lucio-torrente

De todos los años que le quedaron por vivir -y murió hace diez-, Lucio Torrente no olvidaría la tarde del domingo veintiocho de mayo de 1978. Aquel día, quizás por vez primera, acarició un cuerpo inerte y, con sus propios brazos, modelados a fuerza de batirse contra el mar, lo devolvió a la vida. Y eso que Torrente, a la sazón jefe de Salvamento de la playa de San Lorenzo, había acabado su turno una hora antes de que el Cantábrico decidiera tragarse a más de una decena de críos que, a escasos metros de la orilla, braceaban sin saber nadar. Ocurrió, como suelen hacerlo las desgracias, sin previo aviso, sin algaradas que advirtieran a los paseantes de lo que pasaba. A las cinco de la tarde de aquel día, Gijón entero se desperezaba de la siesta sin darse cuenta de que lo hacía vestido de luto.

Dos días después -los periódicos no salían los lunes: en 1978, era estricto el cumplimiento del descanso dominical-, Lucio Torrente fue portada de EL COMERCIO. «Consternación en Gijón después de la tragedia del domingo en la playa», tituló, con severa tipografía, el diario decano. No era para menos. Siete niños, de entre los cuarenta y nueve alumnos del colegio mixto de la Santísima Trinidad, de Zamora, que se encontraban de viaje en Asturias, habían muerto ahogados apenas media hora después de que el retén de Salvamento se retirase -desde el 30 de abril, únicamente estaba presente en la playa de diez de la mañana a cuatro de la tarde, y solo en domingos y festivos-.

Habían llegado a Gijón, acompañados de cuatro monjas, tres padres y el chofer del autocar, aquel mismo día en que andaba la mar un tanto brava y el tiempo no muy apacible. Precisamente por la inestabilidad climática -les había llovido en Santander, su anterior parada-, andaban los críos deseosos de meterse en el mar, siquiera a mojarse los pies, porque muchos no sabían nadar. Si no lo hicieron hasta las cinco de la tarde fue por las consabidas tres horas de digestión que, en la opinión de aquellos tiempos, habían de mediar entre el almuerzo y el remojo; bajaron al arenal, finalmente, entre las escaleras 11 y 13, acompañados de tres de las monjas y de sus padres, y, sin embargo, nadie se dio cuenta de inmediato de lo que pasaba.

supervivientes

Porque sencillamente el agua se los tragó. Sin más. Parece ser que, a escasos dos metros de la orilla, un enorme pozo sin señalizar, en el que nadie había reparado hasta entonces, engulló a los chiquillos, y la fuerza del agua hizo el resto. Desde la arena, la ovetense Concepción Fernández, de 23 años, fue la primera en advertir que algo raro pasaba mientras charlaba con una de las monjas zamoranas, con la que, casualmente, había coincidido en el pasado. «Sinceramente, no pensé nada», declaró, mientras se recuperaba en la Residencia Sanitaria del edema de pulmón que le causó la proeza, «en aquel momento mi única obsesión fue intentar salvar a los niños que gritaban desesperados…» No se lo pensó dos veces: se quitó la ropa -paseaba vestida por la playa- y se tiró a la mar, directa al remolino que, bajo la superficie, batía a los críos con fruición.

A ella la fuerza del agua la echó a flotar, inconsciente, muchos metros más allá de la orilla, los justos para que algunos vecinos que se asomaron en el momento preciso a la ventana la divisaran, avisando entonces a Emergencias. Fue entonces cuando se obró el milagro, aunque también la tragedia. Los efectivos de la Cruz Roja del Mar, el equipo de salvamento de San Lorenzo y el grupo Ensidesa; dos embarcaciones («Cruz de la Victoria» y «Príncipe de Asturias»), una lancha rápida (la «Arcoa») y tres zodiacs consiguieron salvar a Concepción y a algunos de los críos, pero no pudieron hacer nada por siete de ellos. Antonio Fernández, Marcos Rodrigo, Claudia Esteban, Salvador Rodríguez, Tomasa Casado, Belén Román y María José Rodríguez -hija, por cierto, de emigrados a Alemania- no resistieron los envites del mar y perdieron su vida entre las aguas del Cantábrico.

No perdona, la mar. Cándido López Ratón, el chófer del autocar, agotó su propio oxígeno para dárselo a los críos en un boca a boca en cadena, desesperado, heroico; con él, gran parte de los efectivos de emergencias gijoneses se deshicieron en esfuerzos para evitar lo inevitable. A los muertos se les funeró, al día siguiente, en la iglesia de San Pedro y, aquella semana, al menos siete viajes a Gijón del estilo del de la Santísima Trinidad fueron cancelados por puro miedo a que la tragedia se repitiese.  Dentro de un año se cumplirán cuarenta de la tragedia, y muchos de quienes trabajaron porque no fuera mayor ya no pueden contarla. Gijón, sin embargo, se niega a olvidar.

funerales