Desde que la primera cabalgata de Reyes llegara a Gijón en el año 1924, esta tradición ha vivido muchos cambios. Desde la restauración de la maltrecha imagen del rey Baltasar al uso político de los magos, pasando, incluso, por la creación de un personaje puramente asturiano: Aliatar nació en Oviedo a principios de los años 50…

Las primeras cabalgatas: ¿un Baltasar sin barba?

Llegaron los Reyes Magos por vez primera a Gijón en el año 1924, por iniciativa de la Junta de Protección a la Infancia y con una cuidadísima puesta en escena. La cabalgata recorrería, y lo haría así también tres años más tarde, cuando EL COMERCIO publica una descripción de la misma más detallada si cabe, las calles de San Bernardo, Menéndez Valdés, Covadonga, el Paseo de Alfonso XII (hoy Begoña), Fernández Vallín y terminaba en Corrida. Muy cerca, precisamente, de la primera sede del diario decano y, por tanto, uno de quienes estaban llamados por la Junta a decorar pomposamente sus balcones para engalanar una Cabalgata que, por lo demás, era muy discreta con respecto a las actuales.

Aunque quizás más auténtica. En cuanto a la vestimenta real, desde luego: en la del año 1927 supuso gran polémica que el rey Baltasar no llevara barba y que los monarcas fueran ataviados con falditas de romanos. Hubo a quien aquello le pareció una aberración, y, frente a las críticas, contestó Adeflor con argumentos artísticos bien fundados: «Aunque se extrañaba algún erudito espectador de que fueran romanos en el cortejo, hubo de decirle que en el cimborio de Santa María la Mayor de Florencia contemplé un relieve de la Adoración de los Reyes de Mino de Fiesola, en que los magos y su séquito vestían faldas cortas a la romana».

¿La estructura de aquellas primeras cabalgatas? Sencillísima: se iniciaban sobre las siete de la tarde con el estampido de un cohete. Y, por poner de ejemplo la de 1927, encabezaba la comitiva la Guardia Civil a caballo, seguida por la banda de tabores y cornetas del regimiento de Tarragona, un timbalero y la estrella de Oriente. Después, los séquitos: esclavos quemando mirra, incienso y estoraque en pebeteros. Y ya los Reyes. Iban a caballo, protegidos por soldados con arcos y lanzas, por esclavos portando llamativas arcas y, en el caso de Baltasar -«el Rey negro,  terror de los infantes», definía, políticamente incorrecto para nuestros tiempos, EL COMERCIO-, «siete bellas mujeres de su Palacio». Cerraba la comitiva la Banda de Gijón, el carro cargado de juguetes y el de carbón y, al acabar el desfile, la Junta obsequiaba a los niños pobres con los regalos comprados por suscripción popular -y traídos, por supuesto, por los Magos-.

Una costumbre, la de regalar a los críos pobres, por cierto, que generó no pocos intentos de timo, no en vano estamos en el país de la picaresca. Al regalo se accedía con vales que se obtenían presentando una solicitud detrás de la cual la Junta comprobaba la situación, real o no, de pobreza de las familias  y la edad de los niños en cuestión. Hubo quien intentó dar gato por liebre a los reyes sin darse cuenta de que estos… también son magos.

Reyes en tiempos de guerra

O más de posguerra porque, obviamente, durante la Guerra Civil no estaba el horno para bollos. Pero en 1939 la contienda ya había acabado en Asturias y volvieron las cabalgatas, eso sí, por vez primera con un marcado cáriz político. La de 1939 salió del local de Falange y la Guardia Civil de antaño fue sustituida, en la cabecera de la comitiva, por Flechas vestidos de camisita azul bordada en rojo. En la Radio Emisora se detuvieron los reyes para lanzar un mensaje a los niños, prometiéndoles que «el rey Baltasar les dejaría menos carbón que otros años» (la injusticia para con el rey negro venía ya de años atrás, a tenor del terror que e nos dice que despertaba en los críos en las cabalgatas de los años 20). Se recordó a José Luis Sánchez Villar, «modelo de Flechas» y se cantó el Cara al Sol, y, por vez primera, se explicó a los atónitos niños por qué los Reyes iban a caballo y no a camello: «nos dijo el camellero que no les sentaba el clima húmedo del Norte de España…», aseguró Voluntad.


El discurso de los Reyes, como no podía ser de otra manera,  también llevaba consigo un fuerte contenido político. En el caso de Gaspar, obvio: «El año que viene visitaremos a todos [los niños], porque el Jefe de todos los Ejércitos de España, que es un genio mayor que todos los demás del mundo y que se llama Franco, a quien todos conocéis, va a hacer que todos los españoles seamos hermanos y por eso ahora se disparan tantos cañonazos y tantos tiros.» En el de Baltasar, metafórico y escalofriante: «Me siento orgulloso de que abunden los niños buenos… y hayan disminuido los malos.»

Susto mortal, aquel año, cuando se le encabritó el caballo a Baltasar. Casi tira, en su huida -el rey negro hubo de seguir  el camino a pie-, a los gigantescos retratos de Primo de Rivera y de Franco que presidían la cabalgata. Un desfile, más que infantil, militar, para malos tiempos.

Los años 40: rehabilitando al rey Baltasar

No hubo, la verdad, mucho tiempo para cabalgatas en aquellos duros años de los 40. Costaban demasiado para un país exhausto por la pasada contienda, y acabaron sustituyéndose por recepciones reales, mucho más apañadas de precio pero con un problema añadido: ver al rey Baltasar, el negro, el que dejaba carbón a los críos, estaba bien en un desfile… pero, en las recepciones, ningún niño quería sentarse sobre sus piernas. Comenzó, así, una rehabilitación a su figura. En 1943, el censor Fray Mauricio de Begoña abrió la espita, a su manera:  «Baltasar es el más simpático, es el negrito, con un alma y unos dientes muy blancos, unos labios rojos y gruesos para besar, con el pelo ensortijado, a lo abisinio, y una barbita pequeña y rizada y un gran fulgor en los ojos. ¡Qué bien valdría para hacer la guardia a nuestro Generalísimo!»

Nuevos personajes en la década de los 50. El nacimiento de Aliatar

Si creía el lector que la tradición incluía desde tiempos inmemoriales al archiconocido hoy mensajero real Aliatar, se equivoca: el ayudante de los Reyes no apareció hasta principios de los años 50 y, además, lo hizo únicamente en Asturias… por designio de un periodista ovetense.

Y no lo hizo solo. En 1952, auspiciado por el diario Voluntad, nació el príncipe Abd-el-Aziz, que se presentó a los niños como un árabe de maquillaje bronce, jinete de un caballo blanco que «hiciera contraste con el color negro de su piel». Abd-el-Aziz reinaba en Gijón pero a veinte kilómetros el enviado real vino a llamarse Aliatar por inventiva del periodista  riosellano José Fernández Buelta.  Confesó una década más tarde, en la Hoja del Lunes: «Yo fui el creador de un personaje popular…» Para el nombre se había inspirado en un cine granadino y para la descripción de sus características… bueno, ni para esa ni para la de Abd-el-Aziz se afinó mucho. En los años 50, desfilaron indistintamente por las cabalgatas y las recepciones mensajeros reales blancos, negros o chocolate; todo un reto para los padres, que tuvieron que desarrollar la inventiva para resolver las incoherencias.

Abd-el-Aziz, por alguna razón desconocida, acabó por sucumbir frente al cada vez más omnipotente Aliatar. Al menos hasta la fecha: el reino del mensajero ovetense (pregunten, pregunten si no se lo creen a gente de otros puntos de España: este mensajero es solo nuestro y muy reciente) ha empezado a tambalearse estas navidades ante la llegada de Amerina, la primera enviada mujer de los Reyes Magos, a La Camocha. ¡Cómo cambian los tiempos!