Fueron la peor de las ideas, ¡pero menuda idea! La moda de la industria azucarera que, tras el desastre colonial del 98, intentó suplir la caña por la remolacha, cristalizó en Asturias en cinco fábricas: las dos primeras, en Veriña y Villalegre; el resto, en Lieres, Villaviciosa y Pravia.

¡Perdimos Cuba! Y al perderla, en 1898, no solo se nos fueron los miles de muertos de una guerra de independencia que se había prolongado durante tres años; no solo el tabaco; ni tampoco solo Filipinas, que también la perdimos; no solo la pregonada “personalidad histórica” española. Aun peor: ¡perdimos la caña de azúcar, y sin forma de recuperarla aquí, tan lejos del calor tropical!  El fin de las colonias de ultramar no solo amargaría la personalidad de los genios de la descreída Generación del 98, sino que también podría haberlo hecho con los paladares de los españoles de no haber sido por el ilusionante negocio que, desde 1882 (en ese año se construyó la primera fábrica, en Granada), había surgido, entre otros sitios, en Asturias: la creación de azúcar… de remolacha, eso sí.

Aquí tuvimos cinco azucareras: Veriña, Villalegre, Lieres, Villaviciosa y Pravia, y de todas ellas, en el mejor de los casos, solo nos quedan las ruinas y un levísimo recuerdo que, excitado por la brevedad de su existencia, se difumina cada vez más en el tiempo. Es fácil decirlo a posteriori, pero la de cultivar remolacha para azúcar fue, probablemente, una de las peores ideas que podía habérsenos ocurrido. ¡Qué se le va a hacer!

 Veriña (1893-1956): medio siglo de opulencia azucarera

verina

Fue la primera (se construyó en 1893) y, en parte por ello, la más longeva. También influyó, no cabe duda, la cercanía del ferrocarril, que facilitaba el transporte del producto y de las materias primas, y el buen hacer de Faustino Rodríguez Sampedro, su impulsor. La de Veriña (que, realmente, nunca estuvo allí, sino más bien en Poago) llegó a emplear hasta a trescientos trabajadores y fue escenario, en septiembre de 1936, de todo un experimento social: el Sindicato Nacional Azucarero de UGT se puso al frente de su producción tras obligar a que se suspendieran sus funciones temporalmente. Con todo, el consumo de azúcar de remolacha no era la panacea y en 1956, cuando España se abrió al mercado internacional y los precios se desequilibraron a niveles dramáticos, tocaron a muerto las campanas para la Azucarera de Veriña. ¿La mejor crónica de aquel deceso anunciado? La hizo, para EL COMERCIO, el pequeño Carlos Ruiz Alonso, de 14 años y estudiante de preparatoria en el Gedo, el 30 de noviembre de 1956. Lean, lean:

Dentro de tres días marcha de Gijón el director de la Azucarera Asturiana. Va a hacer campaña a Calahorra. Se sabe también que va a venir un nuevo director para desmontar la fábrica y enviar su material a Salamanca, en donde están haciendo una nueva fábrica. Los obreros de Gijón pueden ir a Salamanca o a Guadix, en Granada, y los eventuales quedan sin empleo. La fábrica se cierra porque a los agricultores no les conviene vender la tonelada de remolacha a setecientas pesetas.

La soledad de la chimenea de Villalegre (1898-1906)

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Solo siete zafras (se denomina así a la producción anual de azúcar) llegó a hacer esta fábrica, construida en Avilés por impulso de los Maribona. Empezó, cierto es, con mucha potencia, haciéndole la competencia a su predecesora gijonesa, pero pronto se desinflaría su tirón: cerró las puertas en 1906 y, desde entonces, sus muros albergaron tan solo polvo, óxido y herrumbre. En 2009, poco más de 110 años más tarde de su construcción, las ruinas amenazaban ya desplome y tuvieron que tirarse abajo. Se conservó, menos es nada, la chimenea.

Segundas partes… La de Lieres (1898-1908)

lieres

En 1902, tan solo cuatro años después del surgimiento de la tercera azucarera asturiana, lo anunció ya Salvador Canals en su Asturias: información sobre su presente estado moral y material: Los capitalistas se habían subido a la parra o, más bien, a las pequeñas hojas de la remolacha, y estas no eran lo suficientemente grandes como para aguantar. La cosa fue así, en palabras de Canals: “Vertiginosamente se reunía un capital, se cimentaba una fábrica, se alzaban unas chimeneas, se instalaba maquinaria, ¡y a triturar remolacha” Esta, que para una sola fábrica era bastante y hasta sobrante, era escasa para muchas fábricas, y la tonelada de remolacha, empujada por la competencia, alcanzó el precio de diez duros”. El acabose. La burbuja remolachera. El azúcar no podía pagarse tan caro; los agricultores, que habían invertido una millonada en elegir sus mejores terrenos para el cultivo de una planta tan hambrienta de abono, no querían bajar.

No haberles convencido, argumentaban. Porque costó Dios y ayuda. En Lieres, en 1898, había habido inversión, aunque poco entusiasmo de los labriegos. Al año siguiente, la escasez de materia prima hizo a la Azucarera publicar unas octavillas mediante las que se permitía incentivar el cultivo del preciado tubérculo, y prometía regalar a todos quienes les vendieran kilos de remolacha el mismo peso en pulpa, que, mezclada con alimento seco, se destinaba a la alimentación de vacas y cerdos. Se fomentó la producción, pero no era suficiente: el mercado asturiano estaba ya agotado y en la temporada 1905-6 ya no hubo zafra en Lieres. El cierre definitivo llegaría en 1908.

Villaviciosa: en terrenos baldíos (1899-1918)

villaviciosa

¿Habíamos dicho ya que el mercado asturiano no daba para más azúcar? Pues aún iban a construirse dos fábricas más. La de Villaviciosa llegaría a producir 19 zafras y fue casi un milagro porque, a pesar del entusiasmo inversor inicial (en pocos días tras el aviso de su constitución, se recopilaron mediante suscripciones más de 150 mil duros, la mitad de lo presupuestado), realmente no era la villa un buen lugar para instalar una azucarera: ni los terrenos estaban cerca del ferrocarril para favorecer el transporte, ni la fertilidad de las tierras fue suficiente para abastecer de material la fábrica. Tampoco pillaron buenos tiempos: por aquel entonces se calculaba ya que las azucareras asturianas producían a más del doble de precio que las de otros lugares de España.

Pravia, orgullosa superviviente (1901-1903)

pravia

Así las cosas, a finales de 1899 la decisión de Luis Longoria Casares de construir una quinta azucarera era, casi, casi, una muerte anunciada desde el principio. Atraídos los empresarios, sin embargo, por las fértiles vegas del Nalón que ya Jovellanos glosara en sus escritos, se liaron la manta a la cabeza e invirtieron cientos de miles de pesetas en levantar la de Pravia, que abrió, a lo grande, en 1901: enormes salas con la más moderna tecnología de molturación automática, más de cien empleados, una enorme piel sin oso dentro. Aguantó, a un ritmo de más de trescientas toneladas producidas al año, tan solo dos zafras: cerró en 1903.

Fue la que más tarde abrió y la que primero cerró y, por una de esas burlas del destino, también la única que, al menos, se mantiene en pie. Estuvo a punto de no hacerlo: en 2005, cuando ya era pura ruina y comenzaba a proyectarse su recuperación, un rayo mal traído tiró abajo la antaño enorme chimenea (medía 45 metros de alto). Aunque las obras se iniciaron hace ya casi una década, nunca han llegado a su fin. El esqueleto de la última de las azucareras asturianas permanece, restaurado a medias, en el tiempo, aunque no impasible: la maldición y los gamberros azotan, a partes iguales, sus frágiles paredes. Es el último testimonio de una aventura tan dulce como amarga; la que mejor simboliza, sin lugar a dudas, el estupor del desastre colonial.