Este año se harán quinientos desde que Carlos de Habsburgo pisara por primera vez tierra castellana. Lo hizo en Asturias, en Tazones, concretamente, el 19 de septiembre de 1517. Una de las cosas que más sorprendió al séquito flamenco que le acompañaba fueron los imposibles tocados con que las mujeres asturianas recibieron al monarca.

 

Carlos I arrugó su regia nariz habsburga en un rictus de desagrado cuando el Engelen se aproximó a la costa de Asturias. Nunca antes, en sus diecisiete años de vida, había pisado su reino, y ahora que varaba en él, lo que veía no le gustaba. Un puerto de tercera, sobre el que ya comenzaba a anochecer y, para rizar el rizo, con una cohorte de lugareños vestidos pobremente… y armados hasta los dientes. Porque aquel sábado, 19 de septiembre de 1517, nadie esperaba en Tazones al nuevo rey de España, cuya legitimidad, además, no gozaba de la mejor de las saludes: Él, Carlos, que ni hablaba castellano ni se había preocupado jamás en estudiarlo -dos años había tenido un tutor al efecto para apenas si chapurrear un par de palabras-, ¿debía ser rey de unas tierras que desconocía y despreciaba? ¿Debía serlo su madre, que languidecía en un encierro forzoso en Tordesillas, etiquetada de pobre loca por sus contemporáneos? ¿Su hermano Fernando, quizás, criado en los usos españoles de los que Carlos, educado en Flandes, estaba muy alejado?

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No eran buenos momentos. Y por eso, cuando los de Tazones vieron allegarse a costa una flota inmensa, de cuatro decenas de barcos, la mayoría armados con magníficos cañones preparados para atacar, pensaron que los franceses estarían aprovechando la debilidad sucesoria de España para invadirles. Prepararon los palos, las piedras y la vida para luchar por su rey sin saber, hasta bastante tiempo más tarde, que era este quien estaba encontrándose con el panorama metros más allá adentro del mar, resguardado con su hermana Leonor en las relativas comodidades del Engelen. En Laredo, el puerto a donde estaba previsto llegar, les había pillado tormenta, meteorológicamente hablando, y en Asturias, parece ser, también.

No fue el mejor de los recibimientos y Carlos, espantado, puso pies en polvorosa en cuanto pudo. Mirándolo por el lado positivo, la cuestión fue que de la expedición por el norte que se vio obligado a hacer por tierra -andaba gafado el monarca, porque también se le chafaron los planes de, al menos, aprovechar la incidencia para ver las joyas de la Cámara Santa ovetense: la peste azotaba el centro de Asturias y el viaje hubo de hacerse por la costa- hasta llegar a su destino se escribió mucho y muy bien. Lo que más llamó la atención a Laurent Vital, uno de los cronistas que acompañaba al rey, no fueron los usos ni las costumbres, sino… el extraño aspecto de las asturianas. De aquel viaje, del que pronto se cumplirán quinientos años, y de aquellas muchachas de imposible indumentaria, escribió en las páginas de EL COMERCIO en 1985 quien fuera fundador del Museo del Pueblo de Asturias, Luis Argüelles.

Villaviciosa: Metros de tela sobre la cabeza

tocados-villaviciosaAnduvo poco, como decimos, Carlos por Tazones. Se negó a pasar la noche en lugar tan poco digno de un príncipe criado entre algodones y acabaron teniendo que llevarle a remo hasta Villaviciosa, donde, muy a su pesar, hubo de pasar cuatro días: hacían falta carros y mulas para transportar las pingües pertenencias del Habsburgo. Del desinterés del rey y su séquito -imagínese el lector la negativa actitud de los flamencos en su estancia en España que, meses más tarde, las Cortes de Castilla aceptaron como rey a Carlos solo bajo la condición de que dejase de nombrar a extranjeros… y de que, ¡por Dios!, aprendiera castellano- da cuenta que Pierre Boissot, el mayordomo regio, ni siquiera se esforzó mucho en averiguar la forma correcta de escribir el lugar a dónde habían llegado: según sus notas, fue al puerto de «Stasons», en «el país de Sture».

Así que, en fin, estuvieron hasta el miércoles en Villaviciosa y allí llamó la atención del cronista Vital la pobreza de las vestimentas de las villaviciosinas, a las que la expedición regia había pillado de improviso: «van vestidas sobriamente, con telas de poco precio», la mayoría de las veces apenas con una tela de lienzo y, si no era día de fiesta, sin calzar siquiera, «con los pies desnudos (…) y la mayor parte del tiempo sin calzas, y si las llevan, son anchas y rojas, y llenas de frunces, a causa de que no llevan ligas». Lo más sorprendente, sin embargo, eran sus tocados: llevaban más tela sobre la cabeza que sobre el cuerpo. «Se han cargado en la cabeza ocho o diez pisos de colmenas cubiertos con una tela». Debía ser visible que las pobres mujerinas no andaban muy cómodas con semejante adorno, porque así lo asegura el cronista, que también afirma que ya al segundo día, advertidas de la presencia real y vestidas de fiesta, el vestido no cambiaba mucho («con tela de lino, o con un pobre refajo sin mangas y tundido (…) no parecen tan bellas…»), pero sí aparecían, en profusión impresionante, los adornos: de las orejas agujereadas colgaban cruces de plata y pendientes; y del cuello rosarios de azabache o de ámbar y coral, y a veces, al más puro estilo actual de las pulseras «Pandora», cordones negros de nudos de los que colgaban alfileres, tuerquitas y cualquier cosa que mediara… y, sobre todo, que brillara.

Ribadesella: Sorprendentes sombreros con forma de…

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Comenzó la ruta. El 23 de septiembre la comitiva regia salió de Villaviciosa, hizo noche en Colunga y el 24, a la mañana, llegó a Ribadesella, donde les esperaba una sorpresa impresionante: las mujeres les recibieron con sombreros con forma, literalmente, de pene. Así lo afirma Laurent Vital y parece ser que también el mismísimo rey: «Parecía que llevasen en sus cabezas fárragos o canutos, o hablando más entendida y honestamente, como esas cosas con que los hombres hacen a los niños (…) Es el más loco adorno de mujeres que jamás he visto pues, como a las locas a quienes han plantado la caperuza hasta las orejas y por encima del cuerpo, cuello y cabeza de un gallo que les llega hasta encima de la frente (…) Hablando del asunto, el Rey y la nobleza se echaron a reír, diciendo que los adornos resultaban alegres y de gran novedad y que quien los viera en Brabante, Flandes o en sus alrededores tendría de que reír.»

El invento consistía en un canutillo de tela, estirado hacia el cielo, cual si fuera una antena espacial, si quien lo vestía era una moza soltera, y doblado hacia la frente – ¿recuerda el lector treintañero a «Los Snorkels»? –  si era casada. Y con la punta, a mayor abundamiento, amarilla si el canuto era blanco, o blanca si el canuto era amarillo. Lo nunca visto.

Llanes y Colombres: una poco edificante corrida de toros

La comitiva no lo pasó bien en el viaje de Ribadesella a Llanes, distanciadas entre sí por un viaje de más de cinco leguas en el que tuvieron que transitar por caminos peligrosos. De la previsible revoltura de los hermanos Habsburgo levantada entonces -a Carlos I le acompañaba una enfurruñadísima Leonor, su hermana mayor, recién separada, a la fuerza, del conde palatino del que se había enamorado en Flandes: habría de casarse en el futuro con Manuel de Portugal, un cincuentón que, además, había sido su tío político… dos veces- se añadiría la del domingo, día santo y, por tanto, de solaz. En Llanes les obsequiaron los lugareños – «hicieron lo mejor que pudieron», afirma, piadoso, Vital- con una corrida de toros un tanto peculiar, al uso de la época, y poco amable de ver, al menos para quien había sido criado allende los Pirineos: los toros eran asediados por el público hasta que empezaron a embestir a diestro y siniestro (hubo hasta un hombre en peligro de muerte); fueron lanceados y, ya débiles, les cortaron las patas con espadas hasta caer muertos.

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Visto el poco edificante espectáculo, los bailes y las danzas con los que obsequiaron al rey al día siguiente, en Colombres, fueron miel sobre hojuelas. Es el último lugar en Asturias donde Vital referencia la vestimenta de las mujeres, más refinada según se avanzaba hacia el oriente o cuanto más tiempo tuvieran ellas para prepararse para los fastos reales, según se mire. Lo más destacado del baile, para Vital, fue una oronda «solterona» de «dedos rudos y gordos», llenos de sortijas de plata engastada, rotunda mujerona cuyo tamaño no fue óbice para que bailase muy bien. «Daba grandes saltos, asentando su habilidad en chocar sus botazas, medio borceguíes, una contra otra…» Llevaba un collar hecho de cordón negro con nudos de los que colgaban «ramitas» de coral y un aspecto que ya poco tenía que ver con el que daban los imposibles tocados que, a la llegada del rey, tanto habían sorprendido a su corte. ¿O será, quizás, que ya comenzaba el Habsburgo, tan ‘repunantucu’ al principio, a adaptarse a su nuevo hogar? Más le valía: estaba por pasar más de cuarenta años en él.