Se cumplen cuatro décadas de la apertura de la Policlínica de la Casa del Mar. Más de siete años tardaron los gijoneses en conseguir que se llevase a cabo el proyecto de su construcción, eternizado por una soporífera burocracia.

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Fue el parto más largo que se conoce en la historia reciente de Gijón. Cuando el almirante Fontán Lobé aprovechó la presentación del proyecto de la Casa del Mar de A Coruña para anunciar la próxima puesta en marcha de la nuestra, en agosto de 1970, pocos podían imaginar que el trasunto iba a prolongarse más de siete años. Por aquel entonces, todas las ciudades costeras de España suspiraban por una Casa del Mar que asistiera a los trabajadores del mar. Las Palmas, Almería, Cádiz y Vigo ya las tenían, andaba terminándose la de Pasajes y construyéndose la de Tenerife, pero en Asturias, por el momento, nada. Así que la noticia llegó como un soplo de aire fresco a una ciudad en plena expansión.

casadelmar1970Pero aquel aire venía emponzoñado por el veneno de la burocracia. Hasta límites insospechados. Cuando llegó la noticia, le cayó encima el papelón de buscarle ubicación al consistorio de Ignacio Bertrand, pero fue el de Cueto-Felgueroso el que asignó unos nuevos terrenos, más apropiados (al menos en opinión de Gregorio Ramos, jefe del Servicio de Fomento Social del Instituto Social de la Marina, en declaraciones para EL COMERCIO el dos de octubre del 71), por su amplitud y cercanía al mar, para el proyecto.  Fue entonces cuando, entre una cosa y otra, el proyecto se estancó.

¿El primer problema? Que la supuesta amplitud de los terrenos, en opinión de algunos, no era tal. Porque, además del edificio de la policlínica y las escuelas, quizás exaltados un tanto los ánimos por el proverbial ‘grandonismo’ gijonés, se decía que también se crearían espacios deportivos, con helipuerto incluido y, claro, todo no podía ser. El segundo no era, por segundo, menos importante: unas treinta familias seguían residiendo, por aquel entonces, en el poblado chabolista instalado, precisamente, en los terrenos del Arbeyal prometidos por el Ayuntamiento. Y, sobre ambos, el fantasma del papeleo y del ‘vuelva usted mañana’ que Larra ya había anticipado más de un siglo atrás. En julio del 73, ya proyectadas las obras del arquitecto Bastarrache sobre el papel, resultó que faltaba un pequeño trámite para emprenderlas: la autorización de la Dirección General del Ministerio de la Gobernación no llegó al Ayuntamiento hasta el ocho de noviembre de aquel año, aunque fue firmada el día seis. ¿Y el intermedio? El siete fue cuando depositaron el documento en Correos, que las prisas no son buenas.

Claro que de aquella tampoco fue. Firmada ya la escritura pública ante notario entre el alcalde y el Instituto Social de la Marina, para emprender las obras era necesario contar con no pocas autorizaciones ministeriales. La del Ministerio de Vivienda, la primera. “¡Apañados vamos!”, se oía, por aquel entonces, en los mentideros gijoneses. “¡Si en Madrid no tienen mar!”. La cosa llevaba siendo objeto de innumerables chistes desde los primeros síntomas de enquistamiento del problema de la Casa del Mar. A EL COMERCIO, ciertas voces procedentes de adversarios periodísticos le acusaban de haber pillado la perra con el asunto, de publicar demasiadas notas denunciando la situación. Y contestó, en la sección humorística -porque allí, y no en otro sitio, fue donde más se habló del lío-:

Yo no he cogido la perra
con esa Casa del Mar.
¡Lo que falta ahora es tierra,
para poder navegar!

Situación de las obras de la Casa del Mar en 1975

Situación de las obras de la Casa del Mar en 1975

Tierra… y papel. En 1974 la cosa seguía estancada, el Ministerio de Vivienda no daba señales de vida y, para cuando las dio, ya entrado el verano, resultó que faltaba la aprobación del Ministerio de Trabajo. Llegó en verano, por fin. La adjudicación de las obras, por subasta, se haría en dos semanas, decía el rumor. Obviamente, no fue así. Con una tasación de 85 millones de pesetas, los meses fueron pasando y, como en una escena digna de vodevil de puro surrealista, cuando finalmente se presentó… quedó desierta. Aquello ocurrió, aunque sería mejor decir que no ocurrió, en noviembre del 74, y habría que esperar al año siguiente, con una nueva licitación de 100.709.280 pesetas, para que alguien asumiera la obra en aquellos terrenos del Arbeyal en los que -por si a alguien se les había olvidado- seguía viviendo gente en chabolas (aunque ahora ya solo diecisiete, cuatro ellas de una sola persona).

La Casa del Mar en 1976

La Casa del Mar en 1976

¡Y no poca cola trajo el tinglado de las chabolas! Los vecinos de aquella barriada tenían trabajos en la ciudad e hijos escolarizados en los colegios del barrio; y hasta una guardería infantil gestionada por la asociación Gijón, una ciudad para todos, razones ambas suficientes para que se generase en toda la ciudad un sentimiento de simpatía por los chabolistas. Fueron desalojados el 14 de abril del 75 -estaba previsto hacerlo el 13, pero ya se sabe…-, a cambio de una indemnización (125.000 pesetas las familias, 75.000 los individuales) o el alojamiento en unas casas que estaban construyéndose en La Tejerona. Aquel día, seis camiones del Ayuntamiento se cargaron con los enseres de las familias para transportarlos a un bloque de pisos en El Natahoyo que haría las veces de vivienda temporal de los chabolistas. No estaba por durar la paz, porque como un año y medio después, precisamente cuando ya estaban acabándose las obras de la Casa del Mar, estalló la polémica. La gente hablaba. Y no para bien. Que si había cristales rotos, que si los vecinos estaban acabando con el bloque, que si usaban las bañeras para hacer fogatas… EL COMERCIO llegaría a hacer un extenso reportaje sobre la polémica, con visita guiada incluida a una de las casas de los ex chabolistas y las denuncias de réplica de los mismos, que aseguraban que los pisos les habían sido concedidos sin que estuviera garantizado el suministro de luz y con los ascensores sin las puertas puestas.

Sea como fuere. Los primeros días del mes de abril de 1977 las obras del edificio de la Policlínica, por fin, finalizaron (quedaban por construir las escuelas), aunque no medió inauguración oficial que honrara a un edificio ya maltratado antes de nacer. “En la avenida de Eduardo Castro, yendo por la carretera de El Musel, entre la gasolinera de Jove y los Astilleros Riera, denominado “El Arbeyal”, se encuentra ubicada la ambiciosa obra del Instituto Social de la Marina”, anunció el 16 de agosto EL COMERCIO. Un salón de actos de 234 personas, biblioteca, comedor, cocina y bar restaurante, lavandería y sala de máquinas ya habían entrado en funcionamiento aquel verano en la parte dedicada al Hogar del Marino; estaba preparándose, para octubre, la apertura de la Residencia de Estudiantes de Náutica y Náutico Pesquera, de 80 plazas, y las oficinas de la Delegación Provincial del Instituto funcionaban desde mayo. Ahora, en octubre, se abría la Policlínica. Para la asistencia sanitaria de los afiliados en activo o no de la Seguridad Social de los trabajadores del mar -el Principado no asumió de pleno sus competencias en el edificio hasta 2006-, la Policlínica había tardado en llegar, pero lo hacía ahora con honores: era, en la fecha, la más importante del Instituto en España, con tres plantas dedicadas a todo tipo de especialidades médicas.

casadelmar1977

La Casa del Mar cumple, así, cuarenta intensos años de vida en un Gijón que ha sufrido tantos cambios como ella misma. En el año 2002, llegó a sus jardines el “Nuevo Firio”, una motora merlucera de 1985 y casi 12 toneladas brutas de peso que se había quedado huérfana tras la jubilación de su armador, Manuel Marqués. Aunque para gran número de gijoneses -sobre todo los de cierta edad- su imagen ha quedado inexorablemente unida a la del establecimiento, realmente no llegó a estar allí ni una decena de años. Fue desmontada hace más de un lustro, herida de muerte por la podredumbre de la madera. Sonríe uno al pensar que la barca duró en pie frente a la Casa del Mar casi, casi, tanto como años tardaron en cuadrar los papeles para que esta pudiera ser construida. ¡Burocracias!