El Portal de Archivos Españoles (PARES) alberga, digitalizado, el proceso de fe contra el gijonés José de Tineo, bígamo confeso y francmasón que denunció ante el Santo Oficio la pertenencia a la “herética institución” del mismísimo infante Felipe I de Parma, hijo, hermano y padre de reyes.

Firma de José de Tineo

Firma de José de Tineo

25 de junio de 1747. José de Tineo se presenta, azoradísimo pero hecho un pincel, en la casa y posada del inquisidor Juan Baltasar de Loaria. Joven -apenas si supera los treinta años-, buen mozo  y, eso sí, con el cuello desfigurado por un disparo que, meses atrás, había estado a punto de matarle, José de Tineo se presenta como lo que parece. Militar de alto rango, a pesar de su juventud: teniente coronel de infantería del regimiento de Toledo y capitán de granaderos; descendiente de rancio abolengo asturiano; él mismo gijonés de nacimiento, ovetense de adopción y trotamundos gracias a la milicia; y… bígamo. Un pecado censurable por la Santa Inquisición que Tineo, acosado por el sentimiento de culpa, ya no puede ocultar más.

Juicio de la inquisición

Juicio de la inquisición

Así empieza la historia que, a lo largo de ciento cuarenta páginas de proceso, se va desgranando en uno de los informes recientemente digitalizados por el Portal de Archivos Españoles (PARES) en su fondo relativo al Consejo de la Inquisición. José de Tineo era hijo de José Antonio de Tineo y Jove, regidor perpetuo de la villa de Gijón, y de Margarita de Tineo-Hevia y Fuertes. Sobre su familia comenta Abol-Brasón (2011) que pesaban sospechas más que fundadas de proceder de judíos conversos y ahora, cuando ya comenzaba a olvidarse el tema y a mitigarse la deshonra que ello suponía, José de Tineo levantaba la liebre: se había casado dos veces, falsificado documentos para ello y, además, durante su estancia en Francia se había hecho masón.

Felipe de Parma

Felipe de Parma

¡Acabáramos! No eran moco de pavo las penas previstas por el Santo Oficio para con tales delitos, y José de Tineo habría de proporcionar a los inquisidores buenas peras en dulce para librarse de ellas. Pero tiempo al tiempo. Comencemos por el principio, por la confortable vida en Asturias del bohemio teniente coronel. Nacido en Gijón allá por 1716, en la que estaba por ser villa de Jovellanos -ilustrado con el que, por cierto, emparentaría, años después, la familia de nuestro protagonista-, aprendió a leer y a escribir con el maestro apodado “Rochero”, y la gramática en Oviedo, con Thomás Vernes. En su destino estaba el dedicarse a la Iglesia, a la administración o al ejército, como no podía ser de otra manera en su familia, y a él le tocó lo tercero: en su adolescencia partió ya, como cadete, a las guerras que libraba el primer rey Borbón, Felipe V, en los estados italianos que se habían perdido tiempo atrás en Utrecht, al finalizar la guerra de Sucesión.

Allí consiguió el rango de capitán pronto, a los veinte años. Es entonces cuando se acaba la Historia con mayúsculas y principia el culebrón: en Milán, el joven Tineo cayó rendido a los pies de la bella Francisca de Lenoir, una dulce viuda, hija de flamenco y francesa, que le correspondía en amores, pero no en clase social. Eso era, al menos, lo que pensaban los tíos del chaval, Juan y José Antonio de Tineo, respectivamente mariscal de campo y teniente general de los ejércitos del Borbón. Tanto fue el encaprichamiento de José con la francesa que lo mandaron a Lérida, a la cárcel castillo, para impedir la unión… y no lo consiguieron: allí comenzó José de Tineo a hacer gala de su proverbial labia para convencer a quien hiciera falta de ayudarle en su deseo; y, finalmente, el 21 de abril del 36 se casó con la Lenoir, por poderes.

Portada del auto de fe contra José de Tineo (1747)

Portada del auto de fe contra José de Tineo (1747)

No hubo nada que hacer. Francisca Lenoir, a quien en España comenzaron a conocer como “la madama Tineo” por razones obvias, hizo vida marital con su esposo de forma pública y notoria, pariendo dos críos que, desgraciadamente, murieron muy pronto, antes de que Tineo volviera a marcharse a Italia. En 1741, cuando eso ocurrió, “madama Tineo” se encerró en el convento de las Jerónimas, para paliar una soledad que se alargaría a un lustro. El gijonés no volvió a España hasta 1746. Ese año le pegaron un tiro en el pescuezo que, milagrosamente, no le mató, pero sí le inhabilitó para seguir combatiendo. Derrotado y débil por las heridas, regresó para encontrarse a su mujer postrada en la cama, amarilleada la piel por una enfermedad a la que pocos sobrevivían y asediada por las fiebres.

Como fuera que a la “madama Tineo” le quedaban dos telediarios, José la dejó a buen recaudo en su casa de Barcelona y partió a la capital, a hacer todo el papeleo necesario para que le fuera asignada una pensión correspondiente a los nuevos rangos militares obtenidos en el extranjero. Y pasaron las semanas. De Barcelona no llegaban noticias y Tineo, alojado en la madrileña calle de San José en casa de una viuda pudiente, Josefa Carrillo de Albornoz, comenzó a fijarse en la sensual -y jovencísima- hija de su casera. “Después de algún trato”, se puede leer en la exposición de motivos del auto de fe, “se sintió este declarante con pasión tan ciega que no hallando otro medio de lograrla” -y sí, se refiere a lo que está el lector pensando- “prometió casarse con ella”. Así fue que quedó olvidada “madama Tineo”. Él, aseguraba, pensaba que su primera esposa había muerto, pero de que no tenía constancia alguna de ello da fe que, para casarse con Luisa Hoces, la hija de Josefa Carrillo de Albornoz, tuvo que hacer uso de la maña de uno de sus criados para sacarse de la manga el certificado de defunción, por supuesto falso, de la Lenoir.

Relación de bienes incautados (entre los que figura una virgen de Covadonga) a Tineo (1747)

Relación de bienes incautados (entre los que figura una virgen de Covadonga) a Tineo (1747)

El embrollo se acabó descubriendo pocas semanas más tarde. La feliz pareja de recién casados partió a Gijón al poco tiempo, aunque José de Tineo, quizás previendo que sus conocidos se percatasen del pastel, dejó a Luisa alojada en Olloniego. En la villa, por medio del Marqués de San Esteban, recibió una carta de su tío Francisco, el único que no se había opuesto a su matrimonio con la Lenoir, confirmándole que “madama Tineo” estaba viva y más que viva: recuperada de su dolencia, le aguardaba, ansiosa, en Barcelona. Catástrofe total. A Tineo “se le volvieron las heridas, se le excitaron las tercianas” y, como alma que lleva en diablo aunque con algún que otro encuentro marital intermedio con Luisa antes de confesarle el tema, decidió autoinculparse ante el primer inquisidor que se encontrase.

Y eso ocurrió en Valladolid. Allí se alojó en el monasterio de San Benito; se presentó, lloroso y descompuesto, ante Loaria y se dejó regañar. Nota curiosa en el auto de fe que a partir de entonces se le expidió es que, en la relación de bienes que le son embargados antes de entrar en lo que hoy llamaríamos “prisión preventiva” figuran peluquines, libros, una chocolatera, coquetos espadines, todo tipo de prendas de vestir… y una figurita de la virgen de Covadonga. Y  en fin: después de desgranar su vida y obra; de afirmar que había sido el demonio y su sensualidad lo que le había llevado a desear a Luisa con tanta fruición y de arrepentirse mil veces, acabó por confesar un detalle que se le había olvidado en toda la historia: su condición de masón… y su conocimiento, con nombres y apellidos, de otros cuarenta más.

Familiares de Felipe V

Familiares de Felipe V

Un pago más que sobrado para eludir las penas previstas por la Inquisición ante el delito de bigamia. A lo largo de los siete pliegos que le son entregados para que haga memoria de su experiencia como masón, Tineo desgrana sus supuestos contactos con lo que entonces se consideraba sociedad herética y llega a apuntar como pertenecientes a su logia a otro asturiano, Lucas de Navia; a dos capellanes; a un capitán de dragones de Frisia; al teniente de granaderos del regimiento de Dunan e, incluso, al infante Don Felipe de Borbón. Hoy conocido por el cargo de duque de Parma que ostentó después, era hijo del por entonces ya fallecido Felipe V, el primer rey de España de la dinastía; medio hermano del sucesor de este, Fernando VI; y sería padre de María Luisa de Parma, futura reina de España por su matrimonio con Carlos IV. Y masón de los que, según Tineo en su confesión, decían “pleure!” al hablar de su congregación para avisarse entre ellos que estaba presente alguien que no convenía que se enterase de su condición.

¿Fue cierto o tan solo una estrategia de Tineo para librarse, o atenuar, al menos, parte del castigo que le correspondía por la bigamia “producto de su sensualidad”? ¡A saber!