La hambruna del Imperio

Ahí, en los papeles viejos, está la foto de los críos. Hechos un suspiro, famélicos, con el pelo rapado al uno para que no se ensañasen con ellos los piojos, para que no les robaran la sangre que casi ni les bastaba para sí mismos. ¡Qué vueltas da la historia! De haber nacido tan solo un par de décadas atrás, habrían sido los dueños de Europa. Quiso la mala fortuna, en cambio, que les pillase la guerra. Para ellos, era el estado natural de las cosas: ruina, violencia, hambre, miseria. Todos posan mirando fijamente, desde las cuencas de sus ojos hundidos, a la cámara, en el patio del Asilo de la Paloma. Los niños austriacos acababan de llegar a la capital española, y su próximo destino era Asturias.

hambruna-imperio1La decisión, ojo, nunca dejó de ser polémica. Y eso que España, que había contemplado con esperanza la paz de Versalles en el verano de 1919, no estaba mal en comparación con el resto de los países europeos, especialmente Austria o Alemania: espectador neutral durante la Gran Guerra y lejos de las deflagraciones bélicas, nuestro país no se había hecho rico, pero sí más próspero, al calor de la contienda, y ahora contemplaba con horror las imágenes que llegaban del centro del continente. En los países perdedores la cosa era preocupante y Austria, antaño poderoso imperio, había perdido todos los territorios que le permitían sostenerse.

“En Viena no hay leche, ni huevos, ni grasas, y la poca harina que pueden conseguir tiene que amasarse con una mezcla de serrín pulverizado que estraga los estómagos infantiles, incapaces de soportar lo que no puede digerirse.” El 27 de febrero de 1920, EL COMERCIO publicaba estas líneas con la esperanza de encontrar voluntarios asturianos que ayudasen a amparar a los niños austriacos; a cuidarles y a alimentarles y engordarles y protegerles en el tiempo que le fuera preciso al país para recuperarse. La iniciativa había partido de Alfredo Türkel Rosenberg, ingeniero y violinista, filántropo y, ante todo, buena gente: vienés, afincado en Gijón durante la mayor parte de su vida y que fue capaz de convencer, a principios del año 20, a las grandes damas de sociedad para que apoyasen su causa, incomprensiblemente desconocida a día de hoy: la primera expedición organizada de refugiados que vivió Asturias en el siglo XX.

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Voluntarios y suscriptores por una iniciativa solidaria

“Aguardamos a que cuánto vale y puede esta villa, responda notablemente”, dice el número ya mencionado de EL COMERCIO, “como afirmación de la hidalguía gijonesa, que tiene siempre abierto el pecho como cobijo de amor para el desvalido y tendida la mano como sostén para el necesitado”. La iniciativa no era única: incluso Italia, feroz enemigo de Austria durante la guerra, había acogido ya en su seno a más de quince mil niños, y, ahora, la Condesa de la Vega del Sella tomaba parte activa para replicar la gesta en Asturias. “La hidalga España”, decía, ¡ay, con qué actualidad rabiosa!, “está en el deber de conservar su tradición hospitalaria, y se ha decidido a afrontar la empresa de recibir y acomodar en las viviendas particulares a los niños que vienen de Austria, víctimas inocentes de la guerra, depauperados por la falta de alimento. Asturias no ha de quedar a la zaga. La vanguardia es el puesto que más honra”.

Los niños, se aseguraba, vendrían en una delegación creada ex profeso y procedentes de las ciudades de Kluesterneuburg, Graz y Viena, de las más afectadas por la crisis de posguerra; el viaje sería pagado por la ayuda desinteresada de una suscripción popular y las familias de acogida podrían elegir, en función de su situación y preferencias, si acoger a un niño o una niña. La aceptación de la idea, en un país que cada día se desayunaba con noticias sobre la dramática situación europea, fue sobrecogedora: casi cuatro decenas de familias se prestaron a acoger el tiempo que hiciera falta a los críos que, en un número cercano a los sesenta, llegaron, tras no pocos problemas de logística, en abril de 1921.

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¿Y los españoles?

Antes estuvieron –no podría ser de otra manera en esta, nuestra piel de toro- las críticas. Por aquel entonces, el hecho de que los periódicos escribiesen en portada los nombres de quien desease figurar públicamente como voluntario o suscriptor hizo que muchos dudasen de las nobles intenciones de las familias de acogida. ¿No veían acaso –dijeron muchos- que muchos niños españoles también lo pasaban mal? Llegaría a asegurarse, incluso, en ciertas páginas de la prensa nacional, que el dinero recaudado (no era poco: el viaje de los críos ascendía a casi doce mil pesetas de la época) quizás estuviera yendo a pagar las visitas de los patrocinadores a los famosos cabarets vieneses que, florecidos como amapolas en primavera durante la guerra, daban trabajo, precisamente, a muchas de las madres de aquellos críos.

Un desatino total aquellas palabras, en lo ético y en lo objetivo, teniendo en cuenta que gran parte de quienes suscribieron aquella campaña también lo habían hecho y lo harían en otras muchas que tenían como ‘target’ a los pobres españoles; y, con respecto a los cabarets susodichos, las particulares preferencias a tal respecto del valedor Türkel. Qué más da. La cosa es que los críos –todos de entre seis y doce años- llegaron sanos y salvos a España la primera semana de abril de 1921, así como los ven en la foto, tan flacos y siesos y tristes. En su primera parada, el madrileño asilo de la Paloma, los recibió la reina madre. María Cristina, la que en la canción quería gobernar, había sido austriaca como ellos; morava, concretamente, y allá que los recibió hablándoles en alemán.

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Nada de importancia para ellos, al menos en comparación con el chocolate caliente, y los churros, y las naranjas que les sirvieron con ocasión del magno evento. Pasó lo mismo en Asturias, donde llegaron los austriaquinos el diez de abril: en la fonda de las hermanas Ceballos, en Puente los Fierros, varias señoritas bien les sirvieron mantecadas, y una chocolatada, y monedas para gastar en chucherías en sus nuevos hogares: Oviedo, Gijón, Infiesto o Noreña. De aquí saldría, precisamente, el único de los niños del que, hasta el momento, conocemos nombre y apellidos: Frederick, renombrado como Federico, Pinagel Singer, que volvió a Austria bien gordo y hermoso, y chapurreando el idioma patrio, un año después, tras haber sido acogido en casa de José Cabeza.

Al final, el olvido

Del destino de los demás, poco sabemos. Sí que, a finales del 24, no en Asturias, pero sí en Palencia, aún quedaba algún crío rezagado que el Consulado de Austria, que ya comenzaba a levantar cabeza tras la crisis, reclamó. En Gijón o en Oviedo, aparentemente, no quedó ninguno; y lo dramático de nuestra propia contienda, la de Marruecos, fue haciendo que quedara de lado, en la prensa, la actualidad europea. ¿Recuerda alguien hoy a Alfredo Türkel? Fue un hombre bueno. “Un santo”, parafraseando sus propias palabras en el funeral de la tatarabuela de quien esto suscribe; que tocaba gratis el violín para ayudar a los críos con problemas –ya fueran austriacos, rusos o del mismísimo Tremañes-; fundador de la Escuela de Música Enrique Truán, filántropo y que, en aquella ocasión, se desplazó hasta Graz en persona para informar de todo a las familias de los críos refugiados.

Nadie, ¡qué lástima!, lo recuerda. No. Cuando murió, ya en 1966, se habló de que se merecía una calle en Gijón, propuesta que aún coleaba en la edición de EL COMERCIO del 14 de enero de 1968: en ella se llegaba a proponer darle su nombre hasta a los Campinos de Begoña. También la historia de nuestros sesenta austriaquinos ha caído, desde entonces, en el olvido… a pesar de que, a día de hoy, sigue estando teñida de una más que rabiosa actualidad.

 

(Algunas de las) familias de acogida
Cándido González Rodríguez y señora Una niña
María Ballesteros de la Concha Una niña
José Martínez Una niña
Dolores de Juan de Menéndez Una niña
María Menéndez de Fernández Una niña
Josefa Menéndez de Llanos Una niña
Manuel Zaldúa Un niño
Viuda de Díaz Blanco Una niña
Manuel de la Rieva Una niña
Juan Fernández Alonso Una niña
Consuelo Rodríguez Cadavieco Una niña
José del Fresno y Gudelia del Fresno Un niño
Luisa Ayesta de Velasco Un niño
Señora y hermana de Agustín García Medina Una niña
Joaquina Fernández Una niña
Elvira Batalla de Cavanilles Un niño
María Ballesteros de Ruiz Una niña
Claudio Fernández Rúa Una niña
Julia Pando de Caneja Una niña
Señores de Troyanes Una niña
Josefa Menéndez de Borbujo Una niña
Vicenta de la Presa y Lola Pelayo Una niña
Julia González de Olañeta Una niña
Señora de Luis Adaro Un niño
Aureliano Villa Una niña
Francisco Pando Una niña
Enrique Cangas Un niño
Hijos de Celestino González Un niño
Ricardo Graña Martínez Una niña
Mercedes Suárez de Rodríguez Un niño
Justa G. Cobián (viuda de Fresno) Una niña
Álvaro Suárez Solar Una niña
Casimiro Balbín Suero Una niña
Familia de Manuel Llanos Tres niñas
Antonio Besán Un niño
Robustiano García Una niña
Gregoria Valdivieso, viuda de Aldea Un niño
Viuda de Sánchez y su hija Olvido Una niña
Miguel López del Vallado Un niño
Donato Morán Una niña
José de la Villa Un niño
Victoriano Sánchez Una niña
María Adaro de Junquera Una niña
Guillermina Melendi Una niña