1884-moda-banoLa evolución de la moda bañista en la playa de San Lorenzo se ha topado, a lo largo de la historia del siglo XX, con no pocas polémicas: tiempo atrás, se consideraba inmoral hasta pasearse con albornoz por el arenal… y ya no hablemos de las calles.

Xixón, verano del 32. En medio del escrupuloso silencio que precede a la misa, en una iglesia a la vera del mar, una joven entra azorada -llega tarde al culto- y se persigna. Es, a tenor de todos cuantos la contemplan en aquel mismo momento, los primeros cinco segundos, como una virgen: de figura estilosa y nívea, tapada de hombros a tobillos de blanco escrupuloso, rubor en las mejillas y halo de santidad. Todo un contraste con las viejas de mantilla negra que ese día de tanto calor se agolpan, sudorosas, en los bancos del templo. ¿Cómo es que la virgen va a misa? No, algo no encaja. Los parroquianos se fijan mejor. Auscultan con la mirada a la joven, que ha corrido ya a sentarse al lado de una de las estupefactas ancianas. ¿Es la virgen? ¡Ya! Pues, en todo caso, será una marinera, porque la gente tarda poco en descubrir que el rubor es más bien el que impregna la cara de quien acaba de salir de darse un buen chapuzón, que el halo es realmente un intenso olor a ocle y a sal y el virginal manto… un albornoz de playa. La polémica estaba servida.

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La anécdota la cuenta, muy sucintamente, el periódico «Acción: defensor de los intereses de la mujer». Moralista al extremo, esta publicación gijonesa denunciaba que ocurriera en Xixón lo que andaba pasando, desde hacía ya más de un lustro, en Francia: desde la depreciación del franco, París se había convertido en la alternativa de turismo low cost para los ingleses, que irrumpían en establecimientos y templos de forma muy poco acorde con las costumbres francesas: cubiertos por albornoz o, en el peor de los casos, por un minúsculo (tan minúsculo como pudiera serlo en aquellos años) bañador. El tinglado, en el que se vio obligado a meterse hasta el mismísimo gobierno británico, daría para mucho y ahora, entrados ya en los años 30, la polémica llegaba a Asturies. ¿Hasta dónde podía permitirse el uso del bañador, aun cuando se tapase con albornoz de toalla todo el cuerpo? Las opiniones, en aquella década que empezó y acabó de formas tan dispares, fueron para todos los gustos.

De casa al mar y del mar a la casa: el paseíllo de la vergüenza

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Aclaremos primero un concepto clave: el traje de baño, a principios de siglo, era para eso: para bañarse. Única y exclusivamente. No para pasear por la playa, no para jugar a las palas; solo para meterse en el mar. Y cuidado que no debía ser fácil cargar con toda aquella tela mojada, especialmente en el caso de la mujer. Arrancamos el siglo con un bañador -el más provocador de todos- que consistía en gorro para la cabeza, anudado al cuello; corsé y camisa de manga corta; falda y, si se terciaba, pantalones hasta los tobillos. Aunque no se viera ni un solo centímetro de piel, las multas por ponérselo fuera del perímetro de seguridad moral establecido por los ayuntamientos podían ser de órdago. En julio de 1903, en primera página de EL COMERCIO, se oferta para las clases más pudientes toda una perita en dulce: «SE ALQUILA en Jove una casita de campo, desde la cual se puede ir al mar en traje de baño».

Una solución, imaginamos que cara, para el problema que suponía una prohibición en bucle: la de pasearse por las calles que mediaban entre casa y playa incluso con el albornoz puesto y la de ponerse el traje de baño, yendo previamente con el de calle, a la orilla del mar. Eso o alquilar una caseta particular en las diferentes sociedades de bañistas que ocupaban la primera línea de playa o en los balnearios gijoneses convertían el baño en toda una aventura para aquel que no se pudiera permitir el coste económico que implicaba el poder cumplir la ley. Para muestra un botón: David García y José Ramos, en agosto de 1907, no tenían dinero ni para un traje como la ley mandaba, ni para casetas que valieran, y, como a todos los pobres, solo les quedaba el incumplimiento de la ley. Vamos: bañarse como Dios los trajo al mundo. «Previendo que los guardias no habían de permitir tal ligereza de indumentaria», leemos en las páginas de prensa de aquellos días, «eligieron como balneario tranquilo y libre de asechanzas municipales les peñes que hay detrás del castillo de Santa Catalina». Les cayó un duro, durante mucho tiempo la tarifa fija para aquellos bañistas que atentasen contra el pudor en las playas gijonesas, de multa.

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A más años, menos tela

Cuestión aparte era el mero traje de baño, cuyos metros de tela fueron reduciéndose progresivamente con el pasar del tiempo. No sin polémica, claro. Los felices años 20 trajeron consigo la muestra de cada vez más centímetros de piel, aunque solo fueran dentro del mar. En agosto de 1921, «El Noroeste», periódico gijonés que tendía en el sentido opuesto al de los más conservadores, criticaba la polémica que aquel año había surgido por la presencia en las playas de hombres que, por primera vez, mostraban el torso en el arenal de San Lorenzo. «Consideran [los padres de las jóvenes bañistas] que sus hijas, al contemplar los inocentes desnudos masculinos, sufren alguna tentación demoniaca (…) Las muchachas que languidecen en las sillas al lado de sus mamás escrutan a los nadadores con ojos enfebrecidos y hurtan la vigilancia de los señores graves del ceño adusto (..)»

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Muchos ayuntamientos -no sabemos si fue el caso también de Xixón- armaron a sus guardias con cintas métricas para prevenir que las falditas, ya minúsculas, de las damas, no dejasen ver más muslo de la cuenta. El antedicho periódico en 1929, dedica bromas en verso al escándalo ocurrido por aquel entonces en Donosti, donde la moralización intentó prohibir, en la playa de la Concha, la nueva moda. Así:

Las graves señoras
moralizadoras
de San Sebastián
piden este año
que el traje de baño
sea un manferlán
y que las bañistas,
aunque sean artistas,
muestren solo el pie,
que usen calzoncillos
hasta los tobillos
o hasta el peroné,
o una buena capa,
que todo lo tapa,
si quieren, también (…)

¡Y lo que les quedaba por ver!

Llega el maillot… y el desnudismo

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Así, de golpe, que, si no quieres taza, pues taza y media. El maillot (que viene a ser lo que hoy se conoce como bañador de cuerpo entro) llegó a España en los años 30 y lo hizo de forma imparable, para terror y horror de los moralistas y alegría de los bañistas masculinos. Eran de todos los colores, de todas las formas, con todos los estampados y, aunque las revistas gráficas nacionales les dedicaron 1933-jantzenreportajes enteros, curiosamente la polémica no fue demasiada aquí, en la villa de Jovellanos. Los vendieron las boutiques de la época (los Almacenes La Sirena o el San Luis se hicieron el agosto, literalmente) a precio de oro, como todo lo que impone la moda (en 1933 el maillot Jantzen, que cuando salió costaba noventa pesetas, se puso de oferta en el San Luis a treinta), y, mientras tanto, las discusiones iban por otros derroteros porque, a la vez que llegó el de cuerpo entero, lo hicieron también los desnudistas.

«¡Hay que abogar por la semidesnudez!», se afirmaba, pletóricamente, en 1930, y era cuestión de salud: los baños de sol, recomendados por los médicos desde hacía ya décadas, eran inútiles si no llegaban a cubrir toda la extensión del cuerpo. En aquella década proliferó el movimiento naturista hasta límites mucho más amplios de lo que hoy podemos imaginar, aunque, eso sí, jamás en la playa de San Lorenzo: los desnudistas preferían tener la fiesta en paz e irse con ella a otros arenales más recónditos, no fuera a ser. Porque de aquella -lo sabemos por las reglas impuestas por el Ayuntamiento de Xixón a finales de 1931, cuando se inauguró la temporada de baños- ni siquiera podía uno tomar el sol en toda la extensión de la playa: solo en la zona que iba del muro de las cruces a la rampa de Pescadería y en la que iba desde Premio Real al Piles era legal tomar el sol. Fuera de allí, era necesario el uso de traje de baño completo (o sea: con faldón y pantalones, nada de maillots) y albornoz. Claro que nunca fuera del arenal ni, ni muchísimo menos, como malentendió la religiosa joven con la que abrimos este artículo, dentro de las iglesias.

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Nuevo estado, nuevas normas: la vuelta al dos piezas tras 1937

Y cuando decimos «dos piezas» no nos referimos, ni por asomo, al archiconocido bikini que, además, no se había ni siquiera inventado por aquel entonces. Tras la caída del Frente Norte y la consiguiente llegada al poder del bando fascista llegaron nuevas normas en el verano de 1938, aunque bien podían ser antiguas: el bando publicado el 2 de julio de aquel año por el Ayuntamiento gijonés se retrotraía a trajes de baño tan antiguos que hubo que publicarlo bajo titulares enormes, llamativos y en las mejores páginas de los diarios para que la gente se diera por enterada. El razonamiento era claro: la concepción de todo había cambiado, y las nuevas normas en cuanto al disfrute de las playas gijonesas iban en contra de «ese sentido naturista que el marxismo corruptor y la ideologia masónica (sic) han venido defendiendo al amparo de supuestas convivencias higiénicas, pero con el evidente y avieso propósito de descristianizar y, por ende, desmoralizar el sentimiento de pureza de nuestra juventud».

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¡Casi nada! Durante casi veinte años la reglamentación fue clara: las señoras tenían que vestir un traje que cubriera «espalda, pecho y costado, con faldellín hasta el comienzo de la rodilla»; los hombres, uno que les tapase «espalda, pecho y costado, con faldellín o pantalón amplio de deportes», los niños de más de cinco años podían llevar un traje corriente de baño o pantalón y solo en los de menor edad se permitía la desnudez. Las zonas de baños de sol, prohibidas a partir de las 20 horas, se separaron por sexo y el albornoz se impuso, fuera de ellas, en cualquier punto del arenal, ya fuera del agua. Pero, obviamente, no todo el mundo lo acató, ya fuera por desconocimiento o rebeldía. Ni siquiera el escarnio público de que los nombres de los multados por incumplir los sucesivos bandos por la moral del Ayuntamiento se publicasen, con apellidos, en los periódicos, impidió el progreso que, en el caso que nos ocupa, más bien era el de regresión… de la mucha tela y las muchas normas.

Y, entonces, llegó el bikini

Bueno, más bien llegó en 1946, pero aquí no lo olimos hasta más de tres lustros después, claro. Bien conocida es la historia de la revolucionaria prenda de Louis Reard, el ingeniero que presentó en París, sobre la piel de la stripper Micheline Bernardini, el dos piezas que hoy es la norma en nuestras playas. Por aquel entonces, en Xixón ni nos enteramos, tan ocupados como estaban sus ciudadanos en tratar de entender los bandos del Ayuntamiento que, de tan enrevesados, intentando cubrir todos los vacíos legales de los que se aprovechaban los bañistas, marean. Por ejemplo: en 1950 se establece que la zona de juegos infantiles sea del Campo Valdés a la primera rampa; de ahí a Canga Argüelles, la de deportes; de ese punto al final de la playa, la de los baños de sol. Hasta ahí bien. El uso de albornoz es lo que levanta el dolor de cabeza: era obligatorio para circular por la playa; estaba prohibido su uso por las calles salvo por aquellas que conducían de la playa a casetas o vestuarios municipales o particulares; aunque en todos los lados los podían usar los niños de 10 a 14 años y no era necesario para los críos de menos de diez.

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¡En fin! Toda una lucha. En saco roto cayeron propuestas de salvaguardar la moral, pero adoptando todos los beneficios del sol, como un bañador de origen danés que supuestamente estaba hecho de un plástico que permitía el paso de los rayos ultravioleta, y de poco sirvieron medidas coercitivas (en 1951, una joven, Amanda Segura, pasó 15 días en un reformatorio por ponerse un bañador más corto de la cuenta) o anécdotas profusamente publicitadas, como que la joven María Betelli había llegado a rechazar presentarse a Miss Italia para no verse obligada a ponerse en bañador. Con los años 60 llegó el desarrollismo, descubrimos el turismo de sol y playa y, claro, si desde fuera nos venían las mujeres con modernísimos trajes dos piezas de lycra, aquí (aunque no hubiera mucho sol que se diga) no íbamos a ser menos.

Modulado por la imposibilidad de ponerle puertas al campo, el bando del Ayuntamiento de 1962 ya no impuso indicación alguna sobre cómo debía ser o no ser el traje de baño y simplemente (para la época) prohibía llevarlo por la calle, salvo en kioskos o merenderos; así como el pantalón corto, que solo se podía usar en clubs deportivos, bares o restaurantes playeros y de camino a la playa. Por aquella época llegaron también las fibras sintéticas y se desató la fiebre de los bañadores: San Lorenzo se llenó de dos piezas (ampliables a tres o cuatro, en función si se ponía pareo o chaqueta para poder ir al bar), de maillots ajustados, de impermeables de plástico transparente que acelerasen el proceso de bronceado y más. ¿Viviría para verlo la joven que, treinta años atrás, había sido expulsada a mano alzada de la iglesia por ofender a la moral con su larguísimo albornoz de toalla blanca? Si lo hizo, de seguro que se sonrió.

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