Hace noventa y cuatro años, Francisco Franco y Carmen Polo contrajeron matrimonio en Oviedo en un enlace desigual: ella, de familia aristocrática, se casaba con un hombre sin pedigrí, pero encumbrado por la opinión pública por sus éxitos militares en África.

El lunes 22 de octubre del año 23 Oviedo amaneció soleado en calles y parques; en plazas y en avenidas y en todas las esquinas y rincones salvo en uno: el del gesto con el que se había amanecido, en el 44 de la calle Uría, el abogado Felipe Polo. El momento, postergado mil veces, había llegado: su hija mayor se preparaba ya, en su algodonada habitación de soltera y entre el cacareante murmullo de hermanas, primas y tías, para casarse con un hombre de ralea tan baja como su propia estatura. A Francisco Franco, en la capital, lo llamaban “El Comandantín” y a Polo, aristocrático viudo de la ‘socialité’ ovetense, le hacía más bien poca gracia que hubiera venido a casarse con la que, además, consideraba la más guapa de todas sus hijas.

Quizás hubiera mirado poco por ellas, pensó. Ramona Martínez-Valdés, la madre, había muerto tres años antes de que “El Comandantín” llegara a la vida de su hija y él, demasiado ocupado como para mirar por su pléyade de niñas, contrató institutrices que llenasen la ausencia de Ramona y envió, en una apuesta casi segura por la ‘pietas’ de Carmina, a la mayor a estudiar con las Salesas.  Pero todas las apuestas, por menos arriesgadas que sean, pueden perderse. De la promoción de Carmina, de veintidós niñas, catorce salieron monjas. Ella, por el contrario, se encontró a un militar gallego por la calle Uría, y con ello cambió su historia. Y la de España, también.

Pocos historiadores han sido amables con la figura de aquella muchacha que, hace ahora noventa y cuatro años, se vistió de blanco para casarse en la iglesia de San Juan el Real con un militar al que su padre no quería. “Era una persona que se llegó a creer que era la dueña de España”, diría de ella, ya en 2001, el hispanista inglés Paul Preston, “por el hecho de estar casada con quien estaba casada”. Porque, si cuando había conocido a Franco apenas si era ese “comandantín” llegado a Asturias para sofocar la huelga del 17, que olía a poca cosa por parte de los Polo y, aún más, de los rancios parientes Vereterra de Carmina por parte materna, ya en el 23 la cosa había empezado a cambiar. Ellos, los familiares de Carmen, siempre habían mirado por encima del hombro a Franco, poco atractivo, de voz de pito -parece ser que por causa de una inoportuna sinusitis- y de raíces más que poco recomendables. Hijo de un hombre alcohólico, mujeriego y maltratador; hermano de otro que no hacía ascos, al menos, a las dos primeras condiciones del anterior, Franco había vuelto sin embargo, plagado de méritos de su última incursión en África, donde había sido llamado -y esa fue una de las razones por las que la boda se hubo de posponer- por Millán Astray para reorganizar la Legión. Ahora, el “Comandantín” se presentaba en Oviedo con una carta de recomendación del mismísimo Alfonso XIII, Rey de España. No lo dirían por si sonaba demasiado a gijonesazo, pero, de golpe y porrazo, Franco se había convertido en un “comandantón”. El braguetazo comenzaba a cambiar de bando.

Muestra de ello es que al día siguiente del magno evento, al martes, EL COMERCIO abriera portada con la noticia de que se hubieran celebrado los desposorios… de él, no de ella. “La boda del jefe del Tercio”, se anunciaba, había hecho congregar en Oviedo a una enorme multitud que, agolpada desde el hotel París, frente al Campo de San Francisco, hasta San Juan el Real, quería ver más al novio, aquel gallego pequeñito que acababa de recibir la Medalla del Mérito Militar de manos del rey, que a Carmina, garza ella, cubiertita de flores de azahar. Al otro lado del tablero, sin embargo, Franco seguía siendo para los Polo quien siempre había sido, por más que ahora las circunstancias les obligasen a arrugar menos la nariz; y quien llevó al altar del brazo al del Ferrol fue Ramona Martínez-Valdés, la tía de Carmina, no la propia madre de Franco, otra Pilar pero de apellido menos ostentoso: Bahamonde.

Que, además, fue de las pocas de la familia del novio en asistir al enlace en Oviedo. Rumoreaban las malas lenguas que Pilar Franco, la hermana del contrayente, no había asistido por sus malas relaciones con la familia de Carmina; Nicolás y Ramón, los hermanos, alegaron responsabilidades laborales ineludibles; el abuelo, Ladislao, estaba demasiado mayor, y del padre, residente a la sazón en un pisito de Fuencarral con su amante, con la que convivía desde hacía ya años, mejor ni hablar. Nada que viera, de puertas afuera y bajo un simbólico manto de oropeles, el pueblo agolpado a las puertas de la iglesia de San Juan. Pero sí Felipe Polo. Él, que tanto se había opuesto al enlace -aseguraba, según afirma, ya nonagenaria, Margaritina Suárez-Pazos, prima de Carmen Polo y, en la boda, niña de arras, que el abogado opinaba que casar a su hija con un militar africanista era, poco más o menos, como casarla con un torero: ¡podía morirse en cualquier momento!-, tampoco pudo ser siquiera padrino. El honor le tocó a Antonio Losada, gobernador militar de Asturias, en representación del mismísimo Alfonso XIII.

Los Polo podían presumir de rancio abolengo; “el Comandantín”, de contactos. Se casó vestido en el traje de campaña de la Legión, con condecoraciones hasta las cejas (llevó cuatro: la Cruz del Mérito Militar, recién concedida; la placa de María Cristina; la medalla del Mérito Militar y hasta el bastón de gentilhombre, también de estreno); y, mientras que los testigos de ella fueron ilustres familiares; los de él, sendos marqueses: el de Vega de Anzo y el de la Rodriga. Aquella mañana –“mañanita”, la solían llamar los enamoradísimos contrayentes en las entrevistas posteriores-, entre espárragos de Aranjuez y solomillos a la Perigord, servidos con esmero por las criadas del 44 de Uría, cambió el rumbo de dos familias radicalmente distintas y también, dicen algunos, el del propio país. “Carmen Polo”, afirmó en su día Paul Preston, “hubiera podido influir en su marido para bien y, en cambio, no lo hizo.”

“Esta es la peor condena que le puede dictar la historia”, sentencia, tajante, el inglés. En un documental realizado ya va para tres lustros sobre la figura de la que la historia renombraría como “La señora de Meirás” o, de forma considerablemente más despectiva, “La Collares”, Margaritina Suárez-Pazos narra una anécdota una década posterior a la boda que, contemplada con el paso del tiempo, casi estremece. Dice: «(…) Salió mi abuelo y dijo: “Ay, Paquín, por Dios, da un golpe (…) Da un golpe, por Dios, Paquín, tú que eres tal, que todos te consideran tanto, da un golpe de estado. No podemos vivir así”. Y contestó él: “La gente todavía no está para golpes. Tienen que sufrir todavía más.”» ¡Vaya con el “Comandantín”!