En la madrugada del sábado 10 al domingo 11 de mayo de 1913, dos novillos de cerca de trescientos kilos se escaparon de El Bibio, pasando la noche por las calles de la ciudad y viviendo no pocas aventuras y desventuras que los gijoneses tardarían en olvidar

Cimavilla1972Noche cerrada en el barrio alto y que los críos, ¡vaya por Dios!, no quieren dormir. «Mamá, todo». Así lleva el pequeño cinco minutos, haciendo rodar su lengua de trapo en combinación con el timbre agudo de los pocos años, insistente y pesadillo: «Mamá, todo. ¡Mamá, todo!» ¡Qué cruz, qué imaginación desbordante, qué cansancio de guaje! La madre prende un candil y respira hondo: las voces, lo sabe bien, no funcionan con ese par de demonios; es mejor la diplomacia y la paciencia para atajar los malos sueños de los chavales. «Vamos ver, Fulanito», murmura, frotándose las legañas. «Cómo va haber toros en Cimavilla». Hace calor esa noche, es mayo. Quizás más de la cuenta para la primavera. ¿No hace más de la cuenta? La mujer se gira para abrir las ventanas. Y lo ve. «Mamá, todo». Ahí está, ahí está el «todo»: un hermoso cornúpeto de pelo azabache, bocinegro, con el moquillo colgando del morro e inmensas pestañas bovinas, que sabe Dios cómo ha logrado introducir el velamen entre las hojas de la ventana de una de las casas de la calle de la Vicaría y que, ante la perpleja mirada de la máter, tuerce la cabeza y dice, así de sencillo, «mú». He ahí su sentencia. «Mamá, todo». Hay que buscar una salida, rápido. Algo que tranquilice a los chiquillos. «¡Ah, nenos!», chilla la madre, fracasando en el intento de ocultar los nervios, «¡mirái al vuestru padre los cuernos que-y salieron! ¡Ya-y debe durar el Antroxu!»

 

Espantados por las luces de un coche

Podría ser una historia sin más, un chascarrillo acaso, pero fue real. La anécdota se la contaron al insigne Arturo Arias -que hoy nombra, casualmente, una plaza bien cercana a donde se desarrolló el tinglado bovino-familiar- en febrero del 72, y la contó en EL COMERCIO el día 20 de aquel mes para recordar uno de los sucesos más nombrados del Xixón de principios de siglo: a la noche del sábado 10 de mayo de 1913, dos astados consiguieron escaparse de El Bibio, sumiendo a la villa de Jovellanos en un tenso estado de pánico. Todo empezó cuando Luis Palacios, secretario de la Sociedad La Chistera, no tuvo mejor idea que meterse con su coche en el patio de caballos, con los focos encendidos, en el mismo momento en que introducían tres hermosísimos novillos, de unos 300 kilos de peso cada uno, en la plaza, para lidiar el domingo. Espantados por la luz, uno de los cornúpetos derribó las tablas del camión que los transportaba, dio paso al otro y, aprovechando la confusión del momento, embistió a una mula que pasaba por allí. La mula le pegó una coz al coche de Palacios; tembló el auto, los toros se dispusieron a irse de turismo, cada uno resoplando a cada lado del vehículo y, de no haber sido por un operario ágil que se apresuró a entablillar de nuevo el camión, se les hubiera unido otro más.

 chisera

El primer toro. Lío en la misa

El caos, vaya. Para cuando Palacios se presentó en la redacción de EL COMERCIO aun le duraban los nervios y a los toros les había dado tiempo a dividirse tomando caminos diferentes; uno, incluso, pasó a escasos metros del edificio del diario. Eran las tres y media de la mañana y los novillos estarían de paseo hasta bien entrada la mañana. Uno, el más hermoso, negro meano de cuernos limpísimos y poderosos, se marchó en dirección a La Catalana, durmió por algún sitio y acabó llegando a Castiello de les Mariñes a eso de las diez de la mañana, precisamente cuando los vecinos estaban en misa. Se armó el guirigay: aquel día no hubo sermón en el pueblo porque todos, cura incluido, salieron a intentar lidiar al toro. El éxito fue escaso: el toro, al más puro estilo Ferdinando, estaba más por ir a festejar a las vacas de un práo cercano que por atender a los capotes improvisados con abrigos, faldas, toallas o trapos. Claramente, por más de lidia que fuera, no había nacido para ser lidiado; y acabó por arreglar el entuerto, de forma bien taxativa, José, el Maestro, vecino de Castiello de Bernueces y excelente tirador que acabó con la vida del astado de tres tiros: uno en el brazuelo, el otro al pescuezo y el último, de remate.

 elcomercio

El segundo. Andanzas y aventuras por el centro gijonés

Mayores aventuras viviría el astado negro zaíno, porque prefirió ir por todo el centro gijonés y acabar en el barrio alto, toda una hazaña en tanto en cuanto suponía enfrentarse con más ciudadanos de a pie, no pocos serenos y hasta algún beodo despistado. Sigilosísimo, como ha quedado bien demostrado con la anécdota de la madre playa, el azabache tuvo un primer encontronazo con un sereno apellidado Acebal, que, al verle apostado en medio de la noche tras un árbol, se pensó que sería un borracho haciendo aguas menores y le reconvino con un paternalismo ciertamente inquietante si supiera uno que se está dirigiendo a un astado. «¡A ver si marchamos de ahí pronto!», gritó Acebal, y el toro, que era animal de costumbres, respondió que «mú», obsequiando al vigilante con un bufido de prevención. El sereno acabó huyendo cual alma que lleva el diablo y escondido en un portal sin luz, inmóvil, deseando que el toro siguiera su camino.

Afortunadamente para Acebal, siguió. En el camino, cerca de la fábrica de Domínguez Gil, se encontró con Manuel Costales, otro sereno quizás más cobarde que Acebal, pero también más pragmático: al ver pasar al astado, directamente se tiró, valla a través, al patio de la fábrica, y es de suponer que, orgulloso del resultado, lo contaría él mismo a la prensa. Pasó el toro por Capua, por Pidal y por Cabrales, y cerca de San Bernardo trabó amistad con unos bueyes que andaban «aparcados» en la calle junto al carro de limpieza de pozos negros que arrastraban. Y vuelta al andar: San Bernardo, la Plaza del Ayuntamiento y Trinidad; a la altura del antiguo hotel Malet otro sereno, el tercero, lo confundió con una vaca a la fuga y lo ignoró y poco más allá, en los Jardines de la Reina, el animal arrolló a un borracho y arremolinó al cuarto sereno -este se apellidaba Barros- contra la pared. Afortunadamente para Barros, las aventuras habían dejado un tanto confuso al toro y este, olfateando el embriagador aroma de los bueyes que había dejado atrás, iba ya decidido a volver a reunirse con ellos, sin tiempo para embestir.

 elbibio

La intervención estelar de Praderito

En fin: que el astado acabó paseándose a las cinco menos cuarto frente a la iglesia de San Pedro y solo a esas alturas de la noche comenzaron las tareas de despiste. A la altura del balneario de La Cantábrica lo quisieron torear, en bellísimo baile con el cornúpeto, que se arrancó desde doscientos metros atrás hacia los abrigos de los espontáneos. No consiguieron agarrarle, ni ahí ni en el práo de don Gaspar las mujeres que, de buena mañana, trataron de acercarse a él por medio de buenas palabras que el bicho no acababa de parecer entender. Después del kilométrico paseo, cuando el toro llegó a Cimavilla le podía ya el cansancio. Allí le esperaban la plana mayor de todos los aficionados gijoneses de los toros: Medina, un sereno -el quinto de la tarde, ¿o habría que decir de la madrugada?-, que le dio unos cuantos capotes; Belarmino, el fíu de Xuan de Gadina, que le sacó una vaca, con cencerro incluido, para despistarle (no resultó: seguía el animal enamoriscado de la fragancia de los bueyes que dejara más allá)… e, incluso lo tentó Severino Díaz, «Praderito», nuestro torero más exitoso -aunque lo fuera poco tiempo: tomó la alternativa en 1920 y una semana más tarde lo mató de un tiro su apoderado en pleno Maison Doré, pero esa es otra historia-.

praderito

Cuentan, y fue historia que se repitió durante muchos años en la villa marinera, que cuando «Praderito» vio que el animal ya estaba lo suficientemente cansado, echó mano al costado para coger la espada que, obviamente, no tenía: había salido, casi en paños menores, de casa, ante semejante urgencia. «Manolo», le dijo a su hermano, que andaba por allí, «tráeme, haz el favor, los estoques de casa». Y Manolo, fiel miembro de la cuadrilla de «Praderito», ahí que se fue. Amanecía ya sobre la ciudad y el toro, al que por fin habían dejado en paz, comenzaba a recuperar fuerzas. «¡Ay, por Dios!», graznó al cielo, harto ya de la historia, Pablo Riera, a la sazón capitán de la Guardia Civil. Eran las cinco y diez en punto. «Solmenó-y un tiro con tanta apuntería, que lu mandó pal secadero sin puntilla», le dijo Adriano, testigo de los hechos, a Arturo Arias en 1972. «Desangrólu un matarife que se llamaba “Peñita” y después, en un carru, lleváronlu pa la Plaza… pero pa torealu no». ¡Pues menuda hubiera sido!