Asturias está en la lista negra de las asociaciones animalistas por la Fiesta Taurina de Begoña y la Suelta del Pato de Cueva, que este año fue prohibida por el Principado

La tradición y la superstición se han aliado a lo largo de la historia para conformar un calendario festivo cargado de citas en las que los animales son los protagonistas absolutos. Desde hace varios años, estos festejos populares, que tienen un fuerte arraigo en sus poblaciones, son combatidos por los defensores de los derechos de los animales, que han denunciado cientos de casos de tortura, maltrato y agresión en una España en la que, según la estimación más extendida entre estas organizaciones, cada año se utilizan 60.000 animales como reclamo de las fiestas de pueblos y ciudades. La mayoría son toros, pero también hay caballos y burros, cabras y cerdos, aves, gatos e incluso ratas. Asturias no está al margen de esta polémica. De hecho, está en la lista negra de los colectivos animalistas no por una, sino por dos celebraciones: la Feria Taurina de Begoña y la Suelta del Pato en la playa valdesana de Cueva.

Los festejos taurinos de Gijón, que se desarrollan durante la Semana Grande de agosto, son los únicos que se organizan en Asturias, la tercera comunidad con menor número de corridas de toros. La plaza de toros de El Bibio acogió este año seis festejos taurinos (expresión que agrupa corridas de toros, rejoneo, novilladas con picadores y festivales). De acuerdo con la última Estadística de Asuntos Taurinos del Ministerio de Cultura, correspondiente a 2016, la cifra de Gijón solo supera a las de Galicia (tres) y Melilla (uno) y queda muy lejos de las de Castilla-La Mancha (363), Castilla y León (359) y Andalucía (260).

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La feria, que cada año llena el coso gijonés, es contestada desde hace más de una década por una multitudinaria protesta a la que este año han asistido unas 2.000 personas que, al grito de «menos tortura y más cultura» o «esta es la vergüenza nacional», dejaron clara su oposición a una práctica que cada vez suma más detractores dentro y fuera de Gijón.

De hecho, ya son muchas las voces que reclaman posicionamientos institucionales que sigan el ejemplo del Ayuntamiento de Castrillón, que en junio de 2008 se convirtió en el primer concejo antitaurino de Asturias. La demanda llegará en unas semanas a la Junta General, ya que Izquierda Unida presentará una petición para modificar la Ley de Tenencia, Protección y Derechos de los Animales y prohibir el maltrato y la tortura animal en todos los espectáculos de la región. De aprobarse, no solo las corridas de toros se pondrían en el punto de mira; la prohibición de circos con animales que ya está en vigor en algunos ayuntamientos podría extenderse a todo el Principado.

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«Homenaje al pato»
Si bien Asturias está en las estadísticas de festejos taurinos, no está en la lista de territorios que utilizan toros o novillas en encierros y celebraciones fuera de los cosos, una práctica que, a diferencia de las corridas, está aumentando de forma notable. Mientras que en 2016 se organizaron en España un total de 1.598 «festejos taurinos» (138 menos que el año anterior), las estadísticas del Ministerio de Cultura reflejan que se celebraron 17.073 «festejos populares» en los que se utilizaron estos animales, 690 más que en 2015.

Pero hay más. La Fundación para la Adopción, Apadrinamiento y Defensa de los Animales (Faada) estima que hay «unos 3.000 festejos populares» en los que se utilizan otro tipo de animales, como caballos, gansos, patos o cerdos (la ‘suelta’l gochu’ era una práctica extendida en el Principado que ha desaparecido en los últimos años). En muchos de estos casos, el destino de los animales no es la muerte, pero «el trato hacia ellos es brusco y les ocasiona, no solo estrés, sino también daños físicos».

Ese es uno de los argumentos que esgrimió el Observatorio de Justicia y Defensa Animal en 2013, cuando presentó la primera denuncia contra la Suelta del Pato en la playa de Cueva, una cita que cada primer domingo de septiembre congrega a cientos de personas en el arenal valdesano para ver cómo un grupo de nadadores persigue y captura a tres patos.

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Recalcaba, además, que la fiesta violaba la Ley de Espectáculos Públicos y Activiades Recreativas, que prohíbe toda actividad que «implique crueldad o maltrato para los animales». Estos postulados se han reiterado hasta este año, en el que la Consejería de Desarrollo Rural, a través de la Dirección General de Ganadería, denegó el permiso para la celebración de la fiesta.

A pesar de todo, la organización trató de conseguir la autorización hasta el último momento y llevó a cabo los preparativos de la fiesta con la Suelta del Pato incluida en el programa. Apenas cuatro días antes de la cita, José Manuel Peláez, portavoz de la comisión de festejos, insistía en que no había razones para la negativa del Principado: «Durante todos estos años hemos cumplido escrupulosamente los condicionamientos de la consejería y si la ley no ha cambiado, ¿en qué se basa para no autorizar la fiesta?», se preguntaba, al tiempo que defendía la fiesta como «un homenaje al pato» y criticaba que «la consejería se está posicionando en contra de las tradiciones asturianas».
Llegados el día y la hora, el permiso para la suelta, persecución y captura de los patos no había llegado y nadie saltó al agua para ‘cazar’ patos. Pero sí hubo suelta. Con la colaboración de la Consejería de Medio Ambiente, se liberaron cuatro ánades reales que se recuperaban en el centro zoológico El Bosque, de Oviedo. Se apostaba así por la repoblación de la desembocadura del Esva y quién sabe si por una nueva tradición.

Lo que hoy sí se sospecha es que la suelta del pato de Cueva, tal y como se ha celebrado en los últimos setenta años, puede seguir los pasos de la de Sagunto, a la que el Principado se refirió en su negativa a autorizar la costumbre valdesana. La consejería argumentó que la celebración podría suponer una sanción de hasta 30.000 euros de acuerdo a una recomendación del Consejo de Europa de 1999 que establece que los patos no deben ser utilizados en espectáculos públicos. Es el principal fundamento jurídico de una sentencia dictada contra el ayuntamiento valenciano tras una denuncia de la Asociación Nacional para la Protección y el Bienestar de los Animales por la celebración de una fiesta similar en la que liberaban unos 120 patos. El fallo se conoció el pasado julio, pero se refiere a los festejos de 2012. Dos años después, la fiesta de la suelta de patos de Sagunto dejó de celebrarse.

Nuevas costumbres
No es la única. La presión de una sociedad mucho más sensible al bienestar animal y la acumulación de pleitos judiciales ha transformado muchas fiestas a lo largo de la geografía española, aunque no en todos los casos se ha puesto fin a la crueldad con los animales.

Uno de los cambios más aplaudidos por los colectivos animalistas es el de Mataelpino, en Madrid, que sustituyó el toro de su encierro por una bola de resina de 300 kilos y tres metros de diámetro que lleva impreso el dibujo de un toro. Lo que no han disminuido son los riesgos para los participantes. En el último ‘boloencierro’, celebrado el último fin de semana de agosto, se ha saldado con dos heridos graves.
También ha cambiado la fiesta de la pava de Cazalilla, en Jaén. El año pasado, el Obispado cerró las puertas del campanario desde el que hace más de un siglo se lanzaba el animal con motivo de la fiesta de San Blas, lo que obligó a los defensores de la cita a buscar alternativas. En 2016, optaron por pasear un ejemplar por la plaza del pueblo; este año, lo lanzaron desde la terraza de una casa, pero, en vez de sobrevolar la plaza, la pava se quedó por los tejados, por lo que se sacó ‘un reserva’ directamente al lugar en el que se concentraba el público.

Una historia similar tuvo el salto de la cabra de Manganeses de la Polvorosa, en Zamora. Fue tal la contestación social contra la costumbre de tirar una cabra viva desde el campanario que fue prohibida en 2002. Desde entonces, se lanza una réplica de cartón-piedra o de peluche.

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Pero si hay un emblema de los triunfos animalistas en España es el Toro de la Vega. La controvertida cita de Tordesillas (Valladolid) ha sido en los últimos años un literal campo de batalla para defensores y detractores del alanceamiento y muerte del animal. Este torneo medieval se prohibió en 2016 y ha sido reemplazado por un encierro de carácter más convencional que tiene lugar cada segundo martes de septiembre y que no está exento de polémica.

No obstante, hay celebraciones que se resisten a los cambios a pesar de la contestación social. Una de ellas se celebró en la localidad cántabra de Carasa el pasado 16 de agosto. Más de 145.000 personas firmaron contra la fiesta de la ‘Gata Negra’ , un ritual que hunde sus raíces en el año 1477. Cuentan que el sacerdote del lugar liberó una gata que corrió hacia una mies devastada por la sequía y que la siguiente fue una cosecha abundante. Desde entonces, se confía en el presagio del felino y lo único que ha cambiado en los últimos tiempos es que la gata es llevada al punto de su liberación en un transportín (antes iba dentro de un saco) y que el carro engalanado en el que viaja va tirado por un poni y no por burro.

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Pero hay otras citas mucho más controvertidas que eluden los cambios. Un claro ejemplo son las carreras de gansos con las que El Carpio de Tajo, en Toledo, celebra la festividad Santiago. El objetivo de los jinetes participantes es arrancar la cabeza a la veintena de animales que cuelgan por las patas de una cuerda tendida en la plaza del pueblo. Hoy están muertos, pero hasta hace unos años se colgaban vivos. Unos hablan de tradición, otros de tortura.