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Morfeo llegó pronto, antes de las nueve de la noche, a abrazar el sueño de los tripulantes del SS Montreal. Le habían atraído dos días de poco dormir y mucho faenar: desde que el barco saliera de El Havre, antes del amanecer del jueves 22 de marzo, solo habían cargado y descargado barriles de grasa, planeado rutas, cocinado para pocos, pero ilustres pasajeros, y todo ello frente la inquisitiva mirada de la única persona que, aquella noche, no había logrado conciliar el sueño. No sabemos su nombre. Tenía catorce años y llevaba un camisoncito de bordados de perlé en rosa cuando el Montreal estalló en pedazos.

El 26 de marzo de 1917 Gijón se amaneció un pelín huérfano. Los náufragos del vapor noruego «Solbaken», hecho trizas en febrero por un submarino alemán en aguas del Cantábrico, habían regresado a sus casas el día anterior, ya repuestos del susto y mimados en extremo por la hospitalidad asturiana que, en cosa de horas, los había distribuido por casas, les había calentado los pies y había maldecido la mala praxis boche. Que así era como llamaban a los alemanes sus enemigos mortales en la Gran Guerra, los franceses: boches, «asnos». Por lo tozudo, por lo cabezón y por lo mameluco: gracias a ellos, a estas alturas del año de hace un siglo se hacía imposible navegar por el Cantábrico, un polvorín de submarinos alemanes que, mediante la estrategia de torpedear a troche y moche cualquier barco que divisasen, intentaban impedir la comunicación del continente con Gran Bretaña. Aunque fueran de países neutrales, como el «Solbaken».

liquericaO, aunque fueran meros transportistas de grasa y tabaco de Francia a Haití y de Haití a Francia. Porque ese día, el 26, recién despedidos los noruegos del «Solbaken», comenzó a correr por todo el barrio alto el rumor de que a Gijón se dirigían varios pesqueros que guiaban a botes con decenas de nuevos náufragos, esta vez franceses. Si hacemos caso del reportero de EL COMERCIO que, recién enterado de lo que se hablaba, se plantó en la Comandancia de Marina dispuesto a salir de allí con el esbozo de una noticia para la portada del día siguiente, los de Cimavilla se enteraron mucho antes de que lo hicieran los prácticos, que no recibieron la noticia hasta bien avanzada la tarde. Venían náufragos, sí, muchos. Por Liquerica, en malas condiciones; famélicos y desnudos, aferrados a una bandera francesa hecha trizas y mecidos los botes por la mar, que llevaba varios días brava. Como quejosa de que alguien se hubiera atrevido a suplir su furia, a vigilar en su lugar a quienes la atravesaban y a seleccionar, como ella lo hacía antes, quién vivía y quién moría.

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Ellos vivieron, pero por qué poco. Cuando la embarcación de los náufragos se dejó ver ya en el horizonte, centenares de personas colapsaban ya la cuesta del Cholo, el cerro y Fomento, «armadas» con mantas y escudillas de caldo para los nuevos e involuntarios visitantes de Gijón. El aspecto de los franceses entristecía al más duro de corazón: a medio vestir, en ropas menores y algunos cubriéndose con sacos de arpillera, descalzos y abrazados, unos, a un trapo con las descoloridas franjas que los identificaban como galos, y otros a un trozo del proyectil que en la noche del 22 había impactado contra el SS Montreal. Su barco. “Iba una niña pequeña”, murmuraba uno de ellos en una frase traducida al expectante público gijonés por José Rodríguez Zarracina. “Una niña pequeña y su madre…” Lo dijo y cayó, desfallecido, sin fuerza en las piernas que le sostuviera de pie.

rula-gijonNarran los diarios que los náufragos fueron conducidos a la Rula nueva (hoy antigua) y repartidos por coches que, solidariamente, prestaron los potentados de la villa. Anselmo de la Cerra, por ejemplo, cuyo automóvil condujo a varios náufragos al Hospital de Caridad; el de la viuda de Nemesio Pérez, que alojó en su casa a siete –en las mismas camas que acababan de dejar libres los del «Solbaken»- y al fogonero Valade Fernand le hallaron cobijo en la casa del armador de traineras Plácido Menéndez, en el barrio alto. Se trataba, en el caso de los alojados en donde Nemesio Pérez, de Louis Leigner, René Lebailly, Louis Triboudeau, Charles Cadic, Fernand Lipingleux, Guillaume Gourrion y Jacinto Hubert (a la sazón cocineros, practicantes, carpinteros, electricistas, marineros y fogonero el último) y, en el del hospital, de Père Penec, Louis Perion, Eugène Legoillec, Raymond Wendo y François Bourdomec, fogoneros, artilleros o escribientes.

Aun llegarían más. Otros veinte náufragos procedentes del mismo buque –un barco joven, de poco más de veinte años de edad- llegaron a bordo del vapor pesquero Julio, ya a la noche: los había encontrado en varios botes a la deriva a la altura de Luarca, cerca de La Vallina. A Jean Llotin, Albert Pioli y Leopolde Maria, los que tenían rango de «monsieur» por sus mayores responsabilidades en tripulación, les llevaron al hotel Comercio; al hospital irían a parar Eugène Allain, Louis Charleot, Jean Briand, François Brourdié, Yves Ceugny y un palero negro, del que el pensamiento de la época no creyó conveniente dar nombre, haitiano. Y cuatro más que se fueron con la viuda de Pérez: Joseph Havy, Joseph Bertier, marinero y fogonero, ambos franceses, y dos gallegos, que como bien sabrá el lector están por todas partes: José Martínez y Juan Silva, fogonero y engrasador del SS Montreal desde diciembre del 16.

El relato que sendos gallegos (y, por tanto, conocedores del idioma patrio, a diferencia de los demás) aportaron hizo que el corazón de todos los gijoneses que al día siguiente leyeron las noticias quedase constreñido a un puño, a un puño pequeñísimo. «Fue de lo más horrible que se conoce», aseguraron. Habían navegado, a sabiendas de la peligrosa presencia alemana bajo el agua, a oscuras, en medio del temporal; armados con un cañón que de nada les sirvió cuando el sábado, a la noche, un torpedo reventó el costado de estribor de su buque, la dinamo y el telégrafo; e hizo al barco irse a pique en cosa de horas. No fue sorpresivo: antes de que eso ocurriera, habían visto hundirse de idéntica manera otros dos buques que faenaban a escasos metros del Montreal. Allí eran ochenta tripulantes y unos quince pasajeros; una niña entre ellos, vieron morir a varios, destrozados por la metralla, y a dos, al día siguiente, en su bote salvavidas. De frío. Azules como el agua que se batía contra la lancha, como el cielo que se hundía sobre sus almas.

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Al día siguiente, veintiún náufragos más –que habían arribado, gracias a la ayuda de otros pesqueros, en San Esteban de Pravia- llegaron en tren a Gijón, donde les esperaba el cónsul francés, Alberto Paquet y, en general, todos cuanto hablaban galo en la villa jovellanesca: Pablo Nolibois, director de la fábrica de Moreda, el ya mencionado Zarracina, Pompeyo González y los náufragos que ya se encontraban recuperados, vestidos y agasajados por los gijoneses. De los nuevos náufragos, tres (Golivet, Serbou y Terlaubin) tenían todo el aspecto de serlo, aunque solo fuera por la longa barba que su condición de curas misioneros –lo eran en Haití- les confería. Y más: Rourne, otro cura; vestidos todos con trajes de Mahón de los marineros de San Esteban; todos ellos se alojaron en el hotel Malet. Al hotel Comercio fueron Lanovie, Hipólito Dhelly y Joseph Courtel; a casa de Mariano Vega, Gaston Blanchard y Constant Leys (soldados que se iban a Haití de permiso), Jean Necry y Joseph Leveque, Jean Camus y Guillaume Clarée, a la hospedería de Cesáreo Lavandero, en la calle Asturias, Marcel Bruck, Eugène Bernard, Henri Tudor, François Bizel, Jean Dosni y Jean Borbellou, Noel Leyzour y Jean Ales.

Ya fuera cosa del mimo recibido, de la fortaleza gala o de la gastronomía local, especializada en potes que revivirían a un muerto, los náufragos del SS Montreal abandonaron Gijón, rumbo a Francia, apenas un par de días más tarde, ya recuperados; salvo los dos gallegos, que quedaron en tierra, lejos de la contienda bélica. Cogieron el tren en la estación del Norte, al compás de La Marsellesa que les tocó la Banda Municipal, y de las lágrimas y pañuelos al aire de no pocas gijonesas que, quién sabe, andarían ya enamoriscadas del valor francés. En esto, a última hora, llegó Paquet, el cónsul: el retraso se debía, aseguró, a que a poco de salir había llegado a su oficina un telegrama de Huelva. Allí se recuperaban, lentamente, el capitán del Montreal… y una niña vestida con camisón bordadito en perlé. «Vive l’Espagne!», exclamaron, entre lágrimas, los náufragos. Y el tren echó a andar.