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El nueve de abril de 1944, la victoria ante el Betis en El Molinón hizo al Sporting ascender a Primera División por primera vez en su historia. Andrés Lerín, el guardameta que defendía la portería del equipo rojiblanco, escondía tras de sí una triste historia: su compromiso político anterior a la Guerra Civil había marcado, y marcaría, su carrera futbolística.

Fue de justicia que aquel glorioso domingo, nueve de abril del 44, El Molinón estallase en una ovación unánime cuando el balón, disparado por un oportuno cabezazo de Calleja después de haber sido sacado a córner por Armando, sobrepasó la red defendida por Bueno, el guardameta del Betis. Por varias razones: la primera, porque aquel día los béticos jugaron más que peor –por más que asegurasen que el Sporting tenía el viento a favor-; la segunda, porque los rojiblancos, que jugaban en casa, fueron muy superiores y, la tercera y principal, porque aquel tanto estaba por otorgar al Sporting el ansiado ascenso a Primera División por primera vez en su historia.

Se llamaban Lerín, Ceballos, Sión, Marculeta, Victorero, Tamayo, Calleja, Cervigón, Luisín, Vitín, Gutiérrez, Paladini, Mijares, Benigno, Armandín, Chipía, Cholo Dindurra, Gundemaro, Sansón, Adolfo y Liz los miembros de la plantilla que, dirigidos por el gigante Amadeo Sánchez (el mote se lo dio el casi 1,85 de altura que aquel nueve de abril le comenzaba a corvar ya la osamenta, coronada por una boina eterna), llevaron al Sporting a la gloria. Nunca se habló mucho de sus vidas, imposibles, por otro lado, de desgajar de la época que les tocó vivir. Especialmente la de Andrés Lerín, «el alifante rojo», que aquella temporada 1943-44 frenó 29 goles y cuya marcha del Gijón un año más tarde pasó incomprensiblemente desapercibida en la prensa local.

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Para saber por qué nadie habló del destierro deportivo de aquel navarro monumental que le sacaba media cabeza incluso a Amadeo (superaba el 1,90 de estatura, y de diámetro pectoral tampoco se andaba corto) hace falta remontarse a la contienda civil. Sus consecuencias las pagó Lerín toda su vida, antes y después de jugar en un Sporting que también había tenido que ser renombrado tras la victoria del bando sublevado, poco amigo de los extranjerismos y que impuso como nombre el poco querido por los gijoneses “Real Gijón”.

Porque, que sepamos, Lerín tuvo en su vida dos pasiones que acabaron por contraponerse, por molestarse y hacerse inviables juntas: primero, el fútbol; después, la política. Navarro de Jaurrieta aunque emigrado de crío a Aragón –no en vano, en Gijón le conocimos como «El Maño»-, Lerín debutó en el Tudelano a eso de los trece años, de guardameta, como no podía ser de otra manera dado su contundente esqueleto, y se haría famoso a principios de los años 30, como portero del recién consolidado Zaragoza. Allí, el primer equipo al que contribuyó a subir a Primera, lo conocieron como «El Brozas», pero la alegría duró poco. Llegó 1936 y a Lerín, por lo demás convencido defensor de la República, le pilló el estallido de la guerra en Hondarribia de vacaciones.

Desde Perpignan que, al otro lado de la frontera, le proporcionaba seguridad, comenzó a trabajar en una fábrica de explosivos para ayudar al gobierno republicano español –cuentan que estuvo alineado con la 43ª División, «La Heroica»-, jugó con el Badalona en los ratos libres y, no queda exactamente claro cómo, en el 39, cuando se perdió la guerra, acabó internado en el campo de Saint-Cyprien. Cuenta la leyenda que cuando las autoridades francesas detuvieron a Lerín en Marsella lo que intentaba, en vez de volver a España, era marcharse a Argentina, donde le habían ofrecido jugar en un equipo de primera división. No lo consiguió, pero allí, en Saint-Cyprien, no todo fue malo. A Blanca, su mujer, la conoció allí (ella era enfermera), y previsiblemente nuestro fútbol se hubiera quedado, en beneficio del francés, sin su particular «alifante» si no hubiera sido porque, en cosa de unas pocas semanas, estalló la Segunda Guerra Mundial.

Así que Lerín volvió a España. Una que ya no era la suya; en la que mandaban ya otros y se pagaba caro el haber comulgado con el anterior gobierno. El navarro acabó confinado en un campo de concentración en Reus y fue sometido a un juicio del que pudo salir con vida, pero con una sanción que le impedía jugar al fútbol durante seis años y que le señalaba como un individuo poco recomendable al que había carta blanca para marginar. De lo primero le libró un contacto, bien situado entre las filas de la derecha; de lo segundo era imposible escapar. Lerín volvió a pisar el terreno de juego en 1942, pero en el Real Zaragoza su compromiso político durante la guerra pesaba demasiado como para que volviera a ser el queridísimo «alifante» de antes: ahora solo era un «rojo» al que señalar e insultar.

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Abandonó. «Hasta los niños me llamaban rojo por la calle», reconoció años después. Zaherido, buscó otro equipo donde jugar, cuanto más lejos mejor. Así fue como llegó al Real Gijón. «Era mi única esperanza», reconocería. No fue fácil: las autoridades, aquí, le miraban con los mismos malquereres que en el equipo maño; pero la afición sí acogió bien a aquel gigantón de cuyos antecedentes políticos no habló ningún periódico y que, en el fondo, tenía buen corazón. Para muestra, un botón: cuando el Jerez visitó Gijón, el 30 de enero del 44, el cancerbero maño cayó, tan rotundo era, sobre Alfonso, uno de los jugadores del equipo contrario, destrozándole el fémur. A los tres días, la pierna de Alfonso había comenzado ya a gangrenarse y, con tremenda pena, el doctor Aquilino Hurlé tuvo que cortársela. Ninguno de los días que Alfonso estuvo hospitalizado dejó Lerín de visitarle e incluso llegó a organizar actos benéficos para recaudar fondos para el infortunado jugador.

Nunca se supo demasiado bien cómo, pero Lerín solo jugó una temporada más en Gijón. En 1945, probablemente por las presiones de la derecha –bien implantada, obviamente, en toda la sociedad, pero sobremanera en el mundillo del periodismo deportivo-, simplemente se fue. Acabó en el Murcia, «desterrado», según él mismo se sintió, precisamente en el equipo para el que había acabado de fichar Alfonso poco antes de la lesión que acabó con su carrera. Acérrimo socialista que jamás renegó de sus ideas por más que estas le hicieran acabar en el olvido futbolístico –solo regresó al Zaragoza ya retirado, como masajista-, Andrés Lerín, el guardameta con el que el Gijón consiguió el primer ascenso de su historia, murió a los 84 años, en 1998. Le llamaban «alifante» por la estatura y «rojo» porque lo era. Combinado con el blanco, el mejor color.