---- La belleza que (no) vino del Este | Asturmix

En el verano de 1933, una carta dirigida al consistorio ovetense ponía a la venta la presencia de la recién elegida Miss Europa, la ucraniana Tatiana Maslová. “El Ayuntamiento preferiría destinar  esas pesetas a sus obreros parados”, contestó su desairado alcalde.

Larga como una cigüeña, de boquita de piñón y ojos gélidamente glaucos, Tatiana Maslová se presentó envuelta en gasa y brillantina dorada en los jardines del hotel madrileño donde se alojaba en el verano del 33. Allí había estallado el escándalo días atrás; ahora, Francisco Agüera, mordaz reportero del Crónica, la esperaba, libreta y lápiz en mano, ante una pulcra mesa de cocktail donde la diva había mandado depositar un par de botellas de gaseosa como presente. Se publicó una foto: la Maslová, flanqueada por sus tíos y administradores, de frío semblante eslavo; al lado, Agüera, observándola desconfiado. Ella, garza de los pies a la cabeza, sonriente, besucona y zalamera, trató de explicarse.

Y no obtuvo mucho éxito. Maslová, ucraniana de la ciudad de Mykoláiv, supuesta hija de represaliado por los bolcheviques y elegida Miss Rusia por la revista Illyustrirovannaya Rossiya, había sido proclamada meses antes Miss Europa en Madrid, un título más ostentoso que otra cosa, a tenor del resultado: más interesadas en sus musas locales, las capitales de provincia españolas no habían hecho demasiado caso a la quizás demasiado estilizada, para los cánones de la época, modelo. Y no había bola que rascar. Allá donde en Gijón, por poner un caso, giraban por todas las fiestas veraniegas las señoritas El Llano, La Calzada, Miss Prensa y demás, no valían soviéticas que valiera. Así que la Maslová, aconsejada (mal) por sus tíos, tuvo la ocurrencia de mandar cartas de ofrecimiento a todos y cada uno de los ayuntamientos españoles.

También a los asturianos. Pomposamente membreteadas con la dirección “Administración general de MISS EUROPA. Mayor, 4. – Teléfono 92.277. MADRID”,  las cartas recordaban la presencia de la miss en España y dejaban caer que esta esperaba que ayuntamientos, periódicos y demás posibles beneficiadores “cooperarán a que sea una realidad la hospitalidad española”. “Quedamos de ustedes atentos afectísimos”, remataban, en una fórmula convencionalmente aceptada como sinónimo de ofrecimiento comercial. En la carta específicamente dirigida a los consistorios, tal convención se hacía evidente al incluir, en la posdata, una pingüe cifra de “compra”, o “alquiler”, de la presencia de la Maslová. Date ahí que en Oviedo dieron con un alcalde guasón. Francisco González Castañón, que llevaba un año en el cargo, leyó la inoportuna carta y, a diferencia de otros muchos, la contestó… públicamente. “El Ayuntamiento de Oviedo”, respondió, “preferiría destinar esas pesetas a sus obreros parados.”

Todo un “zasca” de la época. Envuelta en el descrédito, la Maslová decidió convocar a la prensa para reparar el entuerto, liándolo si cabe más. Agüera no se creyó mucho los razonamientos de la musa, que aseguraba estar en España de nuevo, tras su elección, por pura casualidad. Unos amigos españoles, decía, la habían invitado a pasar una temporada en Estoril, y allí le habían surgido varios bolos que, por supuesto, aceptó. “Ellos me indicaron”, asegura la soviética en la interviú, refiriéndose a sus influyentes amigos… anónimos, “que no era lógico que a costa mía se beneficiaran otras personas, mientras yo, que no tengo desgraciadamente otro patrimonio que mi título, permanecía al margen de cualquier provecho”. La pobre. “Esto es tan natural, que a nadie puede extrañarle…”

Así fue, decía Tatiana, como se les ocurrió lo de la carta, que se malinterpretó, “haciendo aparecer mi viaje como una jira comercial (…) Ha sido mal interpretada. En ella se decía solamente que yo tendría una participación en los actos de empresa que se organizaran. Esto es todo. Yo no vengo a exhibirme, sino a descansar, si me dejan…” Para demostrar la certeza de sus palabras, y ahora se dirigía expresamente al alcalde carbayón, la miss se ofrecía a tomar parte en las fiestas benéficas que le indicasen, “si ello puede contribuir a aliviar el problema del paro”. A raíz de publicarse la entrevista, el asunto se hizo popularísimo y comenzó a llamarse, en los medios nacionales, “el incidente de Oviedo”, pero ni por esas -y a pesar del ofrecimiento de visitar gratis la capital asturiana- tuvo a bien el consistorio ovetense invitar a la beldad ucraniana.

Eran, qué duda cabe, otros tiempos. Quizás los más generosos en lo que a concursos de belleza se trataba -los había a todo momento, en cualquier lugar-, pero en los que aun llamaba la atención el que se tratase de capitalizar económicamente lo que, popularmente, se conocía como un divertimento… y no lo era. Aquellos días, en el periódico madrileño La Voz, Alberto Ansúa defendió a la miss contra la opinión generalizada. “Los premios de belleza”, dijo, “en todas partes se conducen así: comercialmente. Lo mismo que el torero, el violinista y el tenor (…) ¿Es que no explotan su suerte los premios Nobel? ¿No vive Pierre Benoît de su “Atlántida”, y miss Loos de su frívola novelita “Los caballeros las prefieren rubias”?” “El premio de belleza ha de apurarse”, concluía Ansúa, “porque su boga es efímera. Dura un año nada más”. Tal cual: de la Maslová no volvimos a saber nada más allá de 1934, solo que no llegó a poner, que trascendiera públicamente, un solo pie en la orgullosa tierra asturiana.