La mayoría de las cintas permanecen perdidas, pero la producción cinematográfica asturiana en tiempos del cine mudo fue mucha y rica, exitosa y todo lo variada que podía ser dentro de una industria recién nacida. Figuras como la de Julio Peinado, autor, ya en 1903, de los primeros planos rodados de nuestra historia -una pequeña toma de la salida de las cigarreras de la Tabacalera, en Cimavilla-, destacaron en las primeras incursiones cinematográficas que ponían en solfa el paisaje asturiano, de cara a ser exhibido ante los nostálgicos emigrados en Ultramar. Hoy traemos ocho ejemplos -de los que sobreviven dos- de nuestro cine mudo.

El robo de fruta (1905)

Fue la primera película asturiana con todas las de la ley, o sea: con argumento de ficción. Obra de Javier Sánchez Manteola, natural de Borines (Piloña), sabemos muy poco de ella, pero lo suficiente para imaginarnos las imágenes que hoy en día, tristemente, se han perdido. Fue rodada en la finca de los Bustillo, en Somió, y era una comedia con todos los elementos necesarios para producir la carcajada en aquellos primeros pasos del cine de principios de siglo: una persecución policial a cuenta del robo, como evidencia el título, de fruta de la finca.

Y por cierto que se introducían ‘cameos’ cuando aun ni se sabía que se llamaban así: el del “Rigueletu”, conocido pescador playo, y el de “Pilonga”, popularísimo vendendor de periódicos y acomodador del Salón Luminoso, el cine donde se estrenó la cinta. ¿Existirá aún alguna copia de ella? Mire bien el lector por el sótano, que… ¡quién sabe nunca!

Bellezas de Asturias (1922)

Entre 1919 y 1922, la empresa Valle, Ballina y Fernández encargó, para publicitar la sidra El Gaitero, la grabación de diversas tomas paisajísticas asturianas. No siendo una película en toda regla, las imágenes, tomadas por José Pons Girbau y José María Maristany, muestran Asturias en todo su esplendor en tiempos en los que no era frecuente que se retratasen ante la cámara. Toda una delicia histórica de enorme calidad que, hace unos años, recuperó la empresa, y que se puede ver aquí:

José (1926)

Basada en la novela de Palacio Valdés, la película narra la desventura de José, un noble pescador que desea casarse con su novia, Elisa, para descontento de la madre de esta, la malvada Isabel. La localización de la novela había sido motivo de constante disputa para Cudillero -que aseguraba protagonizarla por lo semejante del nombre con el del pueblo de la novela de Palacio Valdés, Rodillero- y Candás, por la descripción del que parecía ser el Santísimo Cristo de los Marineros. Así que el film, estrenado en Madrid en febrero de 1926, vino a deshacer el entuerto: el propio Palacio aseguró que Rodillero era Cudillero y la película, aunque también se hicieron escenas en Carreño y Gozón, en Sanesteban o en Riberas de Pravia, se rodó allí.

Protagonizada por Javier de Rivera, Enriqueta Soler y Carmen Rico, la película, noventa y un años después, se ha perdido. Sí conocemos algunos fotogramas de la misma, recuperados hace poco por el cronista pixueto, Juan Luis Álvarez.

Cuento de lobos (1926)

Dirigida por Romualdo Alvargonzález y producida por Azeta Films (una de las primeras productoras asturianas junto a Asturias Films), la película narraba la historia de una joven huérfana -interpretada por Conchita Viña- por la que se peleaban dos chavales. Un argumento sencillo que no llegó a convencer, si hacemos caso de la crónica de EL COMERCIO del 11 de abril de 1926, a algunos espectadores, habituados a las producciones hollywoodienses a las que aun nos quedaba un poco por llegar -”todo se andará”, aseguró el entusiasta reportero-.

Fue rodada en multitud de lugares, de Soto de Luiña a Ribadesella pasando por Colunga, Villaviciosa, Aboño o Infiesto; se anunció como “película de ambiente asturiano” y, a día de hoy, permanece perdida.

Bajo las nieblas de Asturias (1926/27)

Cuentan que Victoria Eugenia, la reina madre, se enamoró de los bellísimos paisajes asturianos que mostraba esta cinta, hoy tristemente perdida, hasta el punto de mandar proyectarla, para solaz de la familia real, en Palacio. Bajo las nieblas de Asturias fue la primera obra de “Asturias Films”, la productora fundada por Manolo Noriega.

Modesto Montoto y Julio Peinado, importantes fotógrafos de la época, se ocuparon de la película, y la decoración de interiores fue creada, en Oviedo, por Félix del Río. En Gijón se estrenó en marzo de 1927, en el Jovellanos, con enorme éxito de público: “Todo Gijón está desfilando ante esa película”, aseguraba, en portada, EL COMERCIO del 24 de marzo de ese año. No era para menos: a las imágenes mudas de la tierra acompañaban dos piezas musicales asturianas en directo, y el ‘merchandising’ de la época fue grande, lo nunca visto entre los Picos y el Cantábrico: programas de mano, novelas construidas sobre el guión o reportajes gráficos en los periódicos -sobre todo en “Región”- que, a día de hoy, suponen la única referencia que tenemos de la película.

Bajo las nieblas de Asturias se rodó de occidente a oriente y, en cosas de la localización, hubo también cierta polémica: en una carta al director del diario “Región”, el corresponsal en Sotu’l Barcu, Manuel Lombardero, a la sazón vocal del comité de turismo del sitio afecto, se quejaba de que en el texto del film se aseguraba que era Santianes de Pravia donde los protagonistas, Panchito y Rosina, se encontraban… cuando lo que realmente se veía en las imágenes era el barrio sotobarquense de El Castillo, Ranón y el palacio de la Magdalena. ¡Malditas sean las licencias poéticas!

Carolina, la neña de plata (1927)

A mediados de diciembre de 1927, en el Teatro Jovellanos, se proyectó esta película escrita y dirigida por José Codorniú, protagonizada por Mariluz Callejo y Manuel Montenegro. Un dramón en toda regla de la que hoy no tenemos noticias: trataba de Gustavo Lander, un aristócrata a cuyo administrador, a la vuelta de su viaje a Italia, informa de la existencia de una media hermana hasta entonces secreta. Carolina, claro, suponemos. Con todo, el argumento no era lo fundamental para sus espectadores, a tenor de la publicidad del film, que destacaba más el haber sido rodada “en los sitios más pintorescos de Gijón”. Concretamente la película se rodó en la finca de García Sol, en Granda; en Somió, donde se podía ver retratada la casa de La Pondala; la calle Corrida; el Muelle y La Providencia.

Mieres del camino (1928)

Accesible desde Internet desde hace no mucho tiempo, fue dirigida por Juan Díaz Quesada y protagonizada por Josefina Gutiérrez y José Menéndez. La pareja hacía las veces de otra unida por un amor prohibido: el de Pepina, una rica heredera, y Pinón, obrero al servicio de don Gaspar Meca, el rico padre de Pepina quien, para mayor lío, la había prometido en matrimonio al insoportable Ruperto, un indiano retornado.

Estrenada en el teatro Pombo, cuyo propietario, Gerardo Pombo, había patrocinado la cinta, en enero de 1928, dura poco más de media hora y se puede ver, tanto la historia en sí como los paisajes del valle de Cenera y el viejo Mieres del Camín, aquí:

Ya t’oyí (1928)

Una charlotada, literalmente, “de sabor regional”, como la anunciaba EL COMERCIO de noviembre de 1928, cuando se estrenó en el Dindurra. De la protagonista, llamada artísticamente May Love, no sabemos nada; del director, un tal Bill Roy, algo más: se llamaba, en realidad, Vicente Suárez y era gijonés de pura cepa (parece ser que ella, lejos de apellidarse Love y llamarse May, respondía más bien al nombre de Trini Carrasco, pero esto no es seguro). Se rodó en Oviedo, en Ribadesella y en Gijón y por aparecer, en aquellos tiempos del surrealismo, aparecía hasta Miguel Primo de Rivera. Y una corrida de toros, y hasta un charlestón.