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No se puede decir que la mar no hubiera avisado. Llevaba haciéndolo varios días, chocando furiosa contra la barra de Sanesteban, agitada por un viento como no se había sentido nunca antes. Aquella tarde, la del 24 de febrero de 1927, fue la peor. Había amanecido tormenta y la mar, desprendiendo un intenso olor a salitre y metal, rugía como un monstruo dispuesto a engullir a todo aquel que osase violar sus dominios. No era día para navegar. La mar lo había avisado.

naufragioY no le hicieron caso. La razón, como casi siempre, fue económica. En el puerto de Sanesteban se esperaba, desde hacía tres días, la entrada del buque Retuerto, un coloso de más de setenta y cinco metros de eslora y más de dos mil toneladas de peso muerto, que había de recoger un cargamento de carbón de la Santa Bárbara. El temporal había impedido la operación, y desde entonces el Retuerto permanecía varado, improductivo, en Avilés, ante la impaciencia del consignatario. Eduardo Urain, el capitán del Retuerto, recibió con escepticismo la orden de intentar entrar de nuevo al puerto de Sanesteban en la mañana del 24, el peor de todos los días del temporal, pero la acató.

Que entrar a puerto aquel día era una locura lo sabían hasta los más humildes marineros de Sanesteban, apostados, a pesar de las inclemencias del tiempo, frente a la costa, curiosos por ver cómo Urain y su tripulación, que ascendía a veinte personas y una perra, Tula, conseguían la hazaña. El capitán, bien experimentado, no las tenía todas consigo, pero resultó que, tras un primer intento de abortar la entrada, brilló un rayo de sol. “Es el momento”, dijo Urain. “Entramos”. Lo hicieron ante la expectación general, con el buque dando tumbos, peligrosamente, tanto que, en el último viraje del coloso hacia el Este, como para regresar, cuando lanzó tres pitadas todos interpretaron que volvía a Avilés, que se despedía. Y en cierto modo, sí que lo hacía.

La tragedia

periodicoHorrible catástrofe marítima ocurrida anoche en San Esteban de Pravia”, titularía, al día siguiente, EL COMERCIO en portada. “Al tratar de ganar puerto, es arrastrado contra las rocas el vapor Retuerto, destrozándose rápida y totalmente”. Fue visto y no visto, cuestión de segundos. El reloj marcaba poco más de las cinco de la tarde cuando la mar se percató de la presencia del intruso y decidió engullirlo: una ola inesperada, de fuerza inusitada, golpeó al Retuerto, empujándolo contra las últimas rocas de la playa del Garruncho. El coloso se partió en dos a apenas cuarenta metros de la costa, la distancia más corta a tierra que un accidente de tales características había tenido jamás en la historia de Asturias. Todo se cubrió de silencio en el momento en el que el Retuerto comenzó a hundirse, destrozado, en el Cantábrico. Los pájaros, la gente apostada frente a la costa. Hasta la mar.

Ya era de noche en Sanesteban, casi las seis de la tarde. Los trabajadores de la Estación de Salvamento, impactados por la tragedia, lanzaron no pocos cabos de salvamento hacia el rompeolas, tratando de salvar a la veintena de marineros que, braceando desesperadamente, intentaban llegar a costa haciendo frente a la furia de las olas. No sirvió de nada. Ya había muerto José Benito Hucha, el fogonero, a quien el palo mayor había golpeado al caer; y los intentos de llegar a tierra haciendo uso de los botes salvavidas no fueron fructíferos: la marejada los partió tan pronto como tocaron agua. Sólo Edelmiro Lago, el cocinero, y Manuel Algorri, alias Ferrol, el primer maquinista, quizás los más fuertes, consiguieron nadar hasta la costa, luchando contra la fiera espuma de la mar y las olas que, insistentemente, intentaban arrastrarles mar adentro. Sólo Edelmiro consiguió salir del mar, desnudo –la marejada le había arrancado la ropa-. Ferrol anduvo cerca, llegando a sujetarse a uno de los cabos, y hubiera sobrevivido de no haber sido por una ola traicionera, a destiempo, que empujó su cuerpo, vivo pero inerte ante la fuerza de la mar, contra el pedrero. Tenía cincuenta años.

Más muertos que responsables

¿A qué se debió la catástrofe del Retuerto? La tragedia ponía en el punto de mira a las autoridades portuarias, incapaces de evitar el accidente pero tampoco eficaces a la hora de salvar a los tripulantes del buque. El Gobernador Civil, que no asistió a Sanesteban hasta un par de días más tarde –“pensaba ir”, declaró a la prensa, “pero sucede que esta tarde tengo convocada a la Junta de Transportes y esto me obliga a aplazar el viaje veinticuatro horas, así que probablemente vaya mañana”-, echó balones fuera, culpando a la inexperiencia del personal de Salvamento. “Podrían haber utilizado los cañones lanzacabos para salvar a la tripulación”, sentenció, apresurado. “Dicen que hicieron uso de esos cañones”, le contestó el periodista. Silencio. Salida rápida: “¡Pues entonces, lo más probable es que no hayan sabido utilizarlos!”.

Lo cierto, sin embargo, es que al menos los medios de comunicación sí alabaron el trabajo de los equipos de salvamento, abocados a hacer frente a una situación dramática. A las pocas horas del accidente, el vaporcito Arnao, dirigido por dos prácticos del puerto de Avilés que se prestaron voluntarios, consiguió interceptar el único bote salvavidas que había sobrevivido a la tormenta, y en el que, ya sin fuerzas para luchar contra la marea, iban el contramaestre, Diego Santiego, y el marmitón, José Liquerica. No pudieron salvar a más tripulantes.

Tres años después de la tragedia, el periódico madrileño La Libertad criticaba la ineficacia de las autoridades en casos como el del Retuerto. Las viudas y huérfanos de los tripulantes fallecidos –sólo pudieron recibir sepultura Bernardino Cores, el palero, cuyo cadáver fue encontrado a principios de febrero en Salinas, y León Santa Olaya, el segundo maquinista, que apareció poco después cerca de la peña de La Guardada- seguían sin pensión y sin Montepío. Roso de Luna, el reportero, atacó sin dureza a quienes, a pesar de tanto darse golpes de pecho con la idea de España, dejaba languidecer a su suerte a quienes cada día arriesgaban su vida en la mar por levantarla. “Siempre estamos hablando de patria y de patriotismo”, escribe, “pero ha de saber usted, si es que aún lo ignora, que los pobres marinos mercantes, cual los naufragados en El Garruncho, tienen, por todo tener, unos sueldos irrisorios para mal comer y vestir con decoro.”Por humanidad, por dignidad nacional, por el más elemental deber de justicia, esto no puede seguir así.”

Pero siguió así. Claro que siguió. Una situación enquistada y obtusa, injusta y tan suicida como la perra Tula, la tripulante número veintiuno. Apareció el día 25, ensangrentadas las patas y lacerado el cuerpo de haberse dado golpes contra las rocas, sobre una de las rocas de La Guardada, ya a salvo en tierra y mirando, al soniquete de un lloriqueo, al lugar donde el Retuerto se había estrellado. Cuentan que hubo que atarla para sacarla de allí, porque se tiraba a morder si alguien intentaba separarla de la mar, ya en calma. El 25 brillaba el sol sobre Sanesteban. Nuberu había saciado su sed.

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Víctimas (y supervivientes) de la catástrofe del Retuertu

 

  1. Capitán: Eduardo Urain Beristain (43 años), desaparecido en el mar.
  2. Primer maquinista: Manuel Algorri (50 años), desaparecido en el mar.
  3. Primer oficial: Luis Trigueros López (24 años), desaparecido en el mar.
  4. Segundo maquinista: León Santa Olaya (46 años), cuyo cadáver apareció el 4 de febrero en La Guardada.
  5. Carpintero: José Sánchez Riveiro (29 años), desaparecido en el mar.
  6. Marinero: José Arufe (35 años), desaparecido en el mar.
  7. Marinero: José Manuel Fernández (22 años), desaparecido en el mar.
  8. Marinero: Manuel Ferrer Fernández (25 años), desaparecido en el mar.
  9. Fogonero: Santiago Martínez Lago (19 años), desaparecido en el mar.
  10. Fogonero: José Benito Ucha Villanueva, desaparecido en el mar.
  11. Marinero: José Benito (19 años), desaparecido en el mar.
  12. Palero: Cándido Ucha Villanueva (18 años), desaparecido en el mar.
  13. Fogonero: Manuel Lorenzo Fraga, desaparecido en el mar.
  14. Marinero: Bernardino Cores Ríos (25 años), cuyo cadáver apareció el 8 de febrero en Salinas.
  15. Camarero: Paulino López (20 años), desaparecido en el mar.
  16. Calderero: Andrés González Pérez (30 años), desaparecido en el mar.
  17. Cocinero: Luciano Urrutia Garaizar, desaparecido en el mar.
  18. Contramaestre: Diego Santiago Gallego, salvado cuando iba a la deriva en un bote de salvamento.
  19. Marmitón: José Liquerica, salvado cuando iba a la deriva en un bote de salvamento.
  20. Cocinero: Edelmiro Lago Santiago, llegó a nado a la costa.
  21. Perra Tula.
  22. Mayordomo: Cesáreo Villanueva García, no llegó a embarcar por presentarse a los exámenes de patronos de cabotaje en Xixón.
  23. Ayudante de máquinas: José Domínguez, que estaba de permiso.
  24. Agregado: Wilfredo Ismael Alvarez (18 años), no embarcó por encontrarse enfermo; murió el 17 de marzo