Las fiestas mateínas de hace un siglo se vieron deslucidas por los problemas de transporte y, sobre todo, por la declaración del estado de ruina de la plaza de toros de Buenavista. A pesar de todo -o precisamente por eso, dijeron los ovetenses- el sol sí brilló sobre aquella Vetusta que, en 1917, le rendía también homenaje a Campoamor.

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La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre los miembros de la Comisión de Festejos de las fiestas de San Mateo de 1917: para septiembre no habría plaza de toros. Imposible. Estaba cayéndose, se la comía el óxido, caería en cualquier momento, ocurriría una desgracia de las que marcan una época. ¿No habría forma de hacer una excepción, por pequeña que fuera? Hoy día cuesta creer la insistencia suicida de la Comisión de Festejos ante la declaración del estado de ruina de la plaza de Buenavista: ¡llegaron a proponer ocupar las tribunas menos estropeadas de un recinto que se caía a pedazos! Pero lo cierto, en ese 1917 del que ya nos separa todo un siglo, es que las fiestas mateínas se veían abocadas al fracaso sin un recinto de las magnitudes de la plaza, inexistente en la Vetusta de entonces.

botonesAllí se había planificado un excelso Concurso de Orfeones al que asistiría lo más granado de la socialité ovetense, corridas de toros y lo que, aquel año, era una novedad absolutísima que rompía moldes y todo el mundo -ricos y pobres; críos y viejos- quería ver: el número del bombero-torero (en aquellos tiempos, “torero bufo”) que apenas unos meses atrás había creado el valenciano Rafael Dutrús, “Llapisera”. El espectáculo arrasaba en toda España y no fue cosa fácil que la cuadrilla de Dutrús, formada, además, por Carmelo Tusquella “Charlot” -por su indumentaria al uso del personaje de Chaplin- y José Colomer “El Botones” aceptara estar en Oviedo en septiembre. Pues bien: habían aceptado. Y ahora, la plaza se caía.

¡Menudo invento! El alma se cayó a los pies de los ovetenses cuando supieron, ya arrancadas las fiestas (las negociaciones con el Ayuntamiento fueron tensas hasta que ya no hubo vuelta atrás) que la charlotada de “Llapisera” se suspendía y, con ella, el número gordo de las fiestas, en el que, además, estaba llamado a pegar unos cuantos quites a los toros de Tertuliano Fernández el torero ovetense José Díaz “Chinito”. Las fiestas, ensombrecidas además por la imposibilidad de poner suficientes trenes que conectasen la capital con otras ciudades muy asiduas de San Mateo -Siero y Gijón sobre todo-, pintaban bastos. Y eso que, desde su mismo arranque el catorce de septiembre, el sol brillaba como nunca antes en las fiestas. “Ye por lo de la charlotada”, se aventurarían a afirmar algunos carbayones con tono de chanza. “La forma de que llueva n’Uviéu ye una sola: tener programáu un buen cartel de toros…”

No se tenía, claro, pero bueno estaba el destino si pretendía que los asturianos se quedasen en casa ante tal serie de catastróficas desdichas. Puede que hubiera menos gente paseando por las calles de la ciudad aquel año, pero el día en que se enfrentaron el Stadium Ovetense y el Racing Deportivo de Gijón (había planeados unos cuantos encuentros para las fiestas: del Stadium con el reserva del Sporting, el susodicho Racing, el Gijon FC y el Club Fortuna; y, para el día 30, el enfrentamiento del Victoria con el Fortuna Ovetense) el tren se atestó de gente: había aficionados montados sobre los estribos, sobre las cubiertas de los vagones de los coches que venían desde Gijón.

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Aquellas fueron los grandes eventos del San Mateo de 1917, con permiso del centenario del nacimiento de Campoamor que, integrado en los festejos por medio de la Fiesta Escolar del día 24 y de la representación teatral de la compañía Cobeña Oliver del 25, hizo las delicias de los mateínos más instruidos. En la Fiesta Escolar, más de 150 libretas de ahorro con diez pesetas cada una y sus correspondientes diplomas fueron entregadas a los niños más aplicados de sus promociones y aquello -eran otros tiempos- fue toda una celebración. Más mundano, al día siguiente, fue el anuncio de que el Ayuntamiento había dado el visto bueno a la contratación de otra artista de moda: Raquel Meller, recién llegada de cosechar triunfos en el Jovellanos gijonés, daba ahora el salto a la capital para las delicias de los aficionados al teatro más popular.

No hubo, como se ve, chiringuitos en aquel San Mateo de hace cien años -la costumbre aún no estaba consolidada-, ni grandes conciertos de estrellas de renombre (aunque lo de la Meller se le parecía bastante). Lo que llamaba la atención del público hace un siglo era lo novedoso, lo nunca visto. Y en 1917 lo nunca visto, valga la redundancia, era lo que ayudaba a ver: la luz artificial. Miles de farolillos de colores -dice la prensa que unos tres mil- iluminaron las noches mateínas del paseo del Bombé y también de San Lázaro; iluminación de gas, fuegos artificiales quemados a la vez que cientos de globos ascendían al espacio en plena noche y, para rizar el rizo, un monstruoso foco de cuatro mil bujías en plena plaza de la Escandalera cuyo enorme haz de luz fue de lo más contemplado y admirado aquel año en Vetusta.

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Habría cosas, claro, que no salieron en los periódicos para que hoy podamos contarlas, o que, de haberlo hecho, lo hicieron muy brevemente. Sabemos, por ejemplo, de las verbenas que se celebraron cada noche, amenizadas, obviamente, por tamboriteros y por gaiteros, pero también por acordeonistas y organilleros. De un Baile de Mantones en el Salón Rojo, diversión reservada para los más pudientes. Del concurso de tiro al pichón que tampoco era cosa de pobres y de la apertura de pipas de sidra que, esas sí y por doquier, frecuentaban desde el más pintado hasta el más necesitado. Novedades, música, diversión… en el fondo, ¡tanto no habremos cambiado en un siglo!