Robles, abedules, magnolios, camelias, lirios y rosas junto a esculturas, fuentes, cenadores, estanques… La diversidad natural y la riqueza artística se combinan en los jardines de Asturias de forma casi mágica, creando las atmósferas más sugerentes. Con la explosión de la primavera, todos se llenan de vida y color, invitando a recorrerlos y descubrir sus secretos. Muchos son de titularidad privada, reservados al disfrute de particulares, pero otros muchos están abiertos al públicos. No están todos los que son, pero, sin duda, son todos los que están.

 

1. Un sueño que se convirtió en el Jardín Botánico: el Jardín de la Isla (Gijón)

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Cuentan que lo creó el industrial gijonés don Florencio Valdés para competir con su suegro, que tenía un gran jardín en Cabueñes. Por eso, no escatimó en recursos e incorporó al Jardín de La Isla, hoy parte del Jardín Botánico de Gijón, un gran número de estanques, cascadas, ingenios hidráulicos, fuentes, pasarelas y puentes que agrandaron la belleza de un lugar de inspiración romántica en el que hoy, casi dos siglos después, se conservan algunos de los cultivos de camelias más antiguos. De hecho, la colección actual, ampliada con el paso del tiempo, está considera la más importante de un jardín público de toda España.

Los terrenos del Jardín de la Isla que forman parte del Botánico, inscritos también en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias como jardín histórico, son solo una parte de la creación original; el resto forma parte de un complejo hostelero colindante, nuevo uso de la casa de veraneo de la finca. Entre las especies arbóreas que se conservan destacan 43 gigantescos de plátanos de sombra dispuestos a modo de pantalla vegetal y árboles exóticos como cedros del Líbano y del Himalaya, criptomerias o cedros japoneses, cipreses de Lambert y falsos abetos, además de robles centenarios. La riqueza forestal está adornada por un buen número de esculturas, fuentes y construcciones singulares, como las antiguas casetas de baño, que le confieren una belleza capaz de tentar al mismísimo Príncipe de Gales que, según recoge su expediente patrimonial, en 1896 “quiso comprar aquel edén por mil libras esterlinas”. Casi nada.

2. El pequeño Versalles: Jardines de la Fundación Selgas-Fagalde (El Pito, Cudillero)

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«Puede que estemos ante la mejor y mayor obra artística de toda la provincia, tanto por su belleza y grandiosidad, como por el cuidado extremo de cada una de sus piezas». Así de rotunda es la descripción que de los jardines de la Fundación Selgas-Fagalde que ofrece el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, que ensalza los valores patrimoniales de un espacio considerado un pequeño Versalles.

Los jardines se dividen en tres espacios diferenciados: francés, italiano e inglés. El primero está definido por una gran avenida de líneas rectas y bien definidas y veintidós esculturas de gusto clásico que iluminan el camino hacia la Quinta, un edificio del siglo XIX de inspiración renacentista que constituye el pilar del conjunto palaciego. En el paseo hay también diez jarrones, algunos de los cuales son réplica de los diseñados por el orfebre de Luis XIV de Francia.

El jardín italiano, por su parte, «se despliega sobre una gran superficie rectangular dividida en dos praderas bien perfiladas, que dejan en el centro una glorieta con un estanque bajo». El llamado Pabellón de los Tapices, que alberga una exquisita colección de tapices, y el Invernadero, de corte victoriano, son las construcciones más significativas que limitan este espacio. En cuanto al jardín inglés, ofrece una sensación de naturaleza salvaje en la que las masas arbóreas comparten espacio con pequeños estanques sucesivos y riachuelos.

En estos jardines se disfruta de especies autóctonos y exóticas, de setos y arbustos floreados cuidadosamente esculpidos y, sobre todo, de rosas y camelias, protagonistas de las zonas italiana y francesa. Como curiosidad hay que apuntar que estas plantas, así como las orquídeas para los maceteros de los salones de la Quinta, se cultivan en el invernadero, que no es solo un valor histórico.

 

3. Una joya europea: Jardines de la Fundación Evaristo Valle (Somió, Gijón)

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Ha sido descrito como “uno de los jardines más bellos de Europa” y no es para menos. En los 16.000 metros cuadrados de los jardines de la Fundación Evaristo Valle (Somió) se disponen, de acuerdo a técnicas de jardinería inglesa y francesa, más de 120 especies de árboles y arbustos, muchos de ellos únicos en España y la mayoría centenarios. Un cedro del Líbano, un ciprés de Lawson, un abeto del Cáucaso, un ejemplar de criptomeria japonesa, magnolios norteamericanos y una astromelia o árbol de Júpiter son algunas de las raras especies junto a las que lucen, desde la década de 1980, medio centenar de esculturas de artistas contemporáneos.

Y es que estos jardines, que incluye espacios para la observación de las aves y el estudio del bonsái y herbario, constituyen un museo vivo que hunde sus raíces en el último tercio del siglo XIX, época de la que proceden otros muchos elementos ornamentales del espacio.

El jardín es el complemento perfecto del palacete decimonónico en el que se encuentra la sede del Museo Evaristo Valle, considerado Bien de Interés Cultural. Así lo destaca la consejería de Cultura en la declaración patrimonial: “Uno de los grandes activos patrimoniales de la Fundación Museo Evaristo Valle es el espacio ajardinado, que viste de excepción y embellece este centro cultural. Como se ha apuntado, se trata del jardín histórico más rico y espectacular de Somió, además de uno de los más hermosos de Asturias”.  Buenas razones para incluirlo en la lista de jardines que visitar.

 

4. Un oasis sobre el mar: Jardines de la Fonte Baixa (El Chano, Luarca)

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Más de 500 especies de árboles y plantas de todos los continentes dan vida a los jardines de la ‘Fonte Baixa’, uno de los reclamos más desconocidos de Luarca. Construido sobre el acantilado, las doce hectáreas de este vergel enmarcadas por el Cantábrico pueden visitarse con un recorrido guiado de unas tres horas que conduce al visitantes entre secuoyas, magnolios, castaños y abedules; estatuas y antigüedades de todas las edades y culturas; fuentes estanques y cenadores que evocan otros tiempos. Sin embargo, la protagonista de este jardín es la camelia, una especie representada aquí por decenas de variedades. No en vano, en su diseño colaboró el paisajista Rafael Ovalle, uno de los mayores productores de camelias de Europa.

Los tesoros y las panorámicas de este ecléctico paisaje (conocido popularmente como ‘los jardines de Panrico’, pues su creador, José Rivera, fue uno de los fundadores de la compañía) no son nada comparados con su riqueza botánica. Y es que conserva multitud de variedades originarias de climas muy distantes, como los helechos de Tasmania, que han soportado las condiciones propias de la ‘costa verde’. Por eso, no es de extrañar que haya suscitado el interés de numerosos expertos de todo el mundo, entre los que se encuentran los jardineros de la reina de Inglaterra. Para el resto, quienes solo buscan disfrutar de la belleza, seguro que una única visita no es suficiente.

 

5. El corazón verde de Asturias: el Campo de San Francisco (Oviedo)

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El estanque de los patos, los pavos reales, las actuaciones en el Quiosco de la Música, los helados… Cada ovetense, desde hace varias generaciones, tiene su propio recuerdo del Campo de San Francisco. Y es que, ubicado en su mismo centro, este parque marca el pulso de la ciudad desde mediados del siglo XIX, cuando adquiere su composición actual. No obstante, sus orígenes se remontan al siglo XIII, cuando no era más que un conjunto de ‘campos’ que los monjes de un convento franciscano anexo (cuentan que promovido por el propio San Francisco de Asís) lo utilizaban como tierra de cultivo.

Este corazón verde de Oviedo tiene una superficie total de nueve hectáreas (con 55.000 metros cuadrados de zonas verdes) y acoge cerca de un millar de árboles de medio centenar de especies de todos los continentes (salvo la Antártida). Según la información aportada para su inclusión en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, en la categoría de jardines históricos, las especies más abundantes “son los castaños de Indias, los tilos, los plátanos de sombra y los arces”. Los ejemplares más antiguo son unos robles de unos 300 años y el árbol más alto, un plátano de sombra de cuarenta metros.

Esta masa forestal se ve salpicada por los colores de la rosaleda y las flores de temporada, el rumor de las fuentes y los dos estanques, los sonidos de las aves que lo habitan, y el atractivo de las numerosas referencias arquitectónicas y escultóricas que salen al encuentro del caminante a cada paso. Algunas de las más célebres son el Quiosco de la Música, el ‘Escorialín’, que alberga la Oficina de Turismo, el memorial a José Tartiere y el Arco de San Francisco, un monumento al paso del tiempo. A esta colección histórica se sumó hace tres años la escultura de Mafalda, para conmemorar el Premio Príncipe de Asturias otorgado a su ‘padre’, Quino. Desde entonces, es todo un referente de este histórico parque de inspiración inglesa que no tarda en robar sonrisas a quienes comparten asiento con ella.

 

6. La vida que surgió del lodo: el parque de Isabel La Católica (Gijón)

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Como el Campo de San Francisco es el pulmón de Oviedo, el parque de Isabel La Católica lo es de Gijón y puede que en este caso la expresión sea más que acertada. Se construyó sobre la ‘charca del Piles’, una ciénaga que representaba una gran fuente de problemas de salubridad. En 1941 comenzaron los trabajos para recuperar el espacio como parque público, un proyecto que se terminó de construir 26 años después y que abarca cerca de 15,2 hectáreas.

Esta joya verde gijonesa, recogida también en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, alberga una gran diversidad botánica y faunística. Cipreses de Lawson, casuarias, azahares de China, pinos de Monterrey, cipreses de Portugal, cedros del Himalaya y árboles de Júpiter son algunas de las más de medio centenar de especies que atesora. Por supuesto, también hay ejemplares autóctonos como castaño, nogal, avellano, hayas o álamos. Asimismo, destacan la rosaleda, de inspiración francesa y cuyos primeros ejemplares fueron traídos de Valencia, y las flores de temporada que salpican de color el ecléctico parque gijonés.

Al tiempo que la vegetación iba tomando su espacio fue creciendo la decoración del espacio. Sus senderos se vieron iluminados por escaleras, puentes, templetes y esculturas que daban (y dan) mayor realce a sus estanques y construcciones como el palomar.

Con todo, el protagonismo del parque de Isabel La Católica, junto al que se encuentra el Parador Nacional de Turismo, corresponde las más de 90 especies de aves que habitan en él. Hay patos, ocas, cisnes, gaviotas, ruiseñores, gorriones, jilgueros, majestuosos pavos reales… Lo mejor es ir a verlo.

 

7. Un logro de la Transición: Parque de Ferrera (Avilés)

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El 19 de mayo de 1976, en presencia del rey Juan Carlos I, los avilesinos festejaron una de sus grandes conquistas: la inauguración del Parque de Ferrera, un espacio verde en el centro de la ciudad que se ha convertido en el escenario de fiestas y citas culturales de primer orden.

Los 81.000 metros cuadrados de este parque, que acogen un buen número de especies autóctonas y exóticas, fueron inicialmente el espacio de recreo y de caballerizas adscrito al palacio de los marqueses de Ferrera, pero el paso del tiempo lo sumió en estado de abandono.

Recuperado para el disfrute público, los avilesinos presumen de un jardín histórico en el que conviven el tejo, el roble y el haya con el cedro del Himalaya, el roble americano, el magnolio, el pino de Monterrey y un tejo de 400 años, una de las joyas botánicas del jardín.

Además de disfrutar del entorno natural y de pasear por los itinerarios que llevan los nombres de poetas y distintas lenguas, el Parque de Ferrera tiene una intensa vida cultural. No son extrañas las exposiciones temporales y mucho menos los conciertos en el destacado quiosco de la música. Todo son motivos para disfrutar de un día en el corazón de Avilés.

 

8. 340.000 metros cuadrados de aire puro: Parque de la Acebera (Lugones)

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Cerca de 3.000 especies vegetales, un lago con cascada, zonas ajardinadas, senderos… Los 340.000 metros cuadrados del parque de la Acebera de Lugones constituyen un auténtico oasis en el centro de Asturias que desde su construcción en la década de 1980, sobre antiguos terrenos industriales, se ha convertido en un lugar de encuentro para los amantes del ejercicio al aire libre.

Este espacio, que el Principado propuso catalogar como jardín histórico, es un bosque mixto atlántico en el que destaca el cedro del Líbano, aunque también hay secuoyas, magnolios o camelios. No obstante, a medida que se trabaja en las reforestaciones (el Ayuntamiento planta un mínimo de cien árboles al año), se apuesta por especies como el abedul o el roble.

Como otros jardines de estas magnitudes, es hábitat de distintas especies, como ardillas, jabalíes o zorros.

 

9. Un homenaje al pasado industrial: Parque Dorado (Sama)

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Antonio María Dorado González fue el alcalde de Langreo que, a finales del siglo XIX, impulsó la ordenación urbanística con medidas como la canalización del Nalón. La construcción del muro de contención del cauce dio lugar a una nueva configuración urbana que reclamaba nuevos usos. Sobre parte de los terrenos resultantes se construyó este parque que hoy lleva su nombre.

Se trata de un espacio de unas treinta hectáreas de superficie y planta rectangular que sigue el curso del río. Está definido por una gran avenida central bordeada por altos y ancianos plátanos, tilos y álamos, además de pequeños estanques y estatuas. De este parque destaca también la rosaleda, que trepa por arcos de hierro dispuestos sobre uno de los caminos, creando un espacio único y romántico.

Pero, sin duda, lo más destacado del parque Dorado son sus monumentos, memoria duradera del pasado minero e industrial del concejo. ‘La Carbonera’, levantado en 1918 en honor a Luis Adaro y Magro, la estatua del propio Antonio María Dorado, levantada en 1906 por suscripción popular de los ciudadanos, o una antigua locomotora de vapor del Ferrocarril de Carbones de La Nueva, tirando de varios vagones de antracita son algunos de los recursos de un parque que presume de uno de los quioscos de música más elegantes de Asturias.

Construido en 1906, está construido con muros y base de mampostería sobre los que posteriormente se levantó una estructura  metálica con cubierta de zinc y está ‘hermanado’ con el del parque de Dolores F. Duro, en La Felguera. El arquitecto, Manuel del Busto, evitó utilizar en ambos casos la tradicional columna de fundición y se embarcó en una compleja aventura de diseño con perfiles livianos unidos mediante roblones y piezas singulares.

 

10. Parques dentro de un parque: Parque de la Ballina (Villaviciosa)

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Los numerosos senderos que dibujan su interior provocan la sensación de caminar por espacios independientes, lo que aumenta el atractivo del parque de la Ballina, en el centro de Villaviciosa. No obstante, tiene dos zonas destacadas: el estanque de los patos y la pérgola de azulejos adornada con plantas trepadoras.

Se trata de una estructura sostenida por columnas dóricas de piedra que sustentan travesaños de madera que nacen del muro en que el que consta el hombre de los hermanos Ballina. En cuanto al estanque, cuenta con una cenefa de azulejo en clara correspondencia con los de la pérgola, ubicada en su parte trasera. La figura de un niño con un pez por cuya boca brota un chorro de agua domina el centro. El parque maliayo, en el que habitan un buen número de aves, también presume de la escultura de bronce ‘Exaltación de la Manzana’, de Eduardo Úrculo.

En cuanto a la botánica, este jardín histórico mantiene la esencia de principios del siglo XX y cuenta con ejemplares singulares como la araucaria de Norfolk, el magnolio, las palmeras canarias o los pinsapos.