En enero de 1924, el caso de un ambulante fugado con varios miles de pesetas en valores de Correos salpicó a la villa de Jovellanos. Gran parte de los pliegos robados por el agente, que planeaba montar una sala de fiestas en Buenos Aires con todo aquel dinero, procedían de la Administración gijonesa

 

Ella, que no había salido de Madrid en su vida, llegaba ahora a la estación de El Havre con un nudo en la garganta y la sensación de traicionar al hombre en quien decidiera confiar, por las bravas del amor, tan solo días atrás. No podía decirse que lo de haber tomado el expreso a Hendaya, y los trenes que siguieron, aquel once de enero de 1924 había sido una decisión meditada. A Paz Sánchez, impresionante mujer de rizo al agua y faldas por la rodilla -para la época, el escándalo-, la habían convencido las promesas de Pepe Soto y la insistencia de Trabazo. ¿Quién no haría caso a quien, posponiendo todos sus compromisos, había accedido a acompañarla a El Havre en persona? Cuando Paz llegó a la estación, Pepe la esperaba con un ramo de flores en la mano y la sonrisa, espléndida, en la cara. No le dio tiempo a abrazarle. Trabazo ya se había abalanzado sobre él, esposas en mano.

Se puso así fin a una búsqueda de casi dos semanas. Todo había empezado los últimos días del año 1923. Pepe Soto, galán recién casado de bigotito fino y maletín en ristre, los había pasado en Gijón,en cuya Administración de Correos, y en la de Oviedo, había de recoger valores por valor de más de 50.000 pesetas y otros pliegos similares que, según dirían las malas lenguas pero no las autoridades, ascendían a casi 400.000. Una barbaridad. Soto, ambulante por dedazo de su padrastro, a la sazón jefe de la Administración madrileña, solía desplazarse a la villa de Jovellanos cada semana para recoger los valores sobrantes, un trabajo que requería confianza pero también control. En el caso de Soto, este venía representado por el de sus compañeros Rubio y Sánchez, cuyo principal peso en esta historia, si nos fiamos de la prensa de la época, venía dado por un atolondramiento de libro.

Porque no habían notado nada. Ni antes, ni después. Ni en el nerviosismo de Soto al iniciar el viaje ni durante su estancia en la fonda El Pasaje, la habitual; y, por rematar, tampoco cuando les había dicho, ya de vuelta a la capital y a la altura de la estación de Villalba, que había reparado en la presencia de dos amiguitas en el vagón  de primera clase y que se iba a saludarlas. Con su maletín, por supuesto. Nunca se separaba de él; hubiera sido raro lo contrario. En la saca de valores, bien protegida por Rubio y Sánchez, estaba todo aquello que estos no tenían que perder de vista.  O eso creían. Porque para cuando llegaron a Madrid Soto seguía sin aparecer, y razonable que no lo hiciera: no había dejado dentro de la saca valor alguno. Rubio y Sánchez -fulminantemente despedidos de empleo y sueldo cuando dieron noticia del trasunto a sus jefes- se habían pasado horas protegiendo un saco lleno de papel de periódico… y peras.

Muchas peras. Que no olerían demasiado como para advertirles del cambiazo, claro. La cuestión es que Soto había puesto ya pies en polvorosa, que probablemente no fuera a hacerlo solo -proverbial entre todos quienes le conocían era la afición del ambulante por las mujeres- y que con quien fuera que hubiera huido no era ni su esposa, ni nadie que hubiera pasado con él la noche en El Pasaje. ¿Con una gijonesa, tal vez? Los periódicos  abrieron el nuevo año con esa especulación, pero también con otras muchas. Decían en El Pasaje  que Soto era íntimo de una bella francesita;  apuntaban muchos a que era una mujer la culpable -¡ni que no fuera Soto en persona el que se había largado con los valores!- de la estafa, que había seducido al buen administrador…

La teoría de la femme fatale contra los valores de correos hizo aguas pronto. El cuatro de enero, la prensa publicó la detallada confesión de Antonio Fernández, funcionario del Instituto Geográfico y Estadístico y buen amigo de Soto. Este, aseguraba, le había encargado la compra de un billete de primera con cama a París (en realidad era a El Havre) para Paz Sánchez, una camarera ingenua que, seducida por las buenas palabras de Soto, se debatía en si abandonar su tierra natal para partir a la aventura con el ambulante o darle calabazas. Durante los días siguientes, precisamente cuando Soto ya había dado  pera por liebre a la administración, Fernández hizo todas las gestiones para que Paz pudiera irse, sola en el tren rápido de la mañana, al encuentro de su amante: en la calle del Arenal le compró el billete, le arregló la expedición del pasaporte y hasta la acompañó a comprar una maleta y… ropa interior.

Aquello despertó las alarmas. De los investigadores y del público, ansioso por hallar la resolución de un caso que se había convertido en la comidilla del año, pero no de las de Paz, poco aficionada a leer los periódicos. Tan solo un par de días desde la confesión de Fernández tardó Trabazo, un agente de la autoridad, en trabar relaciones de amistad con la camarera, en hacer que confiase en él tanto como para aconsejarle en cosa de amores y convencerla de que, a pesar de que Soto le hubiera sido infiel tantas veces (la última, ¡incluso casándose con otra!), le quería bien y merecía que ella abandonase España por él. Allí, en El Havre, ambos cogerían un barco a Buenos Aires y emprenderían una nueva vida. Si Paz tenía miedo, Trabazo, ¡qué duda cabe!, la acompañaría, y también llevaría a otro compañero más de vagón para que nunca se quedase sola. Castro, otro agente de paisano, se sumó a la misión el día ocho, a primera hora de la mañana. Una vez montados en el tren de Hendaya a El Havre, cantaron: estaban allí para que ella les condujera al ladrón, no para ofrecerle amistad alguna.

El resto ya se conoce bien. A la llegada a El Havre, los dos agentes capturaron a Soto cuando este ya se dirigía a su amante para darle la bienvenida. Dejado y calamitoso, las ojeras y la barba de tres días indicaban que aquella semana en que había vivido como prófugo lo había pasado de todo menos mal. Confesaría, al cabo de un tiempo, que de Villalba se había ido a San Sebastián y que allí, hospedado a todo lujo en el Continental, se había hecho pasar por un agente artístico llamado José Planas. Lo segundo era mentira; lo primero, un deseo. Allí en Buenos Aires, también pensaba montar negocio, dedicarse a la noche y al tango y al charlestón. Con Paz siempre. No pudo ser. El rápido de Irún los devolvió a ambos a Madrid más pronto que tarde. En Gijón, el administrador de Correos, Ferrín Azorín, respiraba aliviado. ¡Menudo lío el del ambulante!