Una investigación realizada a instancias del Ministerio de Cultura pone de manifiesto que nueve de los 16 faros asturianos poseen elementos patrimoniales relevantes. El autor del ‘Catálogo de los Faros con Valor Patrimonial de España’ defiende que la forma de preservar estas construcciones es mantenerlas en servicio

faro-asturianosEs una «‘fábrica’ productora de iluminación, de tal manera que el observador, a varias millas náuticas de distancia, lo identifique de un modo inequívoco». Incluso la definición más técnica tiene un componente romántico para los profanos. Sugiere luz, guía, referente, hogar, anhelos inalcanzables si la lámpara se apaga. En la oscuridad, los faros son meran construcciones de piedra y cristal. Es una de las conclusiones de la investigación realizada por un equipo de la Universidad del País Vasco para elaborar el ‘Catálogo de los Faros con Valor Patrimonial de España’, que se acaba de presentar. En su introducción, el profesor Santiago Sánchez Beitia lo deja claro: «Únicamente desde el uso y su utilidad se pueden apreciar y preservar».
El trabajo, financiado por el Ministerio de Cultura a través del Instituto del Patrimonio Cultural de España se ha centrado en los 191 faros activos que existen en España y ha puesto de manifiesto que 130 de ellos poseen valores relevantes desde el punto de vista tecnológico, arquitectónico y social que justificarían su catalogación como bienes del patrimonio industrial. Nueve de esas joyas están en Asturias: San Emeterio (Ribadedeva), Ribadesella, Tazones (Villaviciosa), Cabo Torres (Gijón), Candás, Cabo de Peñas, Avilés, Luarca y Tapia.
La mayoría de estos faros fueron erigidos en la segunda mitad del siglo XIX. Solo los de Gijón (1924) y Candás (1917) se encendieron ya entrado el siglo XX. Desde entonces, apenas han sufrido modificaciones, más allá de las adaptaciones tecnológicas que han precisado los sistemas de iluminación originales, de diseño francés, aunque la mayoría conservan la maquinaria y óptica con los que fueron construidos. Los nueve están erigidos en piedra y todos cuentan con una torre y edificios concebidos como vivienda y almacén. Carecen, sin embargo, de rasgos identificativos propios de Asturias: «Los faros responden arquitectónicamente a varios modelos constructivos y compositivos. Las tipologías existentes se encuentran a lo largo y ancho de España, sin que se asocien a ámbitos geográficos específicos», recoge Beitia en el catálogo, que incluye una ficha por cada uno de los 130 faros con medio centenar de datos relativos a su arquitectura, su historia, su tecnología, su estado de conservación y hasta su rentabilidad social y la posibilidad de intervención futura. Los más relevantes de los referidos a Asturias son:

San Emeterio (Ribadedeva)

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Dependiente de la Autoridad Portuaria de Gijón, fue encendido en marzo de 1864. Es un edificio rectangular, diseñado inicialmente para el servicio de dos fareros, con una torre en el centro de uno de los lados de casi diez metros de altura. Su lámpara se eleva algo más de 68 metros sobre el nivel medio de la mar.

Ribadesella

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En activo desde 1831, es un edificio de planta cuadrada y una torre central, con la que la vivienda y el almacén se comunican a través de una pasillo. La torre mide ocho metros de altura, pero la luz alcanzan los 115 metros sobre el nivel del mar.

Tazones (Villaviciosa)

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Al igual que el de Ribadedeva, se trata de un edificio rectangular con un torre en el centro de uno de los lados. Su altura sobre el solar es de 11 metros, mientras que la lámpara, que se encendió por primera vez en marzo de 1864, alcanza los 67 metros.

Cabo Torres (Gijón)

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El faro gijonés se encendió el 19 de julio de 1924 en sustitución del anterior, que data de 1865. También fue diseñado con un edificio rectangular y una torre unos 12 metros en uno de los lados para el servicio de dos torreros. La lámpara se alza 82 metros sobre el nivel medio del mar. Su maquinaria se modificó en 1936.

Candás

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Se trata de una construcción erigida «sobre una zona con connotaciones históricas relevantes» que está en activo desde el 1 de octubre de 1917. Su maquinaria tiene fecha de 1936. Consta de un edificio rectangular en dos alturas y una torre de 12 metros cuya luz alcanza los 40 metros.

Cabo Peñas (Gozón)

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«Ubicado estratégicamente en una de las zonas más complicadas orográficamente de la cornisa cantábrica», el proyecto original ha variado notablemente con la incorporación de «modificaciones importantes». Los planos iniciales contemplaban un edificio en una altura y bajo cubierta para el servicio de tres fareros que conectaría con la torre, de más de 10 metros de altura. La lámpara, por su parte, se alzaba casi hasta los 104 metros sobre el nivel del mar. Se puso en servicio en agosto de 1852 y su maquinaria fue modificada por última vez en el año 1990.

Avilés

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Está activo desde agosto de 1863 y consta de un edificio rectangular con una torre de 14 metros en uno de los lados. La lámpara se alza 40 metros sobe el nivel medio del mar. Como todos los faros asturianos recogidos en el catálogo, su titularidad corresponde a Puertos del Estado y, a diferencia de los anteriores, está gestionado por la Autoridad Portuaria de Avilés.

Luarca (Valdés)

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El faro de Luarca, encendido en noviembre de 1862, «se ubica sobre los restos de una fortificacion anterior, señalizando la complicada orografía de la zona». El alzado de la torre, ubicada en uno de los lados del edificio de planta cuadrada, supera los 9 metros y la lámpara se alza más de 60 metros sobre el mar.

Tapia

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El proyecto del faro de Tapia, puesto en servicio en septiembre de 1859, permitió llevar a cabo un edificio rectangular de una altura para dos fareros. Su torre, en el centro de uno de los lados, tiene una altura de 9,8 metros y la lámpara se alza más de 23,5 metros sobre el nivel del mar.

Arca de ‘todos los tiempos’

Además de constituir una base de datos de gran utilidad para estudios futuros, el trabajo de Beitia y su equipo, que han dedicado cinco años a una investigación plasmada en más de 600 páginas, arroja una conclusión rotunda: «Solo un faro en activo posee un valor como elemento del Patrimonio Industrial. Es indiferente, en principio, si el faro activo emplea tecnología de última generación o conserva tecnología de los siglos XIX o XX. La cuestión clave es que esté en funcionamiento, cumpliendo la función para la que fue erigido».
En esta línea, este profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la universidad vasca explica que el carácter distintivo de este patrimonio industrial radica en que no solo hay que tener en cuenta su utilidad social y su impacto en la economía local, como se haría ante cualquier elemento así considerado, sino que, para su descripción, «es preciso contemplar los componentes tecnológicos, los elementos constructivos y el impacto que han producido en la sociedad todo ello en funcionamiento y a pleno rendimiento». En otras palabras, Beitia explica que «desde su fecha de encendido, los faros contienen, y es posible detectar, ‘todos los tiempos’ de la sociedad tecnológica, arquitectónica industrial y económica». Y sentencia: «Y así deben de continuar, acogiendo nuevas tecnologías o desarrollos tecnológicos, conservando lo imprescindible de estadios previos, para seguir cumpliendo su función».
De no ser así, advierte, el destino de los faros «será la desaparición tras un periodo de ruina, más o menos largo». Por eso, invita a utilizar su trabajo como «base para elaborar un programa de conservación y restauración de un patrimonio que debe ser preservado» porque «el faro no puede derivar en algo similar a las máquinas de vapor que se ponen en circulación los fines de semana en los museos ferroviarios que existen en Europa».

El turismo, una apuesta de futuro

El mantenimiento futuro de los faros españoles puede pasar por su explotación turística. Los nueve faros asturianos incluidos en el ‘Catálogo de los Faros con Valor Patrimonial de España’ presentan, en general, un buen estado de conservación. Ninguno se salva de las humedades, pero solo los de Ribadesella y Avilés presentan un mantenimiento «regular», a juicio del profesor Santiago Sánchez Beitia, de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad del País Vasco. En ambos casos advierte del deterioro de los edificios y las torres, con daños en la sillería e, incluso, la carpintería. Asimismo, señala que la linterna de Cabo Peñas presenta «corrosiones importantes». Con todo, la investigación concluye que todos ellos son recursos «visitables con facilidad» y que pueden «formar parte de una red temática sobre los faros de España».

Ese es el nombre que Puertos del Estado dio a una iniciativa de desarrollo sostenible que desde 2013 promueve la explotación de los faros de titularidad pública como alojamientos turísticos de calidad al tiempo que preservan su función original, algo habitual en países como Estados Unidos, Australia o del norte de Europa. La idea, que precisa capital privado, ya está puesta en marcha y se prevé que en próximas fechas abra sus puertas el primero de estos faros-hoteles de España. Será el de Illa Pancha, en Ribadeo (Lugo), incluido también en el ‘Catálogo de los Faros con Valor Patrimonial de España’. Se trata de una construcción cuadrada de una sola altura erigida en 1859 que está en desuso desde 1983 y que, tras las oportunas reformas que se están acometiendo en la antigua vivienda del farero y la torre, ofrecerá dos apartamentos de lujo con capacidad para cuatro personas cada uno.
Iniciativas similares se están desarrollando en otros puntos de España y una de ellas tiene el foco puesto en el faro de Cudillero. Este proyecto está impulsado por la empresa alemana Floatel GmbH, que ya gestiona tres equipamientos de este tipo en Alemania y que trabaja en la rehabilitación del faro de Trafalgar (Cádiz).
Asimismo, a finales del mes de enero, el Consejo de Ministros dio luz verde a la recuperación de instalaciones anexas al faro de Punta Cumplida (La Palma) como alojamiento turístico, lo que supone el impulso definitivo al proyecto, y está en proceso de información pública el plan para hacer lo propio en el faro de Punta Insua, en Vilagarcía de Arousa (Pontevedra).

Los fareros, fuente de historia

Además del valor y posibilidades de estas estructuras, el trabajo de Beitia también ha permitido poner en valor una profesión como pocas, que ligaba de forma inseparable vida y trabajo: «Faro y torrero formaban una unidad, impensable uno sin el otro», relata el profesor Santiago Sánchez Beitia, que dedica algunas líneas de su trabajo a rendir homenaje a unos profesionales que han ido desapareciendo a medida que se ha extendido la automatización de los faros. Sin embargo, «queda la memoria de su concurso imprescindible en la historia de los faros».
Explica Sánchez Beitia que el farero tenía entre sus funciones la obligación de cubrir cada día los denominados libros de Servicio, Comunicaciones y Órdenes, en los que recogía «las contingencias diarias del servicio, un resumen del contenido de la correspondencia intercambiada con los encargados superiores, las sustituciones o reparaciones efectuadas en el faro e incluso un reducido parte meteorológico». Se trata, en suma, de una documentación de gran valor que se suma al valor patrimonial de los faros.