No vino con la II República, pero sí alcanzó su máximo esplendor en ella. Como la de la prensa escrita. Y no es baladí si aclaramos que a lo que nos referimos es a los concursos de misses que, al calor de la promoción periodística en una época en la que abundaba la competencia, surgieron como champiñones a lo largo y ancho de la geografía española. Asturias, claro, no fue menos: por tener, tuvimos hasta una Miss Afición Taurina a la que brindar astados y requiebros.

 

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Suárez, Tuya, Roquer, Ceñal y Antuña: las más bellas de Asturias

No competimos, sin embargo, en el primer certamen de Miss España que, organizado por ABC, ganó la valenciana Pepita Samper (1908-1996). Aquello fue en 1929 y Asturias no tuvo miss propia hasta el 31. En aquella ocasión, Maruja Suárez Morejón no fue escogida, siquiera, aquí, sino en el Centro Asturiano de Madrid, aunque se rumoreaba que, cuando subía al norte, se dejaba ver por los cines del brazo de Alfonso Iglesias, futuro padre de Pinón y Telva. La relación no fructificó a pesar de los perfectos y torneadísimos rizos de la morena, para la que la prensa se deshacía en elogios un tanto poéticos. Por ejemplo, en la revista Muchas Gracias que salió el día de San Valentín del 31: «Los que han pasado el túnel de Perruca sabrán lo que quiero decir cuando digo que está cargada de toda la dulcedumbre de los prados verdes, de las pumaráes y de los castañares (…) [Maruja tiene] un desnudo turgente, pero sin exageraciones, torneado en todos sus detalles, rollizo sin ser gordo». Veintiún años tenía la bella y lo último que sabemos de ella fue que quedó segunda en el certamen nacional, por detrás de la manchega Emelina Carreño. Era de Oviedo y le apasionaba la fabada, el chocolate, los macarrones y pasear en automóvil. Que no es poco.

Más ingenua quizás porque también era más joven (apenas tenía 17 años), la peluquera ovetense Mercedes Tuya salió elegida Miss Asturias en 1932, periodo de entusiasmo político que ella, en cambio, no suscribía. «El voto a la mujer me parece bien», declaró a la revisa Crónica, «pero no me entusiasma, acaso por no tener yo partido por el cual decidirme». Y más: «Casarse es el ideal de todas las mujeres». ¡Cosas de la época! También quedó segundona en Madrid y su fama languideció ante la de sus sucesoras, las más conocidas de todas las misses asturianas de antes de la guerra: las que venían de la villa de Jovellanos, donde el boom de los concursos de belleza alcanzaría límites insospechados.

Manolita Roquer fue la de 1933, habiendo recibido previamente la banda de Miss Prensa en el 32. De aquella le regalaron un muñeco imitando a Maurice Chevalier y, cuando ganó la competición regional, de todo: piropos, versos y hasta una fama que Roquer (desconoce servidora el año de su muerte, aunque seguía viva a principio de los 80) no parece que apreciase gran cosa, porque se casó en pleno reinado para desaparecer de los podios, de las tribunas de honor y de las portadas. «Vedla pasar. Es alta y espigada», recomendaba el poeta de turno sobre la Roquer, «digna de ser morena, y de esta tierra / que, si son el dechado de hermosura / las sevillanas que cantó el poeta / Manolita Roquer, yo lo aseguro / no siente envidia de ninguna de ellas». Ni tampoco de sus contrincantes en el concurso, que fueron siete: Miss Sotrondio, Miss Orfeón, Miss Ferroviaria, Miss Las Caldas, miss Tineo y hasta una muchacha independiente, sin galardón previo, que se presentó allí sin más. «Quisiera que la amada tierrina triunfara siempre y en todo», aseveró en las ondas, en su intervención en Radio Asturias tras ser proclamada bella oficial.

Al año siguiente, en el teatro Campoamor, eligieron a su sucesora. Oliva Ceñal, una mujerona de 1,70 metros de altura (extraordinario para la época) y 54 kilos de fibra, contaba con 19 años cuando fue proclamada guapa oficial de Asturias en el Campoamor. Le gustaban el tango, los hombres muy hombres, viajar y… dormir hasta tarde. Fue famosísima y profeta en su tierra, en contra del dicho, aunque no mucho en el resto del país.

Llegamos ya al final de la lista de misses prebélicas y lo hacemos con Florinda Antuña, piloñesa de Peruyero que ganó el certamen de 1935 y, como premio, un palco en el Buenavista, una merienda de café y pastel en el Peñalba y a dar el saque de honor en un Valencia-Oviedo. Allí, en la capital, parece ser que se quedó a vivir, pero no sabemos si llegó a ser maestra, como pretendía. Su reinado rompió el dominio de las morenas entre nuestras primeras Miss Asturias y fue el último antes de que la contienda borrase de un plumazo las competiciones de belleza en el país. No volverían hasta los años 50, cuando las rescataron nuestros siguientes protagonistas: los misses de Gijón, quizás la ciudad que más se dejó llevar por la fiebre aquella de la guapura oficial.

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Las reinas de Gijón

De Gijón, sí, pero a veces hasta más conocidas que las regionales y, desde luego, protagonistas en competiciones más reñidas que las muy emperingotadas del Campoamor. Abriría la espita a la competición de guapas, en 1931, el concurso de Señorita Gijón, celebrado a finales de 1931 en el Parque de Atracciones con plenitud de artistas en el jurado: Lavilla, Barrón, Moré, Iglesias y Guisasola armaron la marimorena cuando con sus votos proclamaron vencedora a América Fernández, una jovencita de 19 años cuya victoria no sentó nada bien entre sus contrincantes entre las cuales, por cierto, había hasta una joven calé de Puerta de la Villa, Argentina Jiménez.

A este galardón sucedió, en Gijón, el de Miss Prensa, otorgado por la Asociación de Prensa en un evento lujosísimo celebrado en el Parque de Atracciones, en el que se alternaron, en los pocos años que duró la República, intervenciones de importantes personalidades, bandines y bailes liderados por la modernísima orquesta Jazz Kiss Me -presente, por cierto, en la inmensa mayoría de competiciones de belleza. Miss Prensa lo fueron, antes de conquistar Asturias, Roquer y Ceñal, pero no eran las únicas vencedoras de aquel acto magno en el que también se sorteaban obsequios carísimos aportados por las principales compañías de la ciudad: una radio Philips, cámaras fotográficas, un vestido georgette estampado… y hasta un jamón.

Miss Prensa, tras Señorita Gijón el galardón oficioso de la ciudad, competía en espacio en las portadas con otras misses no menos impopulares, como Miss Afición Taurina, elegida en un certamen celebrado, claro, en la Plaza de Toros. Allí, en el 33, la volvió a haber gorda: el jurado, mixto, proclamó dos misses: la parte femenina eligió a Araceli Martínez, anterior Miss Calzada, morenísima; la masculina, a la rubia Ángeles Álvarez. Se turnaron el año -y no se piensen que era poco trabajo, porque las misses hacían las funciones de embajadoras de su particular reino a lo largo de los doce meses que duraba el título-, y tan amigas: el Litri, Eliseo Capilla y el niño de Haro les dedicaron varios novillos de Andrés Sánchez de Buenabarba y, con ello, comenzó la tournée de las reinas de la afición taurina.

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Guapas de barrio

Pero todo empieza en algún sitio, y para que pudiera haber misses locales y regionales, antes debía haberlas en los barrios. Y vaya que si las había. Frecuentemente, los concursos de bellas eran organizados por los clubes de fútbol de cada sitio en cuestión en eventos que servían para promocionarse y para recaudar no pocos billetes en concepto de entrada al acto, amenizado con música y, sobre todo, mucho ambiente. En Ceares, por ejemplo, la verbena la organizaba el FC Reconquista, y en 1935 ganó la banda Marujina García Palacio, de apenas quince años y, en opinión de los periodistas, «de tipo esbelto y morena, digna de haber nacido en el Albaicín». Hubo también misses en Tremañes (y las llamaban Miss Romería), aunque en el 35 la ganadora, Sarita Vigil, «rubia magnífica», rechazó el galardón por oponerse su familia a tamaña inmoralidad; en El Natahoyo -Guadalupe Aguado en el 34 y, en el 35, Anita Cuadrado, «escultural criatura» de ojos negros-; y, aunque no fueron muy populares, también en El Coto de San Nicolás y en El Llano, elegida por el Hispania FC en el campo de Las Palmeras.

Cosa aparte fueron las misses de Cimadevilla -las elegía, como a Argentina González, de 17 años en el 35, el Pelayo FC- y las de La Calzada, el barrio que, sin lugar a dudas, llevó más a rajatabla la competición año tras año. Allí, al oeste de la ciudad, el Calzada FC o el Club Victoria eligieron guapa desde el 32, frecuentemente en el campo de fiestas de La Figar. Araceli Martínez, de 18 años, fue la primera: se la obsequió con una fiesta solo para ella en el Rivero y estaba, aun, por ganar el título de Miss Afición Taurina, como ya habrá intuido el sagaz lector. Al año siguiente resultó ganadora Marina Menéndez, con 18 años, y en el 34, Lolina García, una adolescente de apenas 16 años que, muerta de la vergüenza, salió como alma que lleva el diablo del estadio, en un ataque de timidez. La incómoda ausencia fue suplida muy artísticamente por los compases de la orquesta Romney, y García, suponemos, acabó por aceptar, porque también recibió solaz en el Rivero poco después. Natividad Osorio, de Jove y 18 años, fue la última Miss Calzada de antes de la guerra.

Una pausa con retorno

Era la elección de las miss Calzada que no llegaron a frustrarse por la guerra, y hay que decirlo porque ya no quedará casi nadie que lo recuerde, una fiesta espectacular, con los regalos para la miss aportados por el comercio de La Calzada: en el 35, por ejemplo, un estuche de manicura de la droguería Froilán, otro de perfumería de la panadería Casa Picazo; polveras del Bazar Ruiz y la pañería El Sport; un vestido de Innovación y varios pares de medias de la pañería Montecarlo, del Neptuno, de La Sirena… Las bellas tenían que ser de La Calzada, del Natahoyo, Jove, Tremañes, Musel o Veriña y la afición fue tan grande que, en el verano del año 50, fue la primera competición de belleza en volver a una Asturias aun de posguerra, azotada por la miseria: volvió a celebrarse en el Venecia, con gran copete y presencia de personalidades, y resultó vencedora Elisa González, «un ramillete de veinte primaveras, bonitas como soles».

Elisa, y apenas un mes después Marujina Bernedo, la primera Miss Cimadevilla elegida tras la guerra, volvieron a reavivar el interés por un concurso que, con todo, ya había alcanzado el tope de su fama en tiempos que ya habían quedado atrás. Nunca más -y eso que después hubo muchas, casi una por verbena, por celebración- una miss volvió a estar en boca de toda una ciudad como antaño lo habían estado la Roquer, la Ceñal o Flori Antuña con sus vestidos de tafetán almidonado y sus cabezas coronadas por redondísimas ondas al agua. La ilusión se había esfumado al compás de la cadencia, cada vez mayor hasta desdibujarse en las neblinas del tiempo, de la desaparecida Jazz Kiss Me. ¡Qué se le va a hacer!