La puesta en venta de la Quinta Pedregal, que sirvió en la posguerra como centro de reclusión y torturas, ha sacado a la luz el debate sobre la resignificación de los lugares marcados por el horror, habitual en países como Alemania, pero, hasta la fecha, inexistente en España

A Fernando Arias, cuando le vieron dentro de la Quinta Pedregal -estamos, sitúese el lector, en marzo del 38; hace medio año que la guerra acabó en Asturias y Arias, a la sazón consejero municipal en el Ayuntamiento de Avilés, había sido apresado, sin mandato judicial mediante, días atrás-, le habían hecho saltar los ojos a golpes. Hecho un colgajo, irreconocible, con la cara amoratada e hinchada por las torturas, así salió Arias poco tiempo más tarde de la Quinta, a fusilar. Casi ochenta años más tarde (su nieta, la ex senadora socialista Nelly Fernández Arias, tenía cinco cuando todo ocurrió), su familia sigue sin saber dónde reposa su cadáver y pocos, hasta hace no tanto tiempo, desconocían que en la Quinta Pedregal fueron muchas -se calcula que cerca de trescientas- las historias similares a la de Fernando.

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Ahora, en 2017, el edificio que fue epicentro de la represión extrajudicial del franquismo en la posguerra avilesina acaba de salir a la venta -acontecida tras meses de dimes y diretes en torno al enfrentamiento de los herederos de la que fuera, antes que centro de torturas, la casa del diputado reformista José Manuel Pedregal-, y, con ello, también salta a los medios su triste historia. Días después de conocerse la noticia, la Plataforma en Defensa de los Servicios Públicos de Avilés y Comarca lanzó un globo sonda que ha levantado no pocas ampollas en Avilés: la propuesta de convertir la quinta en un Museo de la Memoria «que reconozca», dicen los solicitantes, «el sufrimiento y muerte de quienes soportaron las atrocidades de la dictadura». De conseguir su objetivo -a cuyos apoyos, desde que se lanzó la idea, se han venido sumando múltiples colectivos-, Asturias se podría convertir en la primera comunidad de España en tener un espacio de resignificación al estilo de países como Alemania (extraordinariamente avanzado en la didáctica y reinterpretación de lugares marcados por el horror nazi), Polonia o Hungría.

Los Gedenkstätten alemanes: honor, pero también enseñanza

En Alemania, estos centros tienen nombre propio: Gedenkstätten, memoriales. No en vano, han sido precisamente los campos de concentración nazis repartidos por medio Centroeuropa los primeros espacios en ser resignificados en épocas tan tempranas como 1947 (Majdanek, en Polonia) o 1958 (Buchenwald, por aquel entonces en la RDA). Lo han venido haciendo, desde entonces, con mayor o menor fortuna. De un lado, por ejemplo, está la ejemplar musealización (se inauguró en los 60, pero fue remozado en 2007) de Sachsenhausen, poco más allá de Berlín; del otro, el decadente aspecto de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, el campo de concentración más visitado del mundo e, inexplicablemente, aquel en el que brilla más por su ausencia la correcta supervisión de los expertos. Sea como fuere, ambos persiguen algo similar: convertir un espacio de recuerdo traumático y enorme peso para la Historia en un centro no solo didáctico sino también de honor hacia las víctimas que, entre las desvencijadas tablas de los barracones de prisioneros, sufrieron los horrores del Holocausto.

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Es algo que pesa, naturalmente, sobre todo en Alemania. Pero el país germano ha salido bien del paso en lo tocante a la enseñanza de su historia y de todo aquello que no debe volver a ocurrir. Nuremberg, por ejemplo, es per se un enorme centro de resignificación, aunque no lo parezca: destruida por completo en abril de 1945, tras la guerra fue reconstruida piedra a piedra, en base a grabados y mapas medievales que habían logrado conservarse. En el extrarradio de la ciudad, a once kilómetros al sureste, languidecía ya el esqueleto del Kongresshalle, el delirante proyecto de Ludwig y Franz Ruff que, imitando la forma del Coliseo romano a lo largo de un diámetro de 250 metros, estaba llamado a ser el Palacio de Congresos del NSDAP. La guerra acabó antes de que pudiera finalizarse y mucho tiempo después, en 1994, el Ayuntamiento de Nuremberg decidió resignificarlo. Hoy alberga un Centro Documental de visita obligada para todo aquel que quiera sumergirse no tanto en la historia del Partido Nazi, sino en su misma psicología. De lleno. Baste una breve salida al patio del edificio, precisamente desde la misma perspectiva por la que hubiera salido, de prolongarse la locura, el mismísimo Führer, para entender la alienación de las masas que impulsaron al nazismo a acomodarse en el terror.

En España, el vacío

¿Y la situación en España? Casi ochenta años después del final de la guerra y a más de cuarenta de la muerte de Franco, la resignificación de los centros de historia dolosa ni está ni se la espera. El caso más conocido es el del Valle de los Caídos, el colosal mausoleo de Franco que también alberga -ahí es nada- más de treinta mil cadáveres de vencedores y vencidos, en un estado de conservación más que deficiente y muchas veces reclamados, sin respuesta, por sus familiares. Aun es más: la musealización del lugar, a todas luces inexistente, se circunscribe a un par de cartulinas escritas con escaso rigor histórico. El Valle, de no tocarlo por si las moscas, se cae en pedazos. Las humedades amenazan la estabilidad de sus paredes y las constantes peticiones de resignificar su espacio han sido sistemáticamente ignoradas por los sucesivos gobernantes de un país con muchas taras, a decir de los turistas alemanes que lo visitan cada año, en cuanto a la narración de su historia reciente.

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En Asturias, el olvido se adueña de centros como la Quinta Pedregal, en Avilés, o sus homólogas, que las tiene, por ejemplo, en Grao (el chalet Patallo sirvió también como centro de reclusión y torturas). De finales de 1937 a 1939 perdieron la vida entre sus muros unas trescientas personas de las que nunca más se supo un paradero o una sepultura a la que sus familias pudieran ir a llorarles. Fernando Arias no es el único: hace tres años, varios descendientes de represaliados de la Quinta Pedregal presentaron ante la justicia argentina una denuncia colectiva contra los crímenes cometidos en su interior. Los tribunales guardan, aun hoy, silencio, tanto como la inexistente musealización -o siquiera señalización- del que fuera uno de los grandes centros de tortura en la posguerra del norte de España. Van muriendo quienes recuerdan el terror que se vivió allí dentro, y naciendo los que nunca, de no hacer nada por ello, podrán siquiera saber de él.