En 1932, La Arena decidió unilateralmente, en referéndum celebrado a espaldas del ayuntamiento sotobarquense, proclamar su independencia. La situación no llegaría a mayores, pero a punto estuvo de promover un cisma a orillas del Nalón.

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Que un periódico nacional dedicara una página entera a una noticia “de provincias” indicaba que la cosa era seria. Y a La Arena el diario “La Libertad” mandó hasta un corresponsal para cubrir el bombazo: allí, a la vera del Nalón, en lo que el periodista madrileño, tan urbanita él, definía como “un pintoresco pueblecito pesquero”, estaba a punto de declararse la independencia. Unilateralmente, sin opción al diálogo con el Ayuntamiento de Soto del Barco: los arenescos habían hecho hasta un referéndum particular en el que el “sí” arrasó. Todo el pueblo frente a apenas seis votos en contra. Así estaba el ambiente, irrespirable. Ese día, en agosto del 32, Gil Blas -bajo ese seudónimo se escondía el periodista de “La Libertad”- llegó al pueblo acompañado del gobernador de Asturias para intentar averiguar el porqué del súbito deseo independentista de La Arena y, sobre todo, la forma para tratar de detenerlo.

Primer descubrimiento: no era tan repentino el sentimiento, ni meras razones de sentimentalismo contra el Ayuntamiento sotobarquense las que habían caldeado los ánimos. Si La Arena era un pueblo próspero, desde luego no se notaba ni en su urbanismo ni en sus infraestructuras. “Está completamente abandonado”, afirma Gil Blas en el extenso reportaje que se publicó el 20 de agosto. “No hay agua, el-comercio-1926-06-23no hay medios suficientes higiénicos para atender a la población trabajadora, se carece de alcantarillado (…) El cementerio es insuficiente y, además, ofrece cuadros macabros por razón de esta misma insuficiencia.” Y la cosa venía de lejos. En junio de 1926, con motivo de la celebración de las fiestas del pueblo, EL COMERCIO había denunciado también aquella situación. La Arena, decían, generaba anualmente casi treinta mil pesetas limpias para las arcas municipales, un beneficio que jamás repercutía en el pueblo. Solo gracias a la Sociedad de Pescadores “El Progreso Mariano” y a cierto número de particulares se había instalado el servicio telefónico; solo por la inversión privada de los comerciantes llegó el telégrafo.

Por aquel entonces, sin embargo, lo que se pedía era un extremo sí cubierto por la ley: que La Arena se constituyera en entidad local menor, lo que acabó consiguiendo en 1930. Pero ya lo había advertido cuatro años atrás EL COMERCIO: “El pueblo quiere una independencia económica para su desenvolvimiento más libre”. Ahora, en el 32, los dirigentes de la entidad local menor e impulsores de la particular declaración independentista, definían aquel hito como “el primer paso en nuestra independencia”. Al frente estaba Manuel Albuerne, conservero que sería asesinado tres años más tarde por un antiguo amigo de la infancia que le pagó mal haber prosperado más en la vida que él, pero eso es otra historia. Él era el presidente, y le acompañaban Aurelio, Manuel y Eladio González, Amador Avello, Marcelino y Francisco Fernández y Francisco de la Noval. Y la voluntad de todo el pueblo, o casi toda. Al gobernador y al periodista les había recibido, vaya por Dios la casualidad, un pescador de los pocos que criticaban el proceso independentista y reclamaba, sencillamente, que se presionase más al Ayuntamiento de Soto para que resolviera sus problemas. “Luego supimos que aquel vecino”, dice en su crónica Gil Blas, “con otros cinco o seis, han sido los únicos que no han firmado la solicitud de segregación”.

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Por eso estaba trabajando. Todos los demás pescadores, en aquel verano del 32, secundaban el paro en pos de la ansiada independencia. En el aire, enturbiando el sentimiento popular, ondeaba la realidad: ¿acaso podría ser económicamente sostenible una Arena independiente? Los impulsores del proceso, obviamente, decían que sí. Que con lo que tributaban a esa fecha les sobraban casi diez mil pesetas al año y que, al contrario de lo que defendían los partidarios de la unidad, era falso que estos beneficios fueran tan inestables como también lo era el oficio de la pesca, del que provenían. “Nosotros tenemos concertado un canon anual”, aseguró un independentista anónimo a Gil Blas, “y con el importe del mismo nos sobra para atender a los gastos que se originen con la creación de este Ayuntamiento”. Al de Soto del Barco, por el contrario, contribuían los arenescos -o eso afirmaban- con más del 50% del presupuesto y, a pesar de todo, no llegaba. No había centros sanitarios -y los pocos eran obra del esfuerzo particular-; ni se habían canalizado los manantiales de agua potable por más que se hubieran enviado, años atrás, al Ayuntamiento sendos proyectos y presupuestos; ciento cincuenta críos no iban a la escuela porque no había aulas suficientes.

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Un sindiós. No conocemos, ya que no las recabó Gil Blas -quizás por ya conocidas para el lector de 1932- las razones contrarias que, desde el Ayuntamiento sotobarquense se daban para contrarrestar tales acusaciones, tampoco la más grave: que, de una partida de 4.500 pesetas destinadas a obras en La Arena frente a otro tanto para Soto del Barco en 1930, nada de eso se había gastado “por piquillas que no debieran existir” y que aún perduran ochenta años después, si bien ahora puramente sentimentales. Por aquel entonces, la cosa fue grave. No solo por el mero deseo político de independizarse de Soto, sino porque también hubo enfrentamientos particulares cuando, por ejemplo, se anunció a los sotobarquenses, cartelito mediante, que les quedaba prohibido sacar sacos de arena del pueblo, como hacía tiempo era costumbre.

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“Contra un pueblo que unánimemente solicita una cosa es difícil y peligroso ir”, asevera Gil Blas en el punto y final de su reportaje, publicado cuando ya las aguas habían vuelto a su cauce y, al menos sobre el papel, el Ayuntamiento se había comprometido a hacer frente a las reivindicaciones urbanísticas de L’Arena a cambio de no perder el territorio. “Con la disgregación de los pueblos”, había asegurado EL COMERCIO en el antedicho reportaje del año 26, “pretenden algunos demostrar que se pierden estimables virtudes raciales, aunque las étnicas subsistan porque no pueden borrarlas la franja imaginativa de la división, ni la instalación de fielatos en las demarcaciones de entrada al pueblo.” Al fin y al cabo, eso son las fronteras. Cualquiera de ellas: murallas inexistentes que separan un solo mundo. Comenzando por el de un arenesco frente al de un sotobarquense… y siguiendo por todo lo demás.