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Antonio Menéndez

A la enésima vez que el guaje le llegó a casa perdido de agua de los pies a la cabeza, Faela decidió que sería ya hora de mandarlo a Cuba. Con su padre, para madurar allende los mares y, de paso, aliviar un poco la constreñida economía familiar. Rondaba el año 1914 y Antonio, con casi quince años, seguía tirándose al Nalón siempre tras cada clase en la escuela de Peñaullán. Se desesperaba el maestro; se desesperaba la madre; se desesperaba Urbano, el hermano mayor, que hacía las veces de padre en ausencia de este y, ante tanta desesperanza, Antonio seguía tirándose al río como los patos cuando empiezan a aprender a nadar. Así que Faela escribió al marido, le informó de sus intenciones, le dio una maleta al crío y le subió a un barco en El Musel, rumbo Cienfuegos. Faela enviaba a Cuba un asturiano, pero, más de veinte años más tarde, el aire le devolvería a todo un cubano. El aire, sí. Y los honores propios de un héroe.

 

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Casa natal de Antonio Menéndez en Riberas

Se llamaba, el guaje que saltaba al río, Antonio Menéndez, y estaba llamado a ser uno de los asturianos más ilustres que haya parido nuestra tierra, pero también uno de los más injustamente olvidados. Sotobarquino de Santolaya de Los Veneros (Riberas), a su llegada a Cuba se dedicó al comercio, como todos los que recababan por primera vez en la isla, pero pronto descubrió que lo suyo eran los aparatos. Grandes, pequeños, con tornillos de estrella o planos; la mecánica, las tuercas y los garajes, los talleres y volar. Aunque lo último llegaría más tarde. Primero, después de ganar lo suficiente, se compró una lancha y se echó a las aguas del río Damují para repartir leche. Y, como si del cuento de la lechera se tratase -pero de uno que acaba bien-, con el reparto ganó el dinero con el que se pagó los estudios en mecánica, una gasolinera, más lanchas. Todo un emprendedor, y con un único objetivo que Menéndez descubriría en 1929: ese año, un aviador norteamericano de visita en la isla le obsequió con un vuelo sobre Cuba y Antonio decidió que haría todo lo posible en la vida para poder llegar a surcar los vientos.

Menendez (3)Lo hizo, claro, con la misma insistencia con la que tiempo atrás desobedecía a Faela y al maestro de Peñaullán para tirarse, día sí y día también, al Nalón. En 1932, Antonio Menéndez consiguió, tras más de una década de esfuerzo, ingresar en la Escuela de Aviación de Chicago y sacarse el título de piloto comercial. Dice la leyenda que a su vuelta a Cuba voló, sin autorización, en su primer avión, pero que acabó aterrizando en Colombia. Todo un carácter que, en 1933, ingresaría por evidentes méritos en el Ejército cubano sin ser militar. Llegaría a teniente y, en junio de 1933, contempló con entusiasmo el aterrizaje del Cuatro Vientos en Camagüey. Una hazaña sin parangón: Mariano Barberán y Joaquín Collar, a bordo de un flamante Breguet XIX GR fabricado para la ocasión, consiguieron cruzar a vuelo por primera vez el océano Atlántico en 39 horas, de Sevilla a Cuba. «Yo haré lo mismo, pero al revés», escribió Antonio a su hermano mayor, Cándido, residente en Buenos Aires y frecuente intermediario entre madre e hijo de las noticias que a Faela no le hacía gracia oír. Sobremanera después de que Barberán y Collar se matasen a los pocos días en algún punto indeterminado de México.

«Voy date una sorpresa, mamá». Cuando la carta llegó a Riberas, Menéndez ya se había hecho con un avión de madera, forrado en tela y sin equipo de radio comunicación, un modesto Lockheed Sirius 8 A al que, para ahorrar en combustible, convirtió en avioncito monoplaza. Porque sí: pensaba cruzar el océano solo, que en algo tenía que superar a los infortunados Barberán y Collar. «La sorpresa», le diría tiempo después Faela a Miguel de Lillo, reportero del «Estampa», «supímosla por la radio, cuando se tiró al mar con el aparatu». Y suspiraba. «Yo, como tanto afán tenía siempre a tirase al ríu, pesé que-y paecía poco y quería, ahora, tirase al mar. Mermamos todos unes cuantes libres de pesu desde que comenzó el vuelu»… y el vuelo, además, duraría más de un mes.

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Salida de Camagüey.

El 12 de enero de 1936, el aviador salió de Camagüey y viajó hasta su primera escala, en Venezuela. No fue un viaje fácil. Si Barberán y Collar, alternándose, habían hecho su vuelo transoceánico en 39 horas, Menéndez tardaría treinta y tres días, de los que fueron de vuelo tal cual 77 horas y 40 minutos. A la altura de Guyana uno de los tanques comenzó a perder combustible; tuvo que arreglar el salidero y añadir dos tanques más en Trinidad y Tobago -casi dos semanas echó allí, esperando a que llegasen los técnicos cubanos- y, ya finalmente, llegó a Brasil y desde allí sobrevoló todo el océano hasta llegar a Gambia; de ahí al Sáhara Español para aterrizar, el catorce de febrero, en Sevilla.

Llegada del avión a España.

Llegada del avión a España.

Menéndez atravesó tormentas, problemas burocráticos, marejadas y averías mientras los periódicos de medio mundo hablaban, con entusiasmo, de la odisea de aquel guaje de Riberas. A su llegada a España, le recibió el mismísimo Niceto Alcalá Zamora y él, sin dar abasto de tanto ramo de flores, de tanto agasajo, de tanta muchacha prendadísima de sus huesos, de tanta fiesta y tanto homenaje, fue haciendo todo lo posible para acercarse a Riberas. No le dejaron hacerlo hasta bien entrado ya abril. «Como no venga», había amenazado ya su madre Faela en la prensa, convertida ahora en madre de la estrella, «¡voy yo a buscalu a Madrid!» Fue la última vez que pudo tirarse al Nalón en plancha, como cuando guaje. El 29 de diciembre de 1937, apenas año y medio más tarde, se estrelló a bordo del avión «Santa María» en el aeropuerto de Cali, en Colombia. Tenía 39 años y España ya no era tierra de héroes buenos. «Los aviadores no mueren en la cama», dijo el «Mundo Gráfico» en su obituario. «Sus miradas últimas son para el ancho cielo infinito». Y sus pensamientos, para las aguas del Nalón.

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