La actriz del teatro costumbrista más conocida por los asturianos fue, también, la primera en cruzar el charco con sus obras. Cuando murió, en 1985, se auguraba un corto futuro para el tipo de obras que ella protagonizaba pero, treinta años más tarde, este sigue vivo y coleando

Cuando a Rosario Trabanco le hicieron el funeral, ya solo quedaban vivos tres de los actores que habían dado color a una Asturias de tonos grises. Balbina, Nieves, Joaquín. Él, acurrucado entre el bullicio de la iglesia de los capuchinos, recordaba ahora con nostalgia los primeros tiempos de la Compañía Asturiana. “Ya pocos quedamos”, le dijo al reportero de EL COMERCIO que cubrió el triste evento, el diez de enero de 1985. “Ya ves, solo tres”.

Rosario, Charo para quienes la bien querían, había muerto el día ocho, en el hospital de Cabueñes, a los ochenta y un años. Gijonesa de la calle Eladio Carreño, comenzó dedicando la vida a planchar por dinero y acabó siendo, por esfuerzo propio y vocación, quizás la primera actriz playa en pisar los escenarios de ultramar. Nacida con el siglo, el cuadro artístico de la Peña Galaico Astur la formó como intérprete junto a José Manuel Rodríguez, enormes los dos, él, el principal impulsor de la Compañía Asturiana de Comedias que unificaría a un gran número de compañías teatrales dedicadas al costumbrismo. En ello habían destacado Rosario, y Rodríguez, y Joaquin, y Balbina y todos los demás. Imposible que fuera de otra manera después de la guerra, en una nueva España que se conformaba con el apoliticismo de aquellas obras reconfortantes; pero tampoco antes, cuando Rosario comenzó y la inmensa mayoría del público las prefería para distraerse de una dura jornada laboral.

En eso, en animar a las masas, Rosario fue artista. Su primera aparición en los medios como actriz, salvo hallazgos postreros, fue también en enero, como en enero llegó la noticia de su deceso, pero de 1930. Estrenaba en el Dindurra “Miguelito Tarambanas”, protagonizada por José Suárez, “Pinón”; Rosario, pequeña y regordeta, morena y naricilla al viento, hacía de aldeana y despertó extremas simpatías en un público que ya comenzaba a hacerse con su cara, gesticulante sobre los escenarios desde hacía casi una década, cuando era apenas una cría. Cuando pasó el tiempo y llegó la guerra, Rosario la sobrevivió, y José Manuel. En todo, también en la comedia. Fue al acabar la contienda cuando la Compañía se constituyó formalmente y se profesionalizó. Comenzaron las ‘tournées’, las giras. Eladio Verde, autor madrileño pero gijonés de adopción que ya se había estrenado, en su día, con la Compañía y su “Sindo el Curru”, escribía para la Compañía y la Compañía lo interpretaba y, cuando todo iba viento en popa, José Manuel murió.

A él también se le recordó en el funeral de Rosario Trabanco, tanto como no se entendían la una sin el otro, el otro sin la una y los dos sin la comedia. Rodríguez había muerto en 1946, joven pero enfermo, sumiendo a la Compañía en una crisis de la que solo saldría de la mano de Eladio Verde y de Donorino García, dueto artístico con Rosario durante tantos años que, incluso a la muerte, casi lo hicieron juntos; Donorino un poco antes. Monólogos, intervenciones radiofónicas, hasta discos sacaron, más allá de los escenarios. Donorino y Rosario fueron la comedia personificada. Al menos durante dos décadas. A mediados de los sesenta, principios de los setenta, el teatro costumbrista -por aquel entonces asociado siempre a lo asturiano y viceversa- comenzó a descalabrarse en la crítica; comenzó a verse mal. “Nadie nos deja sitiu”, reprochaba Trabanco, ya frisando los sesenta, en una entrevista en EL COMERCIO, publicada el quince de agosto del 63, página 21. “Vamos a tener que ser de nevera (…), teatro del Ayuntamiento o de la Diputación, porque si no…”

Pero algo quedaba. Cuando murió Trabanco, a su funeral no solo asistieron sus amigos, que eran muchos y buenos; sino también lo más granado de las autoridades gijonesas, y la Asamblea del Teatru d’Asturies comunicó, en nota de prensa, su deseo de que se publicase una antología de las obras de teatro representadas alguna vez por la Compañía Asturiana, “hoy en peligro de desaparición”. Más de treinta años después, el teatro costumbrista -sencillote, diglósico, coñón y fácil, quizás; pero que hace reír, al menos- aun no ha muerto, aunque ninguna figura ha conseguido hacer sombra a la de la llegó a ser Rosario Trabanco, cómica en tiempos de duelo, regalona de risas, nuestra monologuista primera. Rosario. Así. Simplemente.