Desde 1808 no se había visto a tanta gente en la calle, decían los más ancianos, ni tan envalentonada, ni tan ansiosa de justicia ni con tanto odio al francés. Si setenta y tres años antes los españoles se habían levantado en armas contra el ejército napoleónico, ahora los asturianos estaban casi dispuestos a hacerlo contra Armand Donon, el mandamás de la AGL (Compañía de Ferrocarriles de Asturias, Galicia y León), el banquero del país vecino que había osado contravenir todos los preceptos de la lógica ferroviaria. Por amor al vil metal, evidentemente, y desde la posición de quien nunca tendría la necesidad de montarse en el ferrocarril destino Puente los Fierros.

Ahí va la idea: por aquello de ahorrar costes, Donon y sus “expertos” proponían cambiar el trazado del ferrocarril, a su paso por Pajares, aprobado unos cuantos años atrás (y que, efectivamente, todavía ni estaba ni se le esperaba). El radio de las curvas se reduciría y las pendientes, que no suelen superar las 20 milésimas, pasarían a tener 35. En cristiano, una rampa del 3,5% de inclinación, efectuada con los materiales más baratos por aquello de darle rentabilidad a Donon y que redundaría, para más inri, en un nuevo aplazamiento de las obras del ansiado ferrocarril.

Un jarro de agua fría, diciéndolo finamente. Asturias montó en cólera y todos, de Oriente a Occidente, se llevaron las manos a la cabeza por una vez en comandita. Pobres y ricos, políticos y ciudadanos de a pie y, lo que parece aún más imposible, hasta carbayones y culos moyáos. A finales de marzo de 1881, ya se habían organizado las protestas y los periódicos -EL COMERCIO llevaba apenas un par de años de andadura- se sumaron a la revolucionaria marcha hacia la disminución de la pendiente. Cuentan, aunque parece que no es del todo cierto, que la plaza de la Escandalera se llama así por la protesta que se montó aquel 27 de marzo, y que desde las primeras páginas del diario decano se publicitó, horarios de trenes incluidos.

Pero empecemos por el principio. El odio gijonés a Donon -en Oviedo ya estaba organizado- se materializó en la tarde del 23 de marzo, a escasos días de la gran manifestación. El Jovellanos se quedó pequeño para un acto que, encabezado por Ángel Hevia, Simón Hernández, Marcelino Rodríguez, Demetrio García, Celestino Margolles, Pedro Rego, Marcos González, Manuel Álvarez y José María Labarrera, contaría con la presencia del alcalde y de los principales próceres de la ciudad en patio de butacas; en gallinero, de obreros y artesanos. Se jalearon insultos contra quienes apoyasen los propósitos de Donon y se habló de la nobilísima tierra asturiana, “mil veces bendecida”, dice la crónica de EL COMERCIO, “por su acendrado amor a la libertad y por la independencia que se adquiere al sentir el aire de sus altísimas montañas”. Y se decidió: Gijón saldría a la calle… dos veces.

Una el viernes 25, en la propia villa de Jovellanos, “puesto que no todos podrán ir a Oviedo”. Otra el 27, en la capital. Al día siguiente, la noticia abrió el diario. “La redacción de El Comercio une su protesta a la de la prensa de la capital, contra las variaciones que intenta la empresa concesionaria del ferrocarril, en el trayecto de Puente los Fierros a Tibi gratia” -que venía a ser, en clase para torpes en alusiones a rezos: ¡atrévase usted a cogerlo!-. La manifestación en Oviedo empezaría a las doce y se planeaba una asistencia tan masiva que el periódico llegaba a proponer “ir con tiempo” a la estación del Norte para coger el tren a la capital… el de las cinco de la mañana. Hora y cuarto se tardaba, por aquel entonces, en llegar a Oviedo desde Gijón en ferrocarril y, sin embargo, los gijoneses no faltaron a la cita.

Y eso que un par de días antes ya habían cumplido con creces. En la manifestación gijonesa, hasta nueve pancartas se leyeron entre la multitud. Las taxativas: “Cúmplase la ley”. “¡Abajo las pendientes!”. “Trazado oficial.” Las heroicas: “¡Viva Asturias con honra!”. Con rima: “Los artesanos de Gijón rechazan los proyectos de Donon”. Las consignas se multiplicarían por cuatro, y eso contando solo el sector gijonés, en la manifestación del 27 de marzo. Si hacemos caso a las crónicas, más de cuatrocientas personas tomaron el último tren disponible para llegar a la hora, el de las 10:45. Lo normal, más un par de vagones extra. Y los que habían ido en el de las siete; los que cogieron el de las cinco; quienes fueron en coche y quienes, incluso, habían hecho noche en la capital. Todas las industrias, presentes: ellas, sus mercancías, serían las primeras en verse afectadas por la pendiente. Los artesanos. Los políticos. En Pravia, mientras, los popes de la directiva del Ferrocarril andaban de merendola; cuarenta y tantos kilómetros más allá, Asturias les maldecía.

Tocaron, al menos, tres bandas: Santa Cecilia, La Filarmónica, la Ovetense, y la delegación gijonesa repartió a todos los suyos alfileres con dos cintas, una roja y la otra blanca, para colgar de la pechera. Sería, quizás, la primera y última vez que se ovacionó un emblema rojiblanco en Oviedo, pero lo fue; y el pendón con el escudo de Pelayo que portaba Marina, el alcalde, y la Juventud de Colón al paso por el bar homónimo y sede de los asociados. Nunca se vio cosa igual y, al paso por la Escandalera, el gentío y bullicio fue tal que, según narra la leyenda, por ello recibió poco después el nombre la plaza. Parece que no fue así; que lo de la escandalera era nombre popular, aunque sí es cierto que posteriormente, y en recuerdo de la manifestación que hoy nos ocupa, recibiría brevemente el nombre de “27 de marzo”.

Aquel día, una de las pancartas en procesión rezaba una frase que, en cualquier otra circunstancia, podría haber resultado utópica: “La manifestación de un pueblo tiene la fuerza de la verdad”. En el caso del 27 de marzo, sin embargo, fue más real que nunca. Aquella variante para el Pajares no llegó a realizarse y, cuando murió, veintiún años más tarde, el señor Donon, ningún periódico asturiano recordó a quien había declarado enemigo público número uno tiempo atrás. Entonces más que nunca, la unión, y más de dos mil quinientas personas manifestándose -¡y eso que solo salieron a la calle, ante las miradas femeninas desde los balcones, los hombres!– habían hecho la fuerza.