Antonio y Bernardo frente al helicoptero siniestrado

Antonio y Bernardo frente al helicoptero siniestrado

Los Picos de Europa esconden tantas bellezas como tragedias entre sus rocas. Lo escarpado de sus perfiles, los metros de pura piedra que se elevan, orgullosos, sobre el suelo y las simas que lo rompen en dos, acompañado, todo ello, de una climatología no poco traicionera, ha propiciado que sinfín de tragedias, a veces jamás resueltas, marquen a hierro y fuego su leyenda.

Ya lo dijo el veneciano Bartolomeo Fontana en el siglo XVI: que Asturias, con su verde de montes y con su negro de minerales, y con sus riscos y sus acantilados, y con el sol que ilumina sus bellezas, pero también la niebla que cae sin aviso previo sobre el caminante para impedirle ver, y la lluvia para helarle los huesos, y la noche que llega y el lobo que aúlla en medio de ella, era «pur bella», pero también «pur dura». Lo sigue siendo. También lo es, aunque traspase sus fronteras, la cordillera de los Picos de Europa. El dramático hallazgo de los cadáveres de los tres montañeros zamoranos desaparecidos desde el 22 de abril, cuando trataban de llegar a la cumbre del Pico Pozán por el espolón del Jisu, ya en Cantabria, no hace sino sumar más vidas a la larga lista que guardan para sí las silenciosas rocas del macizo. Recordemos aquí, hoy, algunas de las trágicas historias que más marcaron su leyenda.

 

Tragedia en tierras cántabras

Heather Patterson, espeleóloga inglesa que cayó cien metros abajo en una sima en la cueva de hielo de la Peña Castil-Carna en el verano de 1982, no desapareció, irónicamente, hasta que la rescataron los efectivos de la Guardia Civil. El aparato en el que viajaban, un impresionante helicóptero Messerschmitt que había salido de Gijón en cuanto se tuvo noticia de los problemas de la joven, se dirigía a Santander tras haber conseguido salvar a la muchacha, que requería atención médica urgente en el Hospital de Valdecilla, cuando se perdió su rastro. Desapareció, simplemente. Habían oído el ruido de sus motores entre Santillana y Ubiarco a eso de las doce de la noche, más o menos cuando un frente de nubes que se aproximaba desde el Oeste cubrió el cielo.

Los encontraron al día siguiente, el aparato destrozado y sus cuatro ocupantes muertos en las proximidades, en la sierra de Andara, en Sotres. Perdieron la vida dos capitanes de la Guardia Civil, Bernardo Pérez y Antonio Hidalgo; Pedro García, del Grupo de Montaña de Potes, y la propia Heather, que apenas si contaba dieciocho años a sus espaldas. El funeral, celebrado frente al director general de la Guardia Civil y el ministro del Interior, Juan José Rosón, se celebró en el patio de la 652 Comandancia de la Guardia Civil de Gijón y fue, a tenor de las crónicas de prensa de la época, multitudinario.

Funeral en Gijón

Funeral en Gijón

Setenta y dos días permaneció desaparecido, en 1983, el madrileño Victoriano Manzanares. Había prometido volver en pocas horas a por su mujer, poco amiga de las alturas y que había preferido permanecer en el coche «haciendo ganchillo» (lo cuenta EL COMERCIO del primero de noviembre de aquel año) cuando este le propuso tomar el teleférico de Fuente Dé para pasear entre los peñascos. La niebla lo cubría todo y, aquella tarde, Victoriano no regresó. Más de dos meses más tarde, después de que la Guardia Civil y la Cruz Roja peinasen la zona varias veces, unos montañeros encontraron su cadáver en el Hoyo sin Tierra, poco más allá de la estación, sepultado por la nieve.

 

Germán Quintana

Germán Quintana

Misterios paralelos en el Junjumía

Están a punto de cumplirse treinta años desde que el niño Germán Quintana desapareciera, sin dejar rastro, en una excursión organizada por el Grupo de Montaña del colegio Loyola, donde estudiaba. Tenía trece años de edad cuando dos montañeros le vieron por última vez, cerca del Pozu del Alemán, tranquilo y afable, descansando, sentado, bajo un árbol. Aquel día, siete de junio del 87, no había inclemencias meteorológicas ni la ruta seguida por los críos del Loyola era particularmente peligrosa, pero el caso es que Germán nunca volvió a reunirse con su grupo, que le había adelantado para subir al mirador de Ordiales.

No dejó rastro. Ni un trozo de tela, ni unas gafas, ni nada que diera a los investigadores una pista fiable sobre su paradero. ¿Qué fue del pequeño Germán? Cinco días más tarde, el helicóptero de la Ertzainza, que colaboraba en la búsqueda con miembros del Grupo del Perro de Salvamento del País Vasco, se estrelló contra la falda del Picu Sohornín de la que regresaba a la base de Cangas de Onís. En el aparato, un Dauphin Sierra 365, viajaban siete personas y cuatro perros de salvamento; ninguno sobrevivió. Corsino Suárez, responsable técnico de Protección Civil del Principado y Juan Carlos Carraledo, el piloto, eran asturianos; el mecánico José Ramón Renovales, los guías caninos Joseba Zabala, Javier Gallastegui, Luis Ángel Díaz y Lourdes Verdes (que era, por cierto, la madre de Anne Igartiburu) y los perros Heni, Hator, Bizcor y Lon, vascos.

No se olvida la tragedia. Ambas. Germán jamás apareció y, de aquella, se dijo que la única explicación posible habría sido que el crío se desviase de la ruta establecida, que se perdiera y acabase por llegar a la muy peligrosa vereda del río Junjumía, desdibujada en ciertas zonas tras escarpadísimas pendientes de más de veinte metros de altura y a la que nadie, ni tan siquiera los más expertos, se atreve a acercarse.

Accidente del equipo de rescate

Accidente del equipo de rescate

Once años tardó en repetirse la tragedia, de forma tan paralela que asusta: a finales de noviembre de 1998, Miguel Panach, un soldado valenciano destinado por aquel entonces en el Cabo Noval y aficionado a la montaña, desapareció precisamente en la misma zona en la que Germán había sido visto por última vez: lo vieron caminando hacia el Colláu Gamonal y, después, ni se supo más ni se halló rastro alguno del joven, de veintidós años a la sazón. Las condiciones meteorológicas retrasaron las labores de búsqueda de Panach, o de su cadáver, a la primavera del 99 y, entonces, volvió a ocurrir.

Exactamente de la misma forma. El siete de junio del 99, el helicóptero en el que se movían el teniente Juan Milans del Bosch, el brigada Carlos Cancio, madrileños, y el cabo asturiano Higinio Canella, se estrelló en el Brañilín. Habían salido de Colmenar Viejo un par de horas antes, decididos a encontrar a Panach. No llegaron –ellos no, claro, pero tampoco nadie más- a encontrarlo, ni tampoco a Javier Ignacio Pérez, vallisoletano de 29 años que nunca volvió tras perderse en los Picos un año antes, en el 98. De él solo apareció la mochila. Las aguas del Junjumía, decididas y rabiosas al estrellarse contra los peñascos de Picos, siguen guardándose para sí el secreto mejor guardado de la cordillera: el paradero de aquellos que nunca consiguieron regresar.