Fue la sensación. Desmayos, mareos, abandonos en plena proyección por la impresión que producían las fotografías en movimiento que llegaron a Gijón para las fiestas de Begoña del 1896 (¡cuánto ha llovido desde entonces!). El 13 de agosto de aquel año, el primer cinematógrafo –se había inventado en Francia, tan solo un año atrás- llegó a la ciudad y, aunque no era su intención primera, lo haría para quedarse. cine-cinematografo2Por aquel entonces, el cine era un espectáculo ambulante que se desplazaba de feria en feria y que, en el caso de Gijón, solía instalarse en el paseo de Begoña, cuando no dentro del propio Jovellanos, asociado, a veces, a otras exhibiciones que, miradas con nuestros ojos de hoy, pecaban de escasa corrección política: allá por 1903, la barraca del «Salón Royal Cosmograph», instalada en Begoña, compartía toldo con la del señor Vracoman, un austriaco que presumía de ser el más gordo del mundo. Para que así, matando dos pájaros de un tiro, quienes se acercasen a ver las imágenes en movimiento del duelo por el papa León XIII, pudieran luego admirar los 230 kilos y los dos metros de perímetro de la cintura del obeso.

Las primeras salas

El éxito del cine fue de tal calibre en la villa de Jovellanos que los empresarios pronto vieron el negocio: en 1897, rematada la temporada en las fiestas de Begoña, Antonio Sanchís, pionero de las proyecciones por estos lares, decidió obsequiar la fidelidad del público con unas tomas en movimiento de Gijón; tres años más tarde, las sesiones ya cubrían tres piezas (dos bélicas, respectivamente de las guerras de Cuba y Filipinas, y una picante, de la ecuyere la Bella Chiquita). Era cuestión de tiempo que alguien quisiera elevar el suculento negocio del cine a un espectáculo fijo, que pudiera disfrutarse todos y cada uno de los días del año.

Así nació el Salón Luminoso. En 1903, después de una triunfante estancia estival, en un barracón instalado en el paseo de Begoña –no era para menos: se proyectaba la recreación del muy reciente asesinato de Alejandro y Draga, los reyes serbios-, el director teatral Antonio Nicuesa abrió la primera sala de cine al efecto en nuestra ciudad. El Luminoso alternaba las proyecciones de cine con las representaciones teatrales y allí, en el año cinco, se estrenaría la primera película de ficción rodada en Asturias, «El robo de fruta», de Javier Sánchez Manteola (nacido en Borines), tristemente hoy perdida.

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Compitió, en aquellos primeros años, el Luminoso con el cine de los Campos Elíseos, a la sazón Teatro Cine Obdulia, que, sito en la avenida de la Costa, acabaría por transformarse bajo la batuta de Isaac Fraga en el cine Los Campos: un coloso extraordinario con 680 butacas, 45 palcos y 1200 asientos de gallinero que, en sus últimos años (cerró en el 63), cobraba a peseta la entrada en general y a duro la butaca. Aunque acabaría por superar en fama a su competidor, ciertamente aquellos primeros años del siglo XX recibió mayor atención mediática el Luminoso, transformado en 1908 en el espectacular Pabellón Modernista, decorado en su fachada con decenas de bombillas eléctricas –todo un espectáculo en la época- y, para abundar en la seguridad del público, contaba con doce puertas de salida. Toda precaución parecía poca en tiempos en los que no era raro que el aparato proyector se pusiera a arder en medio de la sesión: en 1912, en el Teatro Circo del Ensanche, en Bilbao, 46 personas (44 de ellas niños) habían muerto en el incendio que se desató en plena proyección.

La época dorada

A pesar de ello, los gijoneses siguieron asistiendo en masa a un espectáculo que ya en los años diez estaba plenamente popularizado. Cuando cerró el Modernista, en 1914, en el solar que dejó se levantaría el Salón Doré, diseñado por Miguel García de la Cruz y que muchos de los lectores podrán recordar aun hoy: reconvertido, por razones obvias, en Cine Imperio tras la guerra, cayó bajo la piqueta municipal en 1964, sumiendo en la nostalgia a un Gijón que veía desaparecer al que había sido, en el fondo, el primer cine de toda su historia. ¡Si nos hubiesen dicho, por aquel entonces, todo lo que nos quedaba por ver!

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Pero aún estamos arrancando el siglo. Y en esa época, concretamente en 1910, nació, allá donde hoy se levanta el Hotel Begoña, el cine Versalles, posteriormente denominado Goya y cuyo edificio –no el de los años diez, sino uno posterior- fue el primero creado ex profeso en la ciudad para albergar un cine y tan solo un cine, sin alternar cintas con varietés (aunque al final acabó habiéndolas). El Goya nació y murió con polémica: inicialmente destinado a la proyección de películas mudas en una época en la que ya había llegado el sonoro, cuando finalmente sucumbió a las leyes del mercado se lio no poco escándalo ante la tentativa, en 1934, de representar una obrita llamada «La esclavitud del placer» que, en opinión de los próceres gijoneses, estaba plagada de «números prostibularios». Irónicamente, el fin del cine Goya fue un poco por esos mismos derroteros. En los años 70, la década en la que el cine comenzó a decaer, quiso reinventarse el Goya transformándose en una sala de «cine S», que ni siquiera «X», proyectando imposibles cintas, afortunadamente hoy olvidadas, que acabarían por transformar el histórico cine Goya en un sórdido lugar de encuentros clandestinos y de venta de placer al por mayor. Cerró en 1981 y, en 1987, se tiró abajo el edificio.

Cines de barrio, familiares y de arte y ensayo

Se merecen un artículo propio, de modo que no nos extenderemos en ellos ahora. Pero mencionémosles, al menos: el FAC en Pedro Duro, en lo que luego sería la Sala Quiquilimón; el Brisamar de Cimavilla, donde con no poca polémica se proyectó, en 1976, «La naranja mecánica», el Rivero en La Calzada, con capacidad para unas setecientas personas y que estuvo abierto 48 años; el del Natahoyo, el María Consuelo, en La Camocha, el cine Astur en Vega…

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Los cines de Corrida

«Voy cruzando por la vida, deslumbrada, bajo el fuego abrasador de tu mirada…» Los melódicos giros vocales de Imperio Argentina versionando la popular canción rusa «Очи чёрные», «Ojos negros», resonaron como nunca en la renovación del Robledo, el primero de los grandes cines gijoneses que, en 1933, se remozó totalmente –llevaba abierto desde 1917-. En el edificio diseñado por Manuel del Busto (también proyector del Avenida, el Roma o el Arango), las más potentes técnicas de sonido se emplearon para proyectar, en su primera sesión del 22 de marzo, la «Romanza rusa» protagonizada por la actriz. Una cinta, la primera, absolutamente distinta a la que sería la última, porque el Robledo echó el cierre en el verano de 1991 con «Delta Force 2», de Chuck Norris.

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Si el Robledo acabó sus días para que sus bajos, allá donde el ambigú servía pipas saladas (al precio de lo que eran, pipas, y no oro en polvo como hoy en día se estila en las más modernas multisalas), acabasen transformándose en un restaurante de comida rápida que hace poco fue sustituido por una tienda de ropa, el Roma, antes de la guerra Roxy –nombre prohibido por el nuevo estado franquista, como lo sería incluso el del Sporting, por ser extranjerismo-, se levantaba también donde hoy reina otra boutique del imperio Inditex. Más pequeño, con apenas doscientas localidades y sito en la calle Los Moros, bajó el telón el último día de agosto de 1970 con la proyección de una película del Gordo y el Flaco y «20.000 leguas de viaje submarino».

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El Avenida, su hermano menor, tuvo una vida más desafortunada. Inaugurado en 1935 con «un aparato sonoro que es toda una maravilla por la claridad con que emite las voces y todo género de sonidos» -el mismo que el que tenía, por aquel entonces, el mismísimo cine Capitol de Madrid-, apenas si vivió treinta y cinco años. Se clausuró, incapaz de renovarse ante la vorágine de nuevos cines más modernos, en 1970, y durante cinco años vivió la decadencia de convertirse -¡con lo que él había sido!- en un triste edificio abandonado, foco de insalubridades y nido de ratas y ratones. Un fin muy alejado del glamour con el que, tan solo cuatro décadas atrás, se había vivido su primera proyección, una de las primeras que los gijoneses pudieron disfrutar en versión original: «El burlador de Florencia».

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Más larga vida tuvo el María Cristina, el último de los cines en torno a Corrida –estaba en el número 54-, que, con 646 localidades, no cerró hasta 1983. Nombrado, según dicen, no tanto por la reina en cuestión sino por la nieta de Consuelo Laca, la propietaria, la definitiva demolición de su interior, después de haber sido utilizado durante algunos años para usos muy concretos (por ejemplo, en 1991, un mitin de la UCD con la presencia de Adolfo Suárez), fue la última gota que cupo en el vaso de los cines clásicos en Gijón. A partir de entonces, todo iba a cambiar.

Lucha contra los elementos: la triste muerte del Arango

Si hubiera que elegir un ejemplo claro de lo triste del devenir de los cines de toda la vida de nuestro Gijón, el mejor sería, sin duda, el del Teatro Arango. En la calle de la Merced, el precioso edificio proyectado por Manuel del Busto junto a su hijo Juan Manuel desde 1946 se inauguró en el 51.

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Con contrato de exclusividad con la MGM que le “birló” a los Campos Elíseos, el Arango estaba insonorizado con corcho y por su sala, estrenada a lo grande con la proyección de una película en technicolor -¡en 1951!-, «Las zapatillas rojas», pasaron durante más de cuarenta años todos los grandes estrenos de Hollywood. Cerró sus puertas en 1999, con «Astérix y Obélix contra César», y su interior se demolió en 2005 para escándalo de los amantes de la cultura. El uso del edificio fue cedido a Corporación Dermoestética, desatándose una polémica sin parangón en la ciudad que enfrentó a los románticos que defendían la continuidad de su uso cultural y a los más pragmáticos, que veían en la compra una oportunidad para proporcionar nuevos puestos de trabajo a los gijoneses. Ganaron, claro, los pragmáticos, pero el número de puestos de trabajo obtenidos no superó la decena y la empresa abandonó Gijón apenas una década más tarde.

Muy cerca, el Hernán Cortés se mantiene hoy como casino. Fue inaugurado en 1958 con «Fantasía», derroche de música y color de la factoría Disney que embriagaría las más de mil butacas de un cine colosal que, tras años de intermitencias, acabó cerrando el último día de marzo de 1994, con «El jardín secreto».

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El resto es historia reciente. El mismo año en el que el Arango fue demolido (solo se conservó su fachada), cerraron los Multicines Hollywood, que desde su inauguración en 1979 habían llegado a conseguir lo imposible. Fueron las primeras multisalas de Gijón (había cuatro) y cuando se estrenó, en 1983, «El retorno del Jedi», por primera vez se proyectó la película a la vez en Gijón y en Oviedo, clásico beneficiario de los estrenos en Asturias. Reconvertido, ante la llegada de las colosales multisalas de multinacionales del extrarradio, en cine de películas independientes, el edificio ahora alberga un supermercado. En 2005, año aciago, también echaron el cierre los Cinenor/Bulevar de los Fresnos, que llevaban en activo solo desde 1992, y diez años después lo harían los Cines Centro. Poco que ver la trágica indiferencia del siglo XXI para con el noble arte del celuloide con el entusiasmo con el que, hace ahora casi un siglo y cuarto, recibimos su llegada en la villa de Jovellanos.

Y eso que ahora no se incendian los cines con tanta facilidad como antes. ¡Pues menos mal!