El primer supermercado de Asturias, que fue el tercero de España, abrió sus puertas, de la mano del Estado, en el Gijón de 1958. Todo era nuevo: las cajas, las cámaras frigoríficas… ¡y hasta las patatas en malla! Dos décadas -y muchos supermercados- más tarde, la fiebre por el consumo daría lugar, a su vez, a los ‘drugstores’ que hoy día, aunque muy frágilmente, se mantienen en pie.

Fue la sensación. Periodistas apostados en la plaza de San Agustín, cámara en mano, a la espera de cualquier movimiento que pudiera dar cuenta del evento del año en Gijón, lo que pondría a la ciudad en la picota de la modernidad del país y haría de la villa de Jovellanos una suerte de California: la construcción, en pleno verano del 58, del primer supermercado de Asturias. ¡Y el tercero de España, que no era moco de pavo!

La historia tiene su miga. Allá por el año 1957, Alberto Ullastres, a la sazón ministro de Comercio en una España que había comenzado ya tiempo atrás a guiñar el ojo a Míster Marshall, cruzó el charco para conocer las delicias del capitalismo yanqui y regresó entusiasmado con las grandes superficies comerciales por cuyos pasillos, abarrotados de productos, paseaban las housewives falda en ristre y bolsa en mano, agenciándose la compra semanal para toda la familia en cosa de media hora. Aquel fue el origen de la «Operación Supermercado» orquestada por un gobierno ansioso de salir de la miseria de la autarquía y bajo la atenta mirada de los emprendedores que vieron, con buen ojo, un negocio provechoso en el entusiasmo de los españoles ante el concepto.

1958-08-21-Autoservicio“Sírvase usted mismo”

«Un comerciante avilesino nos habla de su viaje a Norteamérica», tituló EL COMERCIO el seis de agosto, a seis días de que abriera sus puertas el primer supermercado de España, en Donosti. Alfredo González, vocal de la Cámara Oficial de Comercio, había viajado a Estados Unidos con la Comisión Nacional de Productividad Industrial y, aunque con enorme secretismo acerca de la implantación del invento en España, habló maravillas sobre los supermercados: «Su mayor impresión la recibió al ver la moderna maquinaria automática que tanto facilita el desarrollo de las actividades comerciales (…) Las tiendas de comestibles tienen establecido el sistema de Sírvase usted mismo, (…) abaratando la mercancía y sirviendo al público».

En los supermercados se podían comprar todo tipo de productos sin necesidad de ir de una tienda a otra (¡hasta tabaco!), se abarataban los costes y eran, en fin, la panacea. De ahí que el Día de Begoña del 58, cuando los supermercados de Donosti y Bilbao, los primeros en establecerse en España de la mano del Estado, ya llevaban una semana de andadura, los periodistas se topasen con dos enormes camiones que transportaban cajas infinitas (y bien selladas) al interior del local donde, se sospechaba, el Gobierno andaba montando el tercer supermercado del país: en el Mercado de San Agustín, el puritito centro de Gijón. ¿Iría dentro de aquellas cajas la piedra filosofal del supermercado, su mayor atractivo? Iba. Y menos mal que iba, porque la reacción de los gijoneses de haberse sentido engañados en cuanto a la construcción del supermercado, con sus cámaras de frío incluidas, hubiera podido a llegar a ser poco mansa, a tenor de la expectación levantada.

Superama1960El C.A.T., el negocio del año

El día D fue el 21 de agosto. A la inauguración del supermercado -llamado, con muy poca imaginación, «Autoservicio número 3»- asistieron Ramón Matarranz, el director general de Comercio Interior; Dorrego, el secretario general de la Comisaría Provincial de Abastecimientos y Transportes (el organismo encargado de aprobar los supermercados, concedidos por aquel entonces por licencia, como las farmacias: por eso, durante muchos años, el Autoservicio de San Agustín acabó por llamarse con las siglas de aquel tinglado, C.A.T.); el Gobernador Civil; el alcalde y hasta el Vicario General, Samuel Fernández Miranda, que bendijo el establecimiento. Una presencia eminentemente masculina en una iniciativa «para mujeres», como no se cansarían de recordar los popes presentes en el evento: era aquella una iniciativa llena de ventajas orientadas «de manera especial a las amas de casa, a quienes la vida moderna obliga a atender quehaceres que les resta tiempo incluso para el descanso, invirtiendo horas en recorrer puestos, sufrir esperas interminables, discutir precios y pesos y tener que regresar a sus hogares con la amargura que produce, la incomprensión y el egoísmo y aun la descortesía de quienes olvidaron las normas naturales del trato de gentes y se comportan desconsideradamente con el público, que los enriquece a costa de sus sacrificios».

Las palabras, no muy sensibles con el pequeño comercio, las pronunció el mismísimo alcalde, y el director general insistió en ello: porque los supermercados como el Autoservicio de San Agustín, aseguraba, eran los únicos que podían asegurar la conservación de los alimentos de forma apropiada. No era para menos: las neveras destinadas a salvaguardar los tocinos, la carne y los pollos congelaban hasta menos veinte grados y habían sido construidos ¡en una fábrica de armamento en Pinto! Arrebatadas por la fiebre del frío mecánico, la decena de muchachas que, vestidas de blanco de los pies a la cabeza (literalmente, porque hasta la diadema que llevaban era blanca) se dejaron fotografiar pasándole el primer ticket de toda la historia gijonesa de los supermercados a Matarranz. Las cajas, eso sí, no podían ser españolas, tan nuevo era el negocio en cuestión: las habían enviado los americanos y eso, según contaría la prensa en los años venideros, había generado no poca estupefacción entre las muchas personas que, tras depositar sus productos en la cinta del autoservicio, no acababan de fiarse del sistema yanqui a la hora de hacer las cuentas.

Así, con presencia en todos los medios, fue el primer día del primer supermercado asturiano. Bendecido, inaugurado y cortada la cinta (por cierto, por una mujer: la esposa de Peña Royo, el gobernador, fue la encargada de romper la banda inaugural, teñida de los colores de la bandera nacional), el Autoservicio número 3 -más adelante, por la razón ya comentada, C.A.T.- rompió moldes y fue codiciado por muchos empresarios que, revoloteando alrededor del Ayuntamiento, trataron de adquirirlo. No era moco de pavo: el C.A.T., en 1959, ya tenía una clientela media de mil quinientas personas diarias y ofertaba más de mil cuatrocientos productos. Aquel año se inició la apertura en horario de tarde y llegó el despacho de pan y otra novedad interesante: el pre-empaquetado de frutas y verduras. Sería también el primer establecimiento que, en enero de 1960, lanzó una campaña promocional (por aquel entonces, solo en los productos de primera necesidad) para hacer frente a la cuesta de enero.

1961-inauguracionLa Gloria: la guerra del frío

No tardó en surgir la iniciativa privada, superando incluso la traba de la Comisaría General que impedía, por ley, nombrar como «supermercado» o «autoservicio» a cualquier tienda que no estuviera autorizada o, al menos, adherida al organismo. «La Gloria», no mentada en los periódicos por el nombre, pero seguramente en la memoria de todos los gijoneses, abrió a finales de 1959 en los bajos que habían albergado, hasta meses atrás, la confitería «Santianes», y donde dos décadas y pico más tarde abriría «Novedades Eloína». Aquel primer supermercado privado fue dura competencia del C.A.T., dándole de lleno en su piedra filosofal, porque «La Gloria» vendía patatas en malla, una novedad absoluta… y tenía, a falta de dos, tres frigoríficos que, además, enfriaban a menos 22 grados: dos menos que los del Autoservicio.

Fueron los dos primeros, pero aquello iba para largo. El auge de una bajada de precios espectacular con respecto al pequeño comercio -en 1959, el C.A.T. ofrecía un quilo de pimientos a cuatro pesetas, tres de patatas a poco más de un duro, un cuarto de carne picada a diez pesetas y hasta platos preparados: los canalones al foie gras costaban apenas dos duros- y la oferta cada vez mayor de servicios de los supermercados («La Gloria» contaba hasta con bar) hizo que surgieran por toda la ciudad supermercados de todo tipo y color: el de las 1.500, que fue el segundo estatal de la ciudad; en 1960 el «Superama», que vendía desde congelados hasta ferretería menuda o el «ABC» (siglas, decían, de «Abundancia, baratura  y calidad») en el 48 de la calle 18 de julio, en 1961.

Los supermercados de la noche

1959-CAT-intervieneSímbolo de otros tiempos, los ‘drugstores’ llegaron en los años 70 a Gijón y, mal que bien, se han mantenido hasta la actualidad. Hace poco menos de un mes, los negocios que aun resisten en el que en el verano de 1974 abrió Severino Canteli dieron la voz de alarma: el ‘drugstore’ se muere y necesita, con urgencia, de una cura. Pasear por él -cuando se inauguró se construyeron tres entradas: en Donato Argüelles 12, en Asturias 9-11 y en Jerónimo González 4- es una vuelta al pasado que trae al caminante el recuerdo de casi medio siglo atrás. Fue, hace cuarenta y tres años, una vuelta de tuerca a los supermercados que habían revolucionado la ciudad tiempo antes, su alternativa tras la estricta hora de cierre de los comercios de día y, además, centros de ocio, un poco los precursores urbanos de los hipermercados (que no llegarían a Asturias hasta 1977, año en el que se inauguró el Azabache, en Siero).

No fue el primero. Esta vez le tocó a Oviedo llevar la batuta cuando, en 1971, se abrió en el 9 de Marqués de Santa Cruz el ‘drugstore’ «Giovi», que abría de ocho de la mañana a doce de la noche. Un par de años más tarde, en octubre del 73, vio la luz el «Playa», en pleno Muro de San Lorenzo, que abría hasta las tres de la mañana en el caso de la cafetería y hasta las dos en el de la tienda de regalos: la veintena de churros estaba a diez duros, un precio respetuoso si se comparaba con el de los supermercados, pero el ‘drug store’, menos es nada, daba la posibilidad de poder comprar comida, libros y hasta platos combinados hasta bien entrada la madrugada.

El «ParkGijón» fue el rizo que rizaba el ídem. Lo inauguró Canteli, por aquel entonces vicepresidente del Sporting, y llegó a contar con una discoteca polinesia en recuerdo del desaparecido Parque Japonés, sobre cuyos terrenos se asentaba, y hasta con unas piscinas interiores, las de Panchano, que echaron el cierre hace ya casi una década. Olvidados por el pueblo gijonés que un día asistiera entusiasmado al arranque de un nuevo modelo de negocio, los comercios del ‘drugstore’ siguen manteniendo intacta la esencia de unos años que, aunque hoy pasado reciente, pronto serán historia a conservar… ojalá no solo en las borrosas fotos sepia de los periódicos de papel que un día glosaron su esplendor.