335 millones de pesetas y un año después de ser aprobada por el Pleno del Ayuntamiento gijonés, por aquel entonces dirigido por el socialista Palacio y ante la abstención del PP, se inauguró el remozado paseo de Begoña, lugar de encuentro de todos los gijoneses desde el siglo XIX y escenario clave de la historia de la ciudad. De la gran restauración de Begoña, odiada y admirada a partes casi iguales, se cumplen estos días 25 años.

Paseo Begoña en 1992

Paseo Begoña en 1992

Dos meses después de su salida a los kioskos, EL COMERCIO publicó su primera referencia al paseo de Begoña en noviembre de 1878. En la sección de anuncios, concretamente en dos de ellos, y sirviendo como referencia de dos ofertas tan heterogéneas como lo es la propia historia del paseo. De un lado, un solar que se vendía para construir. Del otro, el depósito de ataúdes de la calle de los Morales, que los vendía a partir de diez reales en tamaño niño, en todas clases y tamaños y forrados en percalina, bayeta o paño fino. Un chollo. Y todo ello, y más, en torno al paseo que, al calor de la capilla de Begoña que construyera la familia Gendín en el siglo XVII, había nacido allá por 1868 para convertirse en una arteria fundamental de aquel Gijón de fin de siècle que tanto ansiaba descubrir.

Paseo Begoña en 1992

Paseo Begoña en 1992

Begoña -su nombre real, el auténtico, el que usaba el pueblo por más que las autoridades se empeñasen en llamarlo la calle de Enrique III, la de los Comuneros o el paseo de Alfonso XII- fue el primer lugar en la ciudad que conoció la luz eléctrica (llegó esta, más como divertimento que como utilidad, en 1886) y el cinematógrafo, instalado por primera vez en el número 33 del paseo y en torno al cual, para completar el espectáculo, se instalarían en aquellos últimos años del siglo XIX no pocos fenómenos humanos. Vracoman, el hombre más gordo del mundo, “que al nacer pesaba 24 kilos”, aseguraban los papeles, se exhibió allí en 1903; el “hombre sin estómago” en 1897, la mujer reptil, el Heliogábalo… Y los Carnavales, las primeras ferias de muestras, el Teatro Cómico allá donde ahora se levanta el Dindurra, el Salón Luminoso y el Cine Modernista, El Edén y, obviamente, el Jovellanos…

Pudiera decirse que todo lo que o quien pasó por Gijón pasó también por Begoña. Y, al revés, también Gijón y sus circunstancias pasaron, a fuego, por una Begoña que solo adquirió la estructura, en general, que actualmente conserva hace ahora cinco lustros.

Una inauguración multitudinaria

El trío Tricicle conta la cinta en presencia de Vicente Álvarez Areces

El trío Tricicle corta la cinta en presencia de Vicente Álvarez Areces

Fue una obra millonaria, merecidamente. En 1990, el gobierno socialista de Palacio decidió remozar un paseo de Begoña que había venido siendo progresivamente deformado por el paso de las décadas, desde el triste monumento al Alférez Provisional que se había comido a las pérgolas de Truán a la partición del paseo para el paso de los coches o la eliminación de los jardines geométricos, todo ello en las décadas de los 60 y 70. No exenta de polémica (ni todo el mundo entendió las tres nuevas esculturas: Obelisco, Génesis y El Anzuelo, de las cuales solo permanece hoy en día la intermedia; ni despertó pasiones el exceso de hormigón en los espacios vacíos y en los propios monumentos), la reforma recuperó espacios perdidos como las pérgolas o los kioskos y colocó más de cien árboles nuevos, algunos traídos de lugares tan lejanos como la Toscana.

Fuente El Anzuelo

Fuente El Anzuelo

El 7 de noviembre de 1992 se inauguró, por fin, el nuevo paseo de Begoña, aún con el teatro Jovellanos cerrado por rehabilitación y los nuevos árboles aclimatándose al terreno. El trío cómico Tricicle cortó la cinta inaugural y Begoña se dispuso a vivir. Aquella, con todo, no sería la última reforma del parque: hubo otras dos, en 2004 y 2010, para construir el parking que a día de hoy se expande bajo el paseo y que acabaron con las casi efímeras Obelisco (hoy situado en la rotonda de Foro) y la fuente del Anzuelo, que, curiosamente y a pesar del nombre, nunca llegó a ser fuente tal cual. Pero todo eso es historia reciente, demasiado tal vez. Begoña tuvo siempre mucho más, y más desconocido, que contar.

Las primeras aguas

EL COMERCIO informa en portada de la traida de agua a los Campinos en 1930

EL COMERCIO informa en portada de la traida de agua a los Campinos en 1930

Las pérgolas de Los Campinos se inauguraron en agosto de 1929, con enorme éxito de público. Quizás por ello poco menos de año y medio después fue allí donde el ayuntamiento que presidía Claudio Vereterra decidió que llegase la primera traída de agua a la ciudad. Oficialmente y para todos, claro, porque en realidad el agua ya llegaba desde 1890, aunque solo a unas cuatro decenas de casas privilegiadas. Fue en diciembre de 1930, y el agua que, a partir de entonces, abastecería por fin a Gijón venía de Nava, concretamente del manantial de Llantones. Asistieron al evento centenares de personas y, cuando salió el primer chorro de los tubos situados con gran efectismo sobre los estanques de los patos, la música comenzó a sonar y se tiraron cohetes en celebración de tan magna efeméride.

Traida de agua a los Campinos en 1930

Traida de agua a los Campinos en 1930

 

El monumento que nadie añora

Escasamente querido por los gijoneses, el monumento al Alférez Provisional vino a sustituir a las antiguas pérgolas de Arturo Truán. Tan gris tanto de referencia como de diseño, su inauguración, el primero de mayo de 1969 (como no podía ser de otra manera, también ese día amaneció gris de puro nublado) no congregó multitudes ni amplias ni entusiasmadas, convirtiéndose más bien en una reunión de milicias en una época en la que el militarismo había pasado de moda hasta dentro del propio régimen franquista. En la escasa veintena de años que sobrevivió adoleció no solo del cariño de los playos, sino también de condiciones higiénicas. De ambas cosas -el poco aprecio de los ciudadanos se vio reflejado en los no pocos actos de vandalismo ocurridos desde entonces contra los farolillos de la plaza- dio cuenta ya EL COMERCIO de 1970, ni siquiera un año después de la inauguración.

Inauguración de la plaza del Alférez Provisional en 1969

Inauguración de la plaza del Alférez Provisional en 1969

Nada, ni nadie, y mucho menos la inquietante estrella de alférez que presidía el lúgubre monumento, consiguió que los gijoneses dejasen de nombrar a la zona como los “Campinos” o la “plaza de los Patos”. Ni siquiera Álvarez-Cascos, por entonces (en 1979) concejal de AP, que propuso modificar el nombre de la plaza por el muy equidistante de “Plaza de los Ejércitos de España” y erigir en ella un monumento al soldado español “de cualquier bando y graduación”. “Los patos”, atacaba Cascos a quienes defendían el nombre popular de la plaza, “están muertos y no precisamente a causa de una guerra”. Que, por cierto, el primero que había nadado por las aguas de los Campinos, según Fernández del Humedal en un librito publicado, precisamente, en 1936, se había llamado Domingo. Me refiero, claro, al ánade.

Plaza del Alferez Provisional en los años 70

Plaza del Alferez Provisional en los años 70


Y volvieron las pérgolas

Así las cosas, una de las decisiones más festejadas de la reforma del 92 en Begoña fue la reconstrucción de las pérgolas de Los Campinos. La inauguración de la reforma tuvo lugar allí, frente al felizmente restaurado monumento, y en la que el espíritu de su diseñador original, Arturo Truán, estuvo también muy presente mediante la orgullosa asistencia de sus descendientes. “Hemos recuperado una parte entrañable de la ciudad que había sido destruida”, aseguró Álvarez Areces en su intervención. “Hemos reparado un error y lo hemos hecho porque era de justicia.”

Oliva Ceñal en los Campinos en 1933

Oliva Ceñal en los Campinos en 1933

Dirigida por los arquitectos Aranda, Espina, Hernández y Viñuela, la restauración de las pérgolas fue un trabajo ímprobo que requirió de un proceso de documentación muy laborioso y en el que se revisaron fotografías públicas y particulares, hemerotecas y archivos y hasta la documentación personal de Arturo Truán, en la que se habían conservado los colores originales del diseño de los azulejos y del pavimento de las pérgolas. Más de cinco mil azulejos artesanales fueron producidos a mano para devolver a los gijoneses las muy añoradas pérgolas de Los Campinos. ¿La única diferencia con las originales? Que la obra reconstruida es de solo un estanque, no dos.

Begoña negra

Con tanta gente como pasa diariamente por Begoña, no es raro que haya sido también escenario frecuente de riñas, trifulcas y hasta crímenes. Los cuatro más sonados ocurrieron en 1906, 1915, 1929 y 1932. Recapitulando: el del año seis fue protagonizado por Manuel A., un bilbaíno víctima de lo que hoy llamaríamos mobbing que pagó de forma sangrienta las mofas de las que le hacía objeto un tal Gumersindo, mejor mozo que él. Le asestó un hachazo en plena nuca frente a uno de los puestos del paseo, casi enfrente de lo que hoy es el Dindurra, a plena luz del día.

El del 15 fue el de la bella Silveria, sensual asesina de su marido, al que había atraído a Gijón -estaban separados- portando en el petate, cuando lo fue a buscar a Villaviciosa, un par de chorizos, unas zapatillas y el cuchillo de cocina con el que lo mató. No en Begoña, aunque por allí pasaron enzarzados en tremenda riña antes de que ella acabara con la vida del viejo al grito de “¡Muere como un perro! ¡Acuérdate del 31 de octubre!” frente al garaje Astur. La cosa pasó el 18 de noviembre. Nunca se llegó a saber qué es lo que había ocurrido diecinueve días atrás.

El más famoso: el que en el bajo del 131 de San Bernardo, frente al paseo, acabó con la vida de la frutera María del Valle una noche en la que sopló el viento una barbaridad y se quemaron varios inmuebles, también el suyo. Pero este, de forma intencionada: dos rateros apodados “El Quico” y “El Cinra” la habían matado a hachazos después de que la anciana se les soliviantase al intentar robarle… diecisiete pesetas. Tres años después, en la casa contigua al puesto de María del Valle, una lechera llamada Enriqueta fue asesinada por su marido, celópata patológico y borracho de profesión, de un tiro y frente a sus propios hijos.

Una capilla en medio de la nada

Antigua capilla de Begoña (Labrada 1977) y construcción de la actual iglesia de Begoña (1976)

Antigua capilla de Begoña (Labrada 1977) y construcción de la actual iglesia de Begoña (1976)

Y que, sin embargo, le dio nombre al paseo: la que fundó Gregorio Valdés Gendín en el siglo XVII, en el terreno agreste al que hoy también nombra la virgen a la que acabó dedicándose una pequeña capilla, en un origen advocada a la Asunción, a la que, anualmente, iban siempre los Gendín a rezar. Poco se conoce de la historia posterior de la capillita, al menos hasta el siglo XIX, cuando los gremios de zapateros y carpinteros, custodios de la misma en una y otra época y, por tanto, enemigos sin posibilidad de arreglo, se enfrentaron por una organización de la que finalmente se hicieron cargo los “de la tabla”. O sea: los carpinteros. Fueron ellos quienes promovieron la construcción de una nueva capilla en 1873, cuando ya el paseo en torno a ella era una realidad. Cuando a finales de siglo los cofrades comenzaron a ser insuficientes para la gestión, el templo pasó a manos de las monjas y, con el tiempo, de estas pasó a las de los Carmelitas. Y, de ahí, la actual iglesia, construida en 1977. Todo un periplo. Como el que le queda por vivir, aún, al paseo al que la atareada virgen -patrona oficiosa, que no oficial, de Gijón- puso nombre.