacia Uviéu con aviesas intenciones. A Carroll le tocó en suerte lidiar con los de Ney, entrados por el occidente hacia Cornellana, y partió hacia la villa moscona para comprobar cómo la población -los que no habían huido con el colchón al hombro- andaba levantada en armas, arengada por el cura y decidida a combatir al invasor… en clara desigualdad de condiciones: los franceses llevaban más de tres mil hombres, y los moscones eran quinientos y un cañón.

Replegados sobre el bellísimo puente romano de Peñaflor -muy accesible: el tren de FEVE para en el pueblo y cabalga cerca de los caminos que aquel exiguo pero valeroso ejército ocupó a la espera del francés-, los moscones hicieron frente al ejército de Ney con valerosísima determinación, pero escaso éxito. Ni siquiera la casi legendaria figura del Salao, único operario del cañón de los que resistían, minoró un ápice la victoria aplastante de los de Ney, apostados tranquilamente en la orilla del Nalón, a pegar tiros bajo los nogales, o entre las casas del pueblo.

Las consecuencias, terribles: vencidos los moscones, el ejército francés arrasó Grao, quemando su archivo y llevándose consigo todo lo que se les pusiera por delante. ¡Pues menuda!

 

Tras la guerra, garbanzos (1836)

Es confuso el origen de la tradicional garbanzada que los ovetenses celebran cada mes de octubre, pero, en cualquier caso, es militar. La historia, o historias, se remonta a la Primera Guerra Carlista. Allá por julio de 1836, Uviéu se había declarado isabelina y se encontraba cercada por Lugo de Llanera por batallones carlistas cuyos componentes, vaya usted a saber por qué, cayeron en gracia a los vecinos. Cuenta la leyenda -porque verosimilitud no tiene mucha- que la simpatía fue tanta que les ofrecieron un copioso menú, muy similar al que se prepara hoy en día cada 19 de octubre: garbanzos con bacalao, callos y, sobre todo, mucho vino. Muchísimo. Tanto como para que los soldados cayeran rendidos a Morfeo… solo para acabar siendo “desarmados” por los astutos isabelinos envueltos en piel de cordero.

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Sí sabemos real, aunque carezca de tanta curiosidad, la batalla librada en la capital el 19 de octubre de aquel año, precisamente la fecha en la que hoy se celebra el Desarme. Los civiles ovetenses, armados hasta las trancas y constituidos en milicias urbanas, lucharon hasta la extenuación contra la columna comandada por Pablo Sanz, en pleno centro de la ciudad. A pesar del gran número de bajas, consiguieron ganar. Cuarenta años después, en 1876, comenzaría a celebrarse el Desarme en una suerte de fiesta de reconciliación entre carlistas e isabelinos. La guerra había acabado… y ahora tocaba atacar a los platos de garbanzos.

 

La masacre de Cabruñana (1936)

Poco conocida pero no por ello menos importante para el desarrollo de la Guerra Civil en Asturies, la batalla de Cabruñana debiera, más bien, llamarse masacre. Desde finales de julio de 1936 avanzaba hacia la capital asturiana la columna gallega de Ceano (Teijeiro le relevó en agosto), compuesta por unos mil hombres a los que se unirían otros tantos. Sin piedad. Casi a mediados de septiembre, las milicias populares, capitaneadas por el comandante Gállego y formadas por unos cien guardias de Asalto y tres centenares de milicianos pobremente armados, se instalaron en el alto de la Cabruñana para proteger un enclave que, como ya quedó claro al principio de este artículo, llevaba siendo estratégico desde tiempos inmemoriales.

La cuestión fue que Gállego, irónico nombre para enfrentarse a los de Teijeiro, previó, erróneamente, que los sublevados vendrían por carretera. La llenó de camiones y un avión de reconocimiento, el 12 de septiembre, observó la jugada. Teijeiro decidió, entonces, subir por la sierra dividiendo a su ejército en tres columnas que, envolviendo a los milicianos, los masacraron sin piedad, abriendo el pasillo de Grao y anticipando, así, el cerco a la capital. Ochenta y un años más tarde, los cadáveres de cerca de trescientos soldados republicanos yacen bajo el campo de batalla, y aún más: en las inmediaciones reposan, también, los restos de un jefe republicano que, caído en una ráfaga de ametralladora mientras iba a caballo, fue enterrado con su equino compañero…